Más operación que triunfo

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Operación Triunfo, el afamado concurso en formato `reality show´de origen español, fue y en la actualiad aún sigue siendo, aunque en menor medida, un fenómeno mediático que conmovió a la opinión pública desde su primera edición en el año 2001. Se convirtió así en un fenómeno social que traspasó nuestras fronteras para exportar el formato televisivo a más de treinta países.

Desde la apariencia más superficial, Operación Triunfo se trata de un concurso que pretende formar futuros cantantes de música comercial, y en el que una serie de concursantes demuestran semana tras semana sus capacidades como cantantes en una gala en directo. Cada semana uno de los concursantes es eliminado por un jurado especializado, hasta llegar seis de ellos a la final en la que, según las normas, tres de ellos obtendrán una carrera discográfica. Incluso, en la primera edición una de las ganadoras del concurso, Rosa López, se convirtió en nuestra representante en el Festival de Eurovisión.

El tiempo pasa, inexorable, también para Operación Triunfo, y lo que al principio eran luces de neón ahora son sombras y destellos de mejores épocas. De emitirse a diario con éxitos de audiencia sin precedentes en Televisión Española, a pasar casi de puntillas por la cadena privada Telecinco este mismo año, en su quinta edición, con auténticos batacazos en lo que se refiere a número de espectadores, y salvado por la campana en algunos momentos por el tirón mediático de alguno de sus personajes, como el miembro del jurado más polémico de la televisión, Risto Mejide, un gran actor.

Tras estas barras y estrellas tan deslumbrantes en superficie, hay un submundo muy alejado de los objetivos tan caritativos de éste reality show. Y es que en realidad, la productora Gestmusic se encargó de exprimir el formato televisivo hasta límites insospechados en la primera temporada. Le sacó dinero a TVE, a los anunciantes, a los patrocinadores, a los concursantes y a quien se pusiera por delante de sus objetivos, que no eran otros que romper la banca.

Con Televisión Española la productora catalana firmó un contrato inicial para la producción completa y externa del programa, contrato que Gestmusic obligó a revisar al alza en su apartado económico a la cadena nacional a las dos semanas de emisión de Operación Triunfo, tras comprobar el gran éxito obtenido. Lograda esta revisión vinieron otras muchas más, por lo que a TVE le salió el concurso por un pico y medio, pero se trataba de ganar audiencia para la cadena pública como fuera y al precio que fuera, en un momento en el que pasaba por los peores momentos de audiencia acumulada.

En la faceta de anunciantes y patrocinadores, las cifras económicas que se barajaron fueron estratosféricas, y todo para asociar un producto con la imagen tan limpia de Operación Triunfo. Aunque los platos rotos fueron para los concursantes, el eslabón más débil de la cadena, de los cuales se aprovecharon de su ilusión, de sus ganas de ser famosos para firmar con ellos contratos discográficos, fílmicos y laborales que aniquilarían la dignidad de cualquier artista, y también de cualquier ser humano. Les sometieron a maratonianas jornadas de trabajo, a una gira de tres meses en la que recorrieron toda España de punta a punta y a mata caballo, les aniquilaron todos los derechos de imagen adquiridos en numerosos programas de televisión, en la película de OT, y todo ello sin mover un euro más de sus iniciales contratos.

Después, la firma de contratos discográficos con los distintos finalistas fue un sorteo de Navidad en el que los premios gordos se los llevaron a medias entre Gestmusic y Valemusic. Y todo para crear unos artistas, como Bisbal, Bustamante, Rosa, Chenoa, etc. Unos artistas que aún siguen pagando el precio de una fama demasiado cara, y que quizá deja ya de deslumbrar.

En sucesivas ediciones del concurso, se ha ido repitiendo la misma operación de marketing, pero ya a una menor escala y reduciendo de forma paulatina la fama y los beneficios económicos, hasta llegar a la quinta y actual edición de Operación Triunfo, que ha pasado sin pena ni gloria por los platós de televisión, para desgracia de Telecinco.

Un artista musical nunca se hace ni se crea de la nada, un artista nace siendo artista y se irá formando a lo largo de su ciclo vital en los distintos avatares que se le presenten, y llegará o no a tener fama, llegará o no a ser un genio en su campo creativo, llegará o no, pero siempre será un artista. Un artista musical nunca se hace o se crea de la nada, y menos en una operación comercial tan salvaje como Operación Triunfo.

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Óliver Yuste es licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.

Su experiencia profesional como periodista se ha desarrollado en diversas publicaciones periódicas como las revistas culturales Experpento o Paisajes Eléctricos Magazine, las revistas universitarias La Huella Digital, Punto de Encuentro Complutense y mÁs UNED, o la colaboración como escritor en la revista literaria chilena Cinosargo, además de mantener sus propios blogs, como la bitácora personal donde se ahogan los gritos de mi mitad. En estas publicaciones en soporte papel y digital se divulgan algunos de sus artículos periodísticos de opinión, críticas y entrevistas musicales, además de artículos literarios como relatos cortos, cuentos y poesías.

También está dedicado a la creación literaria como escritor de novelas y poesía, una faceta en la que cuenta con el libro de cuentos Azoteas, en proceso de edición, y la publicación del cuento “La Libertad de Ser Feliz” en el libro Cuentos Selectos III, publicado en 2002 por la Editorial Jamais. Además de ser galardonado en algunos certámenes literarios: Primer Premio de Poesía Ramiro de Maeztu 1997, Premio Accésit del IV Concurso de Redacción “El Teatro Clásico en Escena 1997” o Finalista en el Concurso de Relatos Cortos “Premios Jamais 1999”.

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