Mirando las estrellas

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Aquella noche volví a hacerlo de nuevo. Una vez más, te escribí sentada en el alféizar de mi ventana, rodeada únicamente de la luz de las estrellas. Lo estaba haciendo porque, a pesar de saber que nunca te llegaría, sabía que tú, desde tu estrella, podías leerlo.

Una tranquilidad especial me inundaba  mientras escribía, la luz de la luna entraba por mi ventana e iluminaba aquel oso regordete lleno de dulzura y cariño que me habías regalado.

Eran las tantas de la mañana de un día de agosto, el calor había sido sofocante unas horas antes, pero en ese momento una dulce brisa movía con delicadeza las cortinas de mi ventana.

Otra noche más volvía a recordarlo todo desde el principio.

Recuerdo aquel largo viaje, era tan solo una niña, pero lo recuerdo como si fuera hoy. Habíamos dejado atrás nuestro hogar para llegar a esta cuidad. Era pequeña, sucia, estaba impregnada de humo y de olor a industria. Habíamos llegado hasta aquí por tu nuevo trabajo, que se supone que nos tendría que traer una vida mejor pero que te llevó lejos, a un lugar del que nunca volverías.

Todos los días pasabas horas y horas fuera de casa, volvías cansado, pero siempre tenías fuerzas para sonreírnos a mamá y a mí. Muchas veces me despertabas a las tantas de la madrugada solo para darme un beso de buenas noches. Estabas contento, estabas muy contento.

El tiempo iba pasando, se notaba en tus manos, las arduas horas de trabajo diarias las estaban estropeando. Cuando vivíamos en el pueblo tus manos estaban suaves al tacto, a veces blancas rebozadas en harina después de hacer pan en la cocina, pero por aquel entonces habían cambiado. Ya no eran suaves, al revés, una leve caricia de tus dedos en mi rostro era como si un papel de lija intentara llevarse por delante mi piel. Día tras día, mes tras mes, iban estropeándose un poquito más.

Recuerdo aquella noche: habíamos cenado muy temprano porque a la mañana siguiente tenías que madrugar mucho. Aquel día tus manos estaban realmente estropeadas, sobre todo la derecha. Te habías dado un golpe con la máquina con la que trabajabas, estaba hinchada y bromeabas diciendo que pronto sufriría una metamorfosis hasta ponerse de color morado. Antes de irte a dormir habías pasado un tiempo hablando conmigo, te contaba que estaba cansada de esta ciudad, que quería volver a mi antigua casa, que echaba de menos a mis amigos, que quería volver ya, pero que no podía por tu culpa… Ojalá me hubiese tragado todas aquellas palabras, seguramente si supiera lo que iba a ocurrir al día siguiente habría pasado aquellos minutos estrechando tus ásperas manos entre las mías y agradeciéndote todo lo que habías hecho por mamá y por mí.

Estaba en clase cuando alguien tocó en la puerta. El maestro salió unos minutos, después entró y, pronunciando mi nombre, me pidió que saliera un momento. Me dijo lo que había ocurrido, me contó que estabas trabajando cuando una parte de la maquinaria se había desplomado sobre tu delicado cuerpo. Mamá estaba abajo esperándome. Las dos nos fuimos, con el corazón en un puño, hasta el hospital al que te habían llevado tus compañeros.

Me imaginaba lo peor, y no estaba muy equivocada. El doctor nos contó que habías recibido un tremendo golpe, que eras muy fuerte pero que tu vida se estaba apagando poco a poco.  

Nos permitieron entrar a verte, estabas lleno de tubos y rodeado de máquinas, mamá se echó a llorar. El corazón me latía fuerte, sabía que seguramente no volverías a abrir los ojos y desde la noche anterior no te había vuelvo a hablar. No quería que lo último que escuchases de mi boca fuese que estaba enfadada contigo. Me acerqué, cogí tu mano entre las mías y la apreté con fuerza. No estaba áspera, ni hinchada, ni siquiera enrojecida por los golpes. Fue una sensación extraña, era como si no hubiera pasado el tiempo por ella, como si volviera a unos años atrás. Me aproximé a tu mejilla, te besé y te di las gracias por todo lo que habías luchado por mí.

Noté que me sentías, lo escuchaste, estoy totalmente segura, tu rostro estaba tranquilo, como cuando te quedabas dormido en el salón con el periódico en las manos. Una de aquellas máquinas comenzó a emitir un pitido insoportable. Entró una enfermera en la habitación y nos pidió que saliéramos mientras un par de médicos te rodeaban.

El corazón se me rompió en miles de pedazos, pero tenía que ser fuerte: ahora yo tenía que cuidar de mamá.

Todas las noches recordaba aquel día, lloraba desconsoladamente sentada en el alféizar de la ventana de mi cuarto. Cuanto más lloraba, más estrellas brillaban esa noche: era como si mis lágrimas volaran hasta el cielo y tú las cogieras al vuelo y las convirtieras en uno de esos astros que adornaban la oscura noche.

Esta vez era diferente: había un brillo especial en el cielo, y yo no tenía ganas de llorar, solamente necesitaba pensar, necesitaba desahogarme, necesitaba escribir. Escribía sabiendo que tú lo estabas leyendo, que estuvieses donde estuvieses lo estabas leyendo y que ibas a guardar mis secretos, mis problemas, mis pensamientos. Llevaba un rato pensando, mirando el cielo, mirando cómo parecía que aquellos diminutos puntos de luz salían para saludarme una noche más.

Fue solo un segundo, pero me resultó extraño, estábamos en pleno agosto y aquella noche hacía mucho calor, pero por un momento sentí que el frío más helador entraba hasta por el último poro de mi piel. Me sentía rara, era como si algo se hubiera removido en mi interior.

Me levanté, cerré la ventana y me acosté. Sabía que hacía mucho calor, pero yo tenía frío. Cerré los ojos y lo sentí. Era un aroma especial, entre cítricos y madera: era exactamente igual que la colonia que usabas, era como si acabases de entrar en mi cuarto después de llegar del trabajo. Imaginé que era así. Iba a abrir los ojos, pero sabía que toda esa ilusión se desvanecería, así que no lo hice.

Mi colchón se hundió como si alguien se acabase de sentar a mi lado: el aroma era más fuerte. No lo pude resistir y abrí los ojos. No había nada especial en mi cuarto, el olor se había ido, todas esas sensaciones que mi subconsciente había creado se habían esfumado.

Estaba cansada, era tarde y necesitaba dormir. Cerré los ojos y nuevamente se volvió a repetir todo. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Me estaba volviendo loca?

Esta vez hubo algo más. Sentí una caricia en mi frente, una caricia áspera y fría como el hielo. Era como si tú estuvieras a mi lado, como cuando entrabas en mi cuarto para darme las buenas noches. Después de la caricia siempre venia el beso, y así fue. Sentí el más dulce de los besos en mi mejilla derecha. Un beso suave pero cargado de amor. Quería abrir los ojos pero no quería que la magia especial de esa noche desapareciera. No lo hice y, poco a poco, me quedé dormida…

Un ruido en la calle me despertó. Pensé en lo que había ocurrido horas antes, seguramente se trató de un sueño, un simple sueño que expresaba todo lo que echaba en falta a mi padre, cuánto necesitaba tenerlo a mi lado.

En la estantería que estaba al lado de la ventana, se encontraba sentado aquel osito. Algo en él era diferente, era como si me estuviera sonriendo, como si algo le hiciera inmensamente feliz. Me levanté, encendí la luz y lo cogí para apretarlo entre mis brazos. Justo debajo de él había un papelito, lo cogí, lo desdoblé y leí lo que ponía:

Cariño, aquel día sentí como me apretabas la mano, sentí tu beso en mi mejilla, pero también sentí el miedo que tú sentiste. No tengas miedo, sabía que no estabas enfadada conmigo, igual que sé que algún día agradecerás que te haya traído hasta Avilés. Aquí crecerás y te harás una mujer de provecho.
Prométeme algo: cuando tengas miedo, te sientas mal o estés triste, coge este osito, abrázalo y piensa que es como si me estuvieras abrazando a mí, esté donde esté lo sentiré y haré todo lo posible para hacerte sentir mejor.
Una última cosa: cuida de mamá, ¿vale? Cuídala bien.
Te quiero mucho,
Papá.

Mientras leía aquel papelito inevitablemente habían comenzado a resbalar por mis mejillas saladas lágrimas. Cogí el osito de peluche y lo abracé con todas mis fuerzas: olía a tu colonia.

Empezó a llover. Gracias, papá. Así, el mar de lágrimas que salía de mis ojos pasaría desapercibido entre las gotas de lluvia que las ultimas estrellas de la noche dejaban caer.

Fuente de la imagen:
Tomás Gil.

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