Miguel Fuster, el dibujante que escapó de la calle

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Miguel Fuster habla como si disparara una ametralladora: a toda velocidad y sin un segundo de respiro. Su discurso, que en ocasiones desborda al oyente, tiene la fuerza y la honestidad de quien las ha pasado putas de verdad. No hay dobles sentidos ni juegos de palabras, sino el vómito crudo de un hombre que ha sufrido la cara más amarga de la vida.

Nacido en Barcelona en 1944, Fuster empezó a trabajar a principios de los sesenta en la mítica editorial Bruguera, de donde pasó a la agencia Selecciones Ilustradas. Para el extranjero realizó cómics de romances que, si bien no eran unos contenidos muy atractivos, le permitieron disfrutar de un buen nivel de vida. 

¿Cuantos reveses puede aguantar una persona antes de venirse abajo? En el caso de Fuster, la ruptura con su pareja, el incendio de su casa y la pérdida de sus recursos económicos fueron tres losas demasiado pesadas, una carga que primero le empujó a la bebida y, pocos meses más tarde, a la indigencia. A partir de 1988 vagó alcoholizado por las calles, los parques, los albergues y las plazas de Barcelona, hasta que en 2003 aceptó la ayuda de la Fundación Arrels, una institución consagrada al cuidado de las personas sin hogar. 

Tras unos tímidos acercamientos, Fuster retomó los lápices en diciembre de 2007, cuando abrió un blog donde contar su experiencia a través de nuevos dibujos y textos. Aquellas reflexiones iniciales actuaron como germen de Miguel. 15 años en la calle, una novela gráfica que tuvo su continuación en Llorarás donde nadie te vea y que ahora llega a su tercer volumen con Barcelona sin mí (Editores de Tebeos).

Es una historia terrible la que usted cuenta en estos cómics…
Es lo que me ha pasado. Yo vivía en el barrio de Sants y tuve una ruptura muy inesperada con mi chica, y luego mi piso se incendió. Estuve un año viviendo en el piso quemado, esperando a que me dieran una indemnización, porque me obcequé: no quería abandonar la casa donde había estado con mis padres, con mi primera mujer y mi hijo, con la que había sido mi novia durante cinco años… Por otro lado, dejaron de publicar la historieta que hacía en mi agencia para editoriales de Inglaterra y Suecia, así que me quedé sin recursos económicos.

Había bebido siempre, en las fiestas, en el estudio con los compañeros… Ahora, con el paso del tiempo, me doy cuenta de que a mí me gustaba beber más que a los demás. Al principio por timidez, luego por hábito… De vez en cuando me tenían que ingresar durante unos días y entonces paraba una temporada, pero luego volvía.

Me alcoholicé por completo durante aquella temporada viviendo en el piso quemado. Bebía las 24 horas, me gasté el dinero del seguro, me desahuciaron y, tras vivir algunos meses en una pensión, me vi en la calle. Y cuando eres alcohólico y encima estás en la calle, es muy difícil salir de la espiral.

Portada "Barcelona sin mí"

¿De qué año estamos hablando?
Debió de ser a finales de los ochenta, pero no me acuerdo muy bien. Llega un momento en que el tiempo no importa para nada. En la calle, por la noche, duermes con un ojo abierto por miedo a las agresiones, y por el día te tumbas en cualquier plaza para descansar un poco y beber.

En el primer álbum contaba esos inicios, cuando aún no te haces a la idea. Has visto indigentes toda tu vida, pero es un mundo completamente ajeno. Al principio te sorprendes, luego te invade la rabia y, finalmente, lo asumes. Eso no quiere decir que te resignes, pero es imposible escapar sin un poco de ayuda.

Tampoco es fácil sobrevivir, sobre todo cuando estás solo. Yo siempre fui muy solitario, supongo que por mi trabajo, que te obliga a pasar muchas horas sin más compañía que tú mismo. Un día, cuando aún llevaba pocos años en la indigencia, un anciano que vivía en la calle me dijo: “Miguel, cuando la oveja se aparta de la manada, los lobos se tiran a por ella”.

Sobreviví tanto tiempo porque hacía cuadritos y luego los vendía en la zona del Maremagnum; me los compraban clientes fijos, algunos de buena fe y otros que se aprovechaban de mi situación. Con el dinero, algunas veces, me alquilaba una habitación en algún hostal de esos donde no te miran mucho la pinta.

Un día, esperando en unos jardines a que se hiciera tarde, aparecieron un par de chicos de unos veinte años, muy bien vestidos, con estudios, y en un momento dado me pegaron con un adoquín y se fueron riendo tan tranquilos. Me rompieron el tabique nasal y todavía me puedo alegrar, porque no me patearon en el suelo. Fue entonces cuando decidí dormir en el parque de Collserola, donde pasaba mucho frío, pero al menos estaba solo.

En el parque, según cuenta en sus dibujos, tuvo que repeler el ataque de un grupo de perros salvajes. En una situación como la que usted vivió, ¿a quién se tiene más miedo, a los perros o a los hombres?
Un amigo me decía eso muchas veces, que él le tenía más miedo a las personas. Pero aquella manada de perros… No pensaba que fueran a llegar hasta allí, pero cuando los escuché gruñir, sabía que no podía mostrar miedo. Saqué dos cuchillos que tenía y corrí en la oscuridad gritando como un loco, chillando como nunca lo había hecho en mi vida. Uno se me quedó mirando, como perplejo; se dio la vuelta y el resto le siguieron. Entonces supe que ya no volverían.

Pero irse lejos de la ciudad tampoco fue una solución…
Una noche, mientras caminaba por la carretera, pasé por delante de una masía y decidí preguntar si me daban algo de dinero. De repente salió un tío, tan grande como un armario empotrado, amenazándome con un hacha. Llega un momento en que estas situaciones ya ni te sorprenden. Ahora que llevo nueve años sin beber, me sigue resultando muy doloroso recordar aquellos momentos. Los siento igual que el primer día.

Estás completamente desvalido. Mido 1,82 metros y, al ser de complexión delgada, siempre he pesado unos 64 kilos. Cuando la Fundación Arrels me recogió, pesaba 43 kilos. La calle es… Intento contarlo, pero no consigo describirlo. Te doblega poco a poco.

¿Cómo surgió la posibilidad de contar sus memorias en un cómic?
Mi amigo Luis García, un gran dibujante al que conocí en Bruguera, fue el primero que me lo propuso. Le dije que si estaba loco, que qué interés podía tener yo en rememorar todo aquello. Además, aquí entre nosotros, el cómic en España no da un duro. Si todavía fuera un trabajo para el extranjero…

Pero el caso es que poco después, en una revista que la Fundación Arrels envía a sus suscriptores, me pidieron un dibujo. Les gustó tanto que me abrieron un blog para que siguiera contando pequeñas historias. Publicaba una vez al mes y, de repente, empecé a tener muchos seguidores. En cada entrada sacaba un dibujo y un texto donde explicaba que, cuando la gente ve a un mendigo por la calle, un tío que huele mal y cubierto de mierda, se debe recordar que debajo hay un ser humano. Y ahí salieron los aficionados al cómic, que son pocos pero contumaces, muy pesados, dicho con todo el cariño del mundo. Me insistieron tanto que, cuando me vine a dar cuenta, ya estaba dibujando páginas y más páginas.

Algunos amigos me decían que dramatizara la historia, pero no tenía sentido. Para mí, más dramático que la vida en la calle, sólo están la cárcel y las guerras. A todo eso súmale el alcohol, que no lo puedes dejar, porque en cuanto lo haces surgen de nuevo todos los recuerdos de tu vida anterior; ves los años que han pasado, la imposibilidad de recuperar la vida que tenías.

De vez en cuando doy charlas en universidades para jóvenes que estudian Asistencia Social y me dicen que nadie les ha explicado como ayudar a personas en mi situación. ¡Cojones, pues claro que no! Igual que una mujer que no ha parido no puede explicar lo que se siente al dar a luz. Nadie puede hablar de la calle hasta que no la ha vivido.

Nadie sabe lo que es empezar a buscar bares a las 5.30 de la mañana para tomarte los primeros vinos, y luego seguir mendigando todo el día para comprar más cartones. Y por la noche a esconderse, aunque nunca te puedes esconder del todo, porque si quieren te acaban encontrando.

Es una experiencia inimaginable. Yo había leído los libros de Kerouac, Bukowski y la Beat Generation, con todos aquellos ideales del vagabundo errante que duerme en trenes y sólo tiene un hatillo con un pañuelo de mariposas… ¡La madre que los parió! ¡Qué bonitas son las mentiras! Yo también he caminado por la carretera, pero lo único que he hecho ha sido esconderme cuando pasaba un coche y preocuparme cuando se acababa el vino.

¿Qué le parecen las medidas de algunos ayuntamientos para expulsar a los indigentes de las ciudades?
El artículo 12 de la Constitución permite la libre circulación de los españoles por su territorio. Quien dice algo así no creo que lo haga por maldad, sino por ignorancia. El otro día comentaban que quieren dejar Barcelona sin mendigos para 2015, pero me parece absurdo que se planteen esas cosas. Podrán hacer medidas de prevención contra la mendicidad, la prostitución o los delitos, pero no conseguirán erradicarlos.

Dicen que hay plazas en los albergues, pero no saben tratar a los indigentes. No conozco a una sola persona que viva en la calle y que no sea alcohólico, y cuando eres alcohólico necesitas beber cada dos o tres horas para que no te dé el síndrome de abstinencia. El problema es que al albergue no te dejan pasar con vino y, por otro lado, las puertas se cierran durante unas determinadas horas. Entre las 23.00 y las 6.00 no puedes salir. Una noche, durmiendo en un albergue de Barcelona, me dio un “mono” tan fuerte que le tuve que pedir al guardia que me dejara salir. Al principio me dijo que no, pero luego tuvo que llamar a una ambulancia para que me llevara al hospital y me pusieran una inyección de alcohol, que es lo que te dan para que no caigas en el delírium trémens. Las condiciones de los centros no son malas, pero no basta con darle una cama al mendigo.

¿Cómo son las relaciones sociales cuando se cae en la indigencia?
He conocido de todo. Siempre me acuerdo de un señor que había sido director de banco; hablaba con una corrección que muchos ya quisieran, sin decir nunca una palabra más alta que otra, pero no podía dejar de beber porque le martirizaban los recuerdos.

Aquel señor tendría algo más de cincuenta años, pero las cosas van a peor. El otro día pasé por una plaza, donde había varios mendigos, y todos eran chavales de treinta o cuarenta años. Hay muchos juguetes rotos, vidas y carreras que se han ido a tomar por culo. Hace un año conocí a un hombre de 45 años, informático, que ganaba un sueldazo; se empezó a liar con la cocaína y ahora vivía en la calle. Y cuando caes en la calle, tienes que beber, porque los días se hacen eternos. Sin alcohol, tu vida se convierte en algo insoportable.

¿Recuerda la primera noche en la calle?
Cuando ya me quedé sin un duro, las primeras noches las pasé en una plaza que había cerca de mi casa. Por allí rondaban los noctámbulos del barrio y la gente me conocía. Algún amigo me ofreció dormir en su casa, pero eres tú mismo el que se encarga de apartar a los demás de tu lado; cuando estás bebiendo no quieres compañía, sino estar solo. No aceptas la ayuda de nadie.

Allí, tumbado en el banco y saludando a los vecinos, pasé los primeros días. Pensaba que así será más fácil, pero en realidad era más doloroso, porque son personas que te conocen, que te han visto cuando llevabas una vida normal; algunos me daban un cigarrillo, otros quinientas pesetas, y eso me torturaba aún más.

Lo que más te jode en esos momentos es la gente que, con buena intención, te trata de hacer ver hasta dónde has caído. Me acuerdo de un tendero, Manel, que había ido al colegio conmigo. Me fiaba cartones de vino y me decía: “Miguel, pero si tú eras el primero de la clase…”. Eso es lo que te obliga a huir del barrio.

En el fondo, la gran mayoría de indigentes son unos pobres desgraciados que han sufrido alguna tragedia: se quedaron sin trabajo, se les murió un hijo, les abandonó el marido… Un día estaba jugando al ajedrez con otro mendigo, un señor muy inteligente al que había abandonado su mujer. De repente le miré y se le estaban cayendo unos lagrimones como uvas. Con la gente de la calle puedes compartir un cartón de vino, pero luego te vas a dormir por tu cuenta, porque ya tienes suficiente marrón con lo tuyo como para encima tragarte las historias de los demás.

¿Cómo es esa primera vez en que se pide limosna?
Yo tenía mucha suerte, porque de vez en cuando hacía dibujitos con los que sacaba algo de dinero, lo justo para comprar vino y algo de comida. Pero algunas veces, cuando los temblores no me permitían dibujar, tuve que pedir. No sentía vergüenza, pero te tienes que acercar a una persona, a la que no conoces de nada, con esas pintas que llevas… Lo considero casi como una agresión.

Pero ya digo que las cosas van a más, porque cada día que voy al parque de la Ciudadela hay como diez o quince personas pidiendo, y la mayoría jóvenes, hasta familias con hijos.

¿Es muy dura la sensación de tiempo perdido?
De las Olimpiadas de Barcelona me enteré dos meses después de que hubieran terminado, lo mismo que con la boda de la infanta. Ese desgate es el que te lleva a pensar que no hay marcha atrás, que ya no hay solución. Veía imposible dejar de beber y, cuando lo conseguía durante un tiempo, me daba cuenta de todo lo demás. Hoy todavía tengo una marca en la cadera de dormir en el suelo.

Sufres desprecio, pero también recibes buenos gestos. Uno de mis antiguos editores me encontró en la calle y me invitó a trabajar en sus oficinas; me instaló una mesa y allí fui a dibujar dos o tres días, pero lo dejé enseguida porque me agobiaba. La gente notaba que yo iba cada media hora al lavabo para beber un traguito de vino. Nadie me decía nada, porque sabían que estaba alcoholizado, pero por más que traten de echarte una mano, no hay nada que hacer si no dejas la bebida.

En su cómic habla de “la línea de no retorno de la locura”. ¿Cómo consiguió evitarla?
Salud he tenido siempre, a pesar del alcohol y el tabaco, así que será la herencia genética de mis padres. Y la cabeza va como va, pero he salido bien en comparación con otros amigos que se han quedado un poco… Muchos recaen, porque no todo es de color de rosa cuando te reinsertas. Te has acostumbrado a la vida de alcohólico, al código de la calle, y tienes encontronazos con la vida civil. En todo caso, no quiero parecer un elegido o un predestinado, he tenido mucha suerte.

Pero haber salido de la calle ya debe ser un motivo para estar orgulloso…
Hago una vida normal dentro de unos límites. Tengo una cama, un plato de comida y dinero para tabaco. Además, he vuelto a trabajar. Pero ya nunca recuperaré el estatus que tenía antes, no eres el mismo. Has salido de la calle, pero tu vida ya no es igual. Yo tenía una proyección social, profesional… Si no hubiera caído en el alcohol, podría haber pintado más cuadros y a saber hasta dónde habría llegado. Pero los quince años en la calle, sumados a los nueve que llevo de recuperación, no me han dejado indemne.

¿Es cierto que sus cuadros, esos que vendía por unos duros en el Maremágnum, se revendían luego por mucho dinero en Estados Unidos?
Un señor que tenía una tienda me había comprado un cuadro de toros; creo que me pagó 17.000 pesetas, una miseria. Cuando caí en la calle recurrí a él y empecé a venderle más cuadros de toros, pero ahora sólo me pagaba entre 2.000 y 3.000 pesetas. Se aprovechaba de mi situación, porque eran cuadros grandes y al óleo. Una amiga mía, prostituta, me decía una y otra vez que me estaban explotando. Yo lo sabía, pero necesitaba el dinero para comprar vino. El caso es que ella, indignada, se presentó un día en la tienda, como si fuera una compradora cualquiera, y preguntó el precio de uno de mis cuadros. Todavía recuerdo cuando volvió, cabreada como una mona, y me dijo: “¡Ese grandísimo cabrón me ha pedido 70.000 pesetas por tu cuadro!”. Pero no me servía de ningún consuelo, porque la necesidad no tiene leyes; si me moría por comprar un cartón, me daba igual que aquel tío me diera 3.000 pesetas.

En la calle hay unos seres de una vileza inimaginable, representan el sadismo en su máxima expresión. Me lo voy a apuntar para hacer un dibujo. Me refiero a esos señores a los que te acercas, educadamente, y les pides una ayuda. Tienen las manos en los bolsillos y te preguntan cómo has llegado a la calle. Al rato notas que, con una de sus manos, están haciendo tintinear algunas monedas en su bolsillo, para crearte expectativas. Son auténticos sádicos morales, porque están ahí, sacándote tus miserias mientras ellos se regodean. Y luego te dicen “buena suerte”, se dan la vuelta y se largan.

Cuando te vuelves a encontrar con alguien así, aunque sepas que puede ocurrirte lo mismo, te quedas, porque es tal la necesidad que no tienes más remedio que aguantar hasta el final, por si te suelta unas monedas. ¿Te imaginas que crueldad? Esas personas son enfermos, porque hay que estar enfermo para ser tan malvado.

Y los mendigos tampoco nos debemos quejar tanto, porque peor es para las prostitutas. Ese sí que es el trabajo más duro del mundo. Yo me río cuando sale el típico que dice saber mucho sobre la vida de las putas; a mí ellas me han contado cosas que te pondrían los pelos de punta. Tener que buscar clientes en esos barrios dejados de la mano de Dios, meterse en la habitación de un tío que vete a saber lo que quiere hacer… Cuando esas señoras llegan a viejas, han recibido más palos que una estera.

¿Cómo es su vida en la actualidad? ¿Qué proyectos tiene a nivel personal y profesional?
Quiero ganarme la vida sin depender de los servicios sociales. Acabaré el cómic de 15 años en la calle y, mientras tanto, seguiré pintando mis cuadros, algo que me encanta. Lo primero me da la opción de ganar dinero a corto plazo, mientras que la pintura sería cuestión de trabajar algo más y organizar una exposición. Y por supuesto, mantenerme sobrio.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=f0p8q1ze1_w&list=UU2aF1F_ESqKEvn3CpGyrFzQ&index=10&feature=plcp[/youtube]

 Imágenes cedidas por Editores de Tebeos

2 Comentarios

  1. Miguel. llevo mucho tempo intentando localizarte, te he mando mensajes a la Fundación, e intentado llamarte, pero no he podido conseguirlo.
    Soy Mª Dolores, hija de la Josefina hermana detu padre Luis.
    Aunque creas que es por egoismo, no es así, me dio pena y alegria cuando hace mucho tiempo leí tu historia en la revista Pronto, y desde entonces intento de localizarte, Se que estabas casado y que tenias un hijo llamado Sergio,
    Si lo consideras oportuno me gustaria saber de tí.
    Mi movil 619893838, espero tus noticias. Un abrazo

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