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Vamos a hacer una ruta gastronómica por la capital inglesa. En Londres puedes encontrar todo tipo de comida de cualquier parte del mundo, bien preparada, en restaurante o en el supermercado. India, tailandesa, pakistaní, iraní, marroquí, española, argentina, mejicana, francesa, americana (¿cómo no? Y en todas sus variedades), italiana, china, japonesa, brasileña… y el “fish & chips”. Porque los ingleses tienen todo tipo de comida, menos la inglesa. Por partes.
La inglesa (fish & chips, y nada más, porque el té no cuenta) consiste en un pescado (da igual cuál, así de inglés es) mezclado con huevo y harina, rebozado y frito, acompañado de patatas fritas. He aquí, señores, la gastronomía típica. Como la receta es escueta, voy a seguir hablando de algunos de los alimentos que nos encontramos en el súper.

La carne. Podríamos decir que la inglesa es de ternera y de pollo (me lo cuestiono bastante). Ciñéndome a lo que mis ojos vieron: Cuando pones un trozo en una sartén se pierde entre tanta agua que suelta, y el sabor se perdió por el camino, porque a mi boca no llegó.

La leche, que no se mide en litros, no está el estante de la comida envasada, porque cada día el lechero trae una botella de algo más de un litro (para 6 personas). Los fines de semana se compra una botella de plástico del súper y listo). Digamos que esta botellita se invierte sobre todo en el té, inglés, con leche.

La fruta es preciosa. Mucho color, muy brillante y todas perfectamente iguales. Las manzanas por ejemplo, parecen sacadas del cuento de Blancanieves. Además, crujientes y con certificado de origen (británico). Los vegetales también son preciosos y bellos… En realidad tanta belleza que hace dudar de la originalidad de estos alimentos. ¿Cómo lo harán para tener clones de frutas? Porque la naturaleza hace de cada fruto (y nunca mejor dicho) una pieza única. Supongo que la respuesta está en lo artificial de la comida británica en general. Que de natural tiene la foto del envoltorio.

Los yogures son lo mejor. Enormes (hasta de 1 litro), de todas la variedades que se te puedan ocurrir, pero sobre todo griego. Poco más que añadir.

Pero lo mejor sin duda es el pan. No por el alimento en sí, sino por el tema. Daría para hablar un periódico entero. Puedes encontrar de todos los cereales, formas y colores, menos el del panadero de toda la vida. Todos son blandos, como el de las hamburguesas del McDonald, y de molde. Duran más de una semana (en mi casa si pasaba un día había que tirarlo, o sea: cuántos conservantes tendrá, o de qué narices estará hecho). Cuando encuentras uno medio normal, y lo sacas de la bolsita de papel, ves que deja una mancha sospechosa de poco sana, como de aceite (ojala fuese aceite y punto). Entonces todas tus esperanzas de hacerte un bocadillo de jamón en condiciones desaparecen. Y no por el jamón (que ya es otra), sino por el pan: el básico de toda la vida. Por todo ello, me he pasado a la cursilería londinense de la avena. Eso si, ayer encontré barras de pan de las que podríamos considerar normales, y me la comí entera.

Será por esto que puedes desayunar café transparente con leche de cabra y azúcar de frutas, con galletas de avena y jengibre, medio kilo de yogur y un puñado de gominolas. Podemos tomar algo ligero a media mañana por nuestro estómago revuelto del desayuno; ¿qué tal un agua con gas, soda de crema de vainilla con 3 calorías? Para el lunch hoy sushi en un buffet libre, de postre: café de Starbucks en el que la cola para pedir llega hasta afuera del local. Merienda??? Nada, mejor cena, porque aunque son las 18:00 hacen ya tres horas que es de noche; salmón bañado de miel al horno, y más galletas de avena de postre. A las 22:00 el estómago llama de nuevo, más avena y tortitas de maiz de snack. Igual cojo alguna fruta, y así me acuesto pensando lo sana que soy. No es irónico, este fue mi domingo anterior. Así que os dejo, que estoy agotada de tanta digestión.

See you soon…

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