Más cine, por favor

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El otro día escuché en la radio el testimonio desconsolado de una mujer que describía ante la conductora del programa, uno de esos consultorios nocturnos en los que la gente comparte sus penurias ante la audiencia, lo difícil y anodina que resultaba su existencia. Al parecer, su marido tenía problemas de alcoholismo y su único hijo hacía tiempo que no les visitaba, razones suficientes para comprender su desolación. La mujer, sumida en una profunda depresión, balbuciendo palabras inconexas y derretida en lágrimas, intentaba explicar a la locutora lo precario de su situación y se mostraba totalmente incapaz de salir del escollo. La presentadora, solícita, se afanaba inútilmente en consolar a la señora, mientras ésta aseguraba continuamente no encontrar ningún aliciente en su rutina diaria que mejorase su desdichada vida. “Pongo la televisión y no me concentro”, decía la mujer. “Paso tanto tiempo sola que me aburro y no sé qué hacer. Algún día salgo de compras y me distraigo : es lo que me salva.”, proseguía.
Dejando a un lado la conmoción que suscitaba su relato, me llamaron especialmente la atención estas últimas palabras. Resulta inquietante que esta señora tan sólo encuentre una válvula de escape en menesteres tan dudosamente estimulantes como son la programación televisiva y salir de compras.

No pretendo juzgar las alternativas que dicha señora escoge para combatir su desgraciada situación (es más, si esas actividades le resultan gratificantes le animaría a seguir practicándolas) pero creo no equivocarme si afirmo que existen muchas otras aficiones que, como poco, harían su vida un puntito más llevadera.

De tener la oportunidad de hablar con ella, le animaría, por ejemplo, a ver todo el cine que pudiese. Es acojonante el efecto balsámico que puede llegar a producir el visionado de una buena película. El cine emociona, divierte, enseña, hace reír, provoca la lágrima, aterroriza, fascina e incluso ayuda a olvidar. El cine, en definitiva, puede conseguir que nos sintamos vivos. Recurrir a la revisión de determinadas películas cuando uno se encuentra jodido, apático o melancólico, puede revelarse verdaderamente constructivo (recomiendo especialmente para este ejercicio las filmografías de Juan José Campanella y Adolfo Aristarain). El cine es como la vida misma (“Cine, cine, cine, / más cine, por favor, / que todo en la vida es cine / y los sueños cine son”, cantaba Luis Eduardo Aute) y ese grado de identificación con la realidad consigue en muchas ocasiones que suframos como lo hace el personaje de la pantalla, que experimentemos el placer que él siente, que nos recorra un escalofrío porque recordamos haber vivido la misma experiencia en nuestra vida. La esencia del cine nos permite compartir sensaciones y le traslada a uno a ejercicios de introspección que pueden resultar muy positivos cuando el estado de ánimo flojea.

Me hago cargo de la trágica circunstancia por la que atraviesa aquella señora, y soy consciente de que la solución de su problema no pasa por encender la televisión, salir de compras o ver un puñado de películas, pero me encantaría cogerla de la mano y acompañarla a una proyección de, por ejemplo, “El secreto de sus ojos”. Estoy seguro de que durante las dos horas que dura la película sería, como mínimo, un poquito más feliz.

Fuente de la imagen:
davidperezsanudo.files.wordpress.com

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