Massiroi Amaterasu

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Los que conocen a esta dama dirán que, bien escondida en su suntuoso cuarto tapizado en brocados blancos, escribe deprisa en sus memorias: “Soy una  maquiavélica aristócrata consorte escondida entre rasgos de picaresca. Poseo amistades, contactos y ponentes en cada espacio.” Si piensan que se describe a sí misma… se equivocan. Por fin ha conocido una mujer en la que puede inspirarse si quiere colmar sus ambiciones, dejando a un lado sus espiritualidades religiosas, aunque sólo sea en un ínfimo momento relajado de lectura. A un lado, desordenado en un bello tocador barroco de perla albina, aparece abierto por una página aleatoria y colocado boca abajo, ese libro en el que se ha evocado la noche en que sus ojos oscuros no podían conciliar el sueño: “Las amistades peligrosas”. Junto a él unas lentes de pasta coloreada. Quizá siguiendo una ficticia moda. No lo sabe ni le interesa. Ha tomado apuntes de lo que realmente incumbe. ¿Lo utilizará en su siguiente discurso?

Amaterasu, que gusta de conocer, meticulosa, cada detalle de lo que le rodea, sabe de comportamientos humanos; conoce de pasiones personales; domina la comunicación por la palabra, y se vanagloria de la debilidad ajena. No es que sea malvada. Solo es demasiado inteligente como para dejarse pisotear por mentes mediocres. Es como esa ficticia marquesa de la literatura gala ¿o era una condesa? No queda claro. Desde luego no se reconoce ni la realidad ni la fantasía. A Amaterasu le gusta que le llamen Tera. Como necesita de la gente para encarar sus objetivos es preciso que se muestre amigable, cercana y expansiva. No le ha hecho falta adjudicarse un diminutivo. Ya le fue encasquetado hace cinco años, entre lágrimas y burlas. La ingenuidad espontánea aleccionada por su octavo mandamiento casi la asfixia. Tuvo que aprender del veneno licuado entre sus labios de luna creciente, de la verídica mentira  para poder ser a lo que ha llegado. Obligación fue envenenar su alma casta para poder luego enriquecerla. La falta antinatural de pasión humana la suplió con otra robótica y poderosa. Necesitaba alicientes. ¿Quién no tiene un vicio? El de Tera es superarse, retarse, renacer como el símbolo animal de su partido, victoriosa entre enemigos derrotados, pisoteados y exhaustos. Su arma no corta el cuerpo, raja el alma, se esconde en un timbre suave y nasal en los extremos. Ha subido ya muchos peldaños, extasiada entre perfumes de traición y de falsos compañeros. Se ha educado para su puesto y lleva la vida entrenando para esa obra. No iba a flaquear ahora aunque sepa que su despacho se calcina y sus arterias se desaguan.

Un seductor íncubo de melena descarnada y cubierta mirada fría dijo que representa los siete pecados que más condena la religión que ella misma profesa: el poder resbala por su piel de manera experta, provocando una lujuria en sus rizados pensamientos; ambiciona ser primera en todo, cumplirlo, planearlo y efectuarlo; codicia permanecer en la memoria, que escriban páginas sobre su figura y comportamiento, sin importar si educan o se tiran la siguiente jornada; no cede porque el orgullo la atenaza, la alimenta y le da fuerza, mucha más que las simples manducatorias; la pervierte la envidia si nota que algún ser supera sus facultades, con lo que vuelve su dominio de la retórica en contra del intruso; devora con ansia cada reto que le colocan por delante pues ha aprendido que por su sexo debe de enredarse por derroteros, y temen su ira los que osan interponerse entre sus altos zapatos de aguja.

Su aspecto está cuidado a cada detalle. Poco queda de la torpe y pálida, esquelética y enfermiza niña pelirroja, hija única y tardía de militar destinado en misión a los frentes nipones y de dama castigada por una extrema inteligencia para la época que la dio vida. Ya no se cubre de kimonos regalados por su maestra japonesa, artista de la mirada y de la retórica, sino que otro tipo de sedas profesionales de corte perfilan torpemente, por no marcar que es femenina, su figura. Ha crecido, ha ensanchado y satinado. Su piel sigue pálida y mortecina, pero la cabeza ahora se cubre de bucles del color del elemento que su nombre evoca. El maquillaje ayuda a perfilar la  extrema dureza occidental de sus rasgos. Mentón fuerte, gran nariz, masculina fisonomía… y redondos pómulos faltos de cariño porque ella misma lo ha escogido de esa manera. Su barón no tiene culpa. ¡Pobre perro Ansei condenado a ser anónimo al oeste y endiosado del oriente! Él la enlazaría para siempre entre sus enseñanzas guerreras pero ella no se deja.  Sólo la venció dos veces, pero ya no le afecta. La turba el sentimiento. Varía la representación del papel de marquesa francesa  y de pronto toma nombre de su propia posición y lo enlaza a otro personaje de la misma novela. El amor la vuelve casta… señora de Tourvel. Que el paciente Yadiwa lo comprenda será la última misión que se encomienda a su cerebro.

Ella prefiere ser inalcanzable. Así gusta y se nutre. Así refuerza su coraza. Así sigue siendo para lo que ha nacido: la escogida.

Ya no la pisa nadie. Ya no la encara. Que tema el que quiera hacerle frente. Seguirá escondida en su abanico, haciendo gestos a sus aliados para diseñar la estrategia defensiva. ¿Es realidad o fantasía? Aún no lo conoce. Quizá sea lo último que le falta a esta experta en diplomacia, nutrida en educación y perdida en elementos. Que su dios la ampare puesto que va a enfrentarse a la aventura de su vida.

Ten mesura impaciente dama libre… ten mesura.

Esta obra y el conjunto al que pertenece está registrada por la autora ©

1 Comentario

  1. Me gusta esa forma de ver la superación de una persona a través de las circunstancias en las que se ve envuelta, con un toque de tristeza, como una letanía en referencia al poder.

  2. Muy bonito el relato. Me encanta que hables de la obra “Las amistades peligrosas”, es posiblemente el mejor libro q he leído (y he leído muchos). Me gustaría seguir leyendo sobre Amaterasu, es un personaje muy interesante… ¿En quién te has basado para crearlo?

  3. No puedo decirlo. Se me echan encima en este foro. Lo siento. Échale una poquita de imaginación. Sólo una poquita. Por cierto, te agregaré al messenger, que me estás cayendo bien.
    Saludos

  4. Gracias por contestar Liberanda, pero no suelo pasar mucho tiempo en internet ni en el msn, ya que no dispongo de él en casa, cuando puedo escribo desde casa de mi hermana, pero visitaré a menudo la huella digital. Gracias! Y sigue escribiendo así.

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