Mi querida España

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La selección de balonmano volvió a tocar el cielo. Una victoria grandiosa, sublime, monumental (35-19) ante la poderosa Dinamarca en Barcelona certificó el segundo Mundial para la anfitriona, después de aquel que obtuviera en Túnez frente a Croacia en 2005. La final se convirtió, tras el ecuador de la primera mitad, en un recital incontestable de los locales que abrumaron a un desaparecido equipo nórdico que llegaba como favorito.

España alzó su segundo Mundial de balonmano tras el de 2005. Fotografía: COE.
España alzó su segundo Mundial de balonmano tras el de 2005. Fotografía: COE.

El Mundial se quedará en casa. España, en el mejor partido de su historia, barrió a Dinamarca con una exhibición que carece de precedentes. La diferencia final, de 16 goles, es un perfecto indicador del calibre y la magnitud que tiene el triunfo. El partido definitivo, una vez roto mediada la primera parte, se convirtió en un paseo militar. La selección local, arrolladora e insaciable, no bajó un ápice la tensión en la cancha. El Palau Sant Jordi se erigió como el jugador número ocho de los anfitriones. Los más de 13.000 espectadores que poblaban el recinto polideportivo, estandarte de los Juegos de 1992, terminaron conquistados por el juego de la selección.

Los últimos precedentes entre ambas eran claramente favorables al equipo nórdico. Los tres partidos disputados entre 2011 y 2012 terminaron con triunfo para los daneses, una bestia negra reciente cuyo líder indiscutible es Mikkel Hansen, uno de los mejores jugadores del planeta y asiduo verdugo de España. Dinamarca comparecía en la final haciendo gala de un repertorio extraordinario. A su poderío exterior, donde también destaca Nikolaj Markussen, se une su juego dinámico para los extremos, especialmente sobre el lado izquierdo de Anders Eggert, máximo realizador del campeonato. Niklas Landin es el extraordinario portero que corona una agresiva defensa. Sobre el papel, y por variedad de registros, partía con ventaja el cuadro danés.

La supuesta diferencia se anuló pronto. Sorprendió la disposición de España de salida: Antonio García salió de titular en el lateral izquierdo y Joan Cañellas, determinante en semifinales, era de la partida en la posición de central. Enfrentadas, dos defensas 6:0 de arquitectura similar. Aunque la intensidad que ofrecerían cada una de ellas terminaría siendo muy diferente. En el minuto 4, abrió un pequeño hueco España (3-0). La teórica presión del local no aparecía; muy al contrario, Dinamarca cometía errores y seleccionaba mal sus ataques. La salida fulgurante de los hispanos sería un síntoma de lo que habría de acontecer después. Resolvió Ulrik Wilbek, seleccionador de los vikingos, con un tiempo muerto y alineando a Hansen en el eje para buscar mayor dinamismo.

Redujo la desventaja Dinamarca, pero no llegó a equilibrar el resultado. Respondían los de Valero Rivera con facilidad desde el exterior. Antonio García, poco protagonista hasta la final, Jorge Maqueda y Joan Cañellas, libro abierto de este deporte, perforaban la portería de un Landin que evitaba que la diferencia española aumentara. Tomaba el gobierno de la final la defensa española: Dinamarca no encontraba claridad ni espacios diáfanos y crecía su angustia. Los locales empezaron a sumar contraataques fáciles tras robo de balón, mientras que los nórdicos se agobiaban sin posibilidades de romper la muralla rival.

El colapso danés también lo ejemplificaban sus goleadores, desconocidos y erráticos. En el minuto 23 la ventaja crecía hasta los cinco tantos (13-8); en el minuto 26 llegaba hasta los seis (15-9). La 6:0 española apabullaba al rival robando, anticipándose y bloqueando disparos. La pareja formada por Viran Morros y Gedeón Guardiola asfixiaba al temible ataque danés. No había resquicios, no se veían grietas. La defensa de España condenaba a una Dinamarca que mostraba síntomas de decaimiento y descomposición y hallaba en Valero Rivera a un gran definidor de contraataques. Al descanso la diferencia se ensanchaba (18-10). Pese al abismo en el marcador, la superioridad de la anfitriona era tan grande que se antojaba escasa la renta.

No cambió el guion del partido la vuelta tras el paso por vestuarios. La primera jugada de ataque danesa concluyó con una absurda pérdida de balón de un desdibujado Hansen, ya entonces fuera del partido. Maqueda tomó la responsabilidad realizadora en la selección local y con un exuberante ejercicio de potencia en el disparo finiquitó el partido. En la mitad de la segunda parte, la final estaba sentenciada (29-12). Dinamarca, incapaz de remar contracorriente, sabía que no alcanzaría la cima deseada. Solo Kasper Sondergaard, un jugador correcto entre una corte de estrellas, daba la cara. Las grandes figuras nórdicas habían dicho adiós al duelo muchos minutos antes.

Para que no faltara detalle positivo alguno en la final perfecta, Arpad Sterbik, guardameta español, empezó a sacar balones imposibles a los atacantes rivales. Y hasta 12 jugadores de La Roja anotaron en la meta rival. La mayor renta del partido llegó hasta los 18 goles (33-15) a falta de seis minutos para la conclusión. El amplío marcador permitió que todos los miembros del bloque fueran partícipes de la gesta. Y el público disfrutó del triunfo con los deportistas aún en el parqué. Terminó la fiesta 35-19, guarismo para la historia.

Gloria y honor para la España de la pelota pequeña, para la selección de la cancha de 40×20. El éxito rubricado en Barcelona va más allá de ser el segundo título mundial o de haberlo logrado en casa; el balonmano español ha ganado el futuro, ha concluido con éxito y brillantez una oportunidad histórica para el porvenir de uno de los pocos deportes verdaderamente profesionalizado del país.

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