Medias verdades

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Durante las dos jornadas del “I Congreso Internacional de Columnismo y Periodismo de Opinión“, he escuchado a numerosas personas que, como poco, me doblaban en años y, desde luego, estaban a años luz de mí en experiencia. Más salaos o menos, y alguna intervención aburrida. Pero me era necesario algo así. Y no lo he sabido hasta que, asimilada toda la metralla con la que me han bombardeado, le he dicho al negro sobre blanco: hoy muevo pieza yo primero.

De todo, solo me quedo con una frase, que llevaré conmigo mucho tiempo: “Cuando tenía unos 12 ó 13 años, volvía del colegio y me ponía a leer columnas de periódicos: yo siempre fui un niño rarito, un niño freaky”. Hubo una sonrisa generalizada. Yo también sonreí, pero interiormente me identifiqué con el orador con una claridad que hasta dolía. Y solo podía pensar, de vuelta a casa, en que a esa edad yo también me admiraba ante aquellas hojas de periódico donde, en tan poco espacio, se decían unas cosas tan serias, tan de persona mayor, tan vetadas a mis pupilas y fuera de mi radio de comprensión. Las gafas de Umbral, en su foto de la contra de El Mundo, me daban miedo y una suerte de pena pequeña, borrosa, ilógica. Creo recordar que alguna vez me crucé con él por el pueblo –mi madre me señalaba en silencio que se trataba de él, del señor de las patillas que soltaba tantos exabruptos -, pero eso fue quizá mucho antes de tener claro que quería ser periodista, aunque no hubiera dejado de garrapatear historias tontas en cuadernos de anillas desde que entré al colegio.

Más allá de las buenas ideas que aportaron los invitados, estoy aún impactada por la carga emotiva de sus testimonios. O tal vez influiría el hecho de haber vuelto a la vieja y fea mole gris, donde pasé unos cuantos años entre dudas, ilusiones e inserte-aquí-su-tópico-universitario-favorito; no sé. El caso es que hasta que no ha terminado el evento no he sido consciente de que, como dirían Los Secretos, estoy metida en un lío y no sé cómo voy a salir.

Porque ser periodista es más que un título o una profesión, es un compromiso con el mundo. Y el mundo, tal como nos lo están dejando, se está poniendo cada vez más feo –o tal vez siempre lo ha estado, y nosotros, que vivimos en la parte más o menos verde del jardín, no lo apreciamos a menudo–. Me enferman las personas cursis tanto como las pedantes, así que no escribiré pamplinas acerca de la pretendida aura que tienen los de esta acera. No somos seres especiales, somos personas con una responsabilidad –como cualquier trabajador–, y como tales, buenos o malos en nuestro puesto. Según el día. Según el humor. Según la educación recibida. Y según tantos otros factores.

Sin embargo, a diferencia de otros gremios, sufrimos a diario lo que ellos no sufren: el vituperio y denuesto continuos, el efecto de asociaciones de ideas prostituidas, el cansancio mental –porque en el paso evolutivo previo al buen periodista está el lector incurable–, esa indefensión aprendida de los justos que conviven con pecadores, la cláusula que firmamos de no poder darle vacaciones al cerebro ni los domingos. Lloré mucho, muchísimo cuando un ERE puso en la calle hace días a un periodista que adoro, que de tan bueno es galáctico. Si después de décadas haciendo una labor tan inmensa lo despiden, pensé, decididamente mi futuro son dos palabras que no pueden ir, en adelante, juntas en una misma frase.

Pero, de algún modo, escuchar a quienes nos pasan un relevo tan inestable como candente me ha servido para tomarle el pulso a mi propia templanza. Habría llorado de impotencia y de felicidad al saber que ante mí se abre un abismo sin nombre y que quienes me empujan a él no dejan de gritar: lo tienes difícil y más difícil lo vas a tener.  Y no lo he hecho, sabiendo que aún me quedan horas de un camino que solo se terminará cuando tire las botas a la cuneta, no antes. “La verdad es revolucionaria”, decía otro de los invitados, parafraseando a Benedetti. Que España está en crisis no es verdad, es solo media verdad: también lo estamos nosotros, y es esta mitad la que podemos cambiar; al menos de momento. A mí me gusta más acordarme del uruguayo cada vez que oigo “nuevo ERE” en las noticias. Pintaría mañana mismo en las paredes de mi cuarto a todo color No te rindas, si no fuera porque lo mío es escribir y no soy nada diestra con la brocha gorda.

Imagen cedida por la organización del Congreso

2 Comentarios

  1. Grande. Gran publicación y grande Benedetti.

    Me has hecho reflexionar y sonreír… ¿Difícil en este post? No creo. Dicen que está prohibido para el periodismo, que nos estamos muriendo; que incluso, “de puro miedo a la muerte de los periódicos, son los propios periodistas quienes terminan pegándole un tiro a la profesión”, eso decía Soledad Gallego. Sin duda, eso de que el periodismo va a morir es la mejor falacia de los tiempos.

  2. Tengo 51 años. Ejerzo el periodismo desde hace 28. Me reconozco plenamente en tus temores. Yo también los tenía a tu edad. No desesperes. Apuesta con todo tu corazón por este viejo oficio. Quien no lo intenta no llega jamás a la meta. Suerte…

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