Marta Sanz: “Deberíamos devolverle a la literatura su relación con la cultura y con la vida, sacarla de las élites y los altares”

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P.: He leído de algún crítico que con tus libros corres el riesgo de hacerte más listo y mejor persona. ¿Qué quieres lograr o buscas cuándo escribes?

R.: Supongo que con cada libro busco algo diferente y por eso intento escribir cada libro de un modo diferente. Sin embargo, hay algo que todos comparten: poner la lupa sobre esos aspectos de la realidad que no percibimos como autoritarios y que, sin embargo, lo son. Echar por tierra la fantasía de ciertas libertades. Robar la ingenuidad porque la ingenuidad no es una cualidad maravillosa, sino perversa en el mundo en el que vivimos. Mostrarle a Caperucita que bajo el disfraz de la abuela se esconde el lobo feroz. A lo mejor a eso se refiere el crítico cuando habla de que con mis libros uno corre el riesgo de hacerse más listo… Sencillamente se trata de llevar las gafas un poco menos sucias y de tomar conciencia de que ver mejor a veces duele. Y, en este sentido, me pregunto si alguien tiene derecho a hurtarle a nadie su felicidad. Y a menudo me respondo que sí. Que es necesario, aunque sea a fuerza de carcajadas. En cuanto a la categoría de las “buenas personas”, me aterra. Ya no funciona en su dimensión machadiana de ser “en el buen sentido de la palabra bueno”, sino en la acepción de esa “gente de bien” que Rajoy suele asimilar con las capas más conservadoras de la sociedad, la reacción y las silenciosas mayorías nixonianas.

P.: Cuando nos enfrentamos a la realidad que tantas veces ahoga, los mortales, los que nos ensuciamos los zapatos con el polvo y el barro, usamos de las más diversas excusas, salidas, viajes para soportar los pesos. ¿Crees que la literatura puede ser un instrumento de esto o más bien una fuerza que nos empuje y nos mantenga en el campo de batalla?

R.: Hasta hace muy poco tiempo, yo habría elegido radicalmente y sin fisuras la opción B: el empuje, la fuerza, la batalla, la intrepidez, un modo de contrarrestar la violencia, la denuncia, la posibilidad de intervenir en la comunidad con un discurso que reaccione contra las frases hechas de un poder hegemónico invisibilizado y, por eso mismo, aterrador… Hoy sigo compartiendo esa visión beligerante o rebelde de la literatura, pero además creo que algunas veces necesitamos confortarnos escuchando algún canto de sirena, trasportándonos a otros lugares a través de las palabras, consolándonos, acompañando… Esa segunda posibilidad nos la enseñan las personas que aman la literatura y que se han refugiado en ella en momentos de guerra y pobreza. Han respirado a través de la lectura de textos literarios que tal vez tenían poco que ver con su experiencia vital de ese momento. Sin embargo, yo creo que es muy diferente creer que en algunas ocasiones los textos literarios pueden servir para mitigar el duelo o pasar un rato entretenido sin mayores pretensiones,que pensar que los textos literarios solo sirven para mitigar los duelos, purgar, sanar, entretener, cegar…He sido muy radical en mi defensa de los textos incómodos porque he visto cómo los textos amables y espectaculares eran muchas veces deshonestos y, en su aparente inocuidad, violentaban a los lectores como si no lo hiciesen, ocupando todo el concepto de lo que entendemos por literario y despojando a la literatura de esa posibilidad de ampliar nuestra visión del mundo, abrirnos los ojos o ejercer la crítica.

P.: Tú has escrito del frío como metáfora del desamor. ¿Ha llegado el frío para quedarse en un largo invierno en el que el desamor nos aleja de nuestros semejantes en un “desamor social” (si me permites la expresión), en la indiferencia de los males de otros?

R.: Tu pregunta es muy compleja y se me ocurren un montón de respuestas probablemente contradictorias. Por una parte, vemos a nuestro alrededor mucha gente solidaria, trabajadora y sensible verdaderamente preocupada y empática con los problemas de una mayoría social cada vez más empobrecida. Por otra parte, vemos cómo el capitalismo de rostro amable, el capitalismo filantrópico, el que va como si no fuera capitalismo, disfrazado, jugando al Antón Pirulero, hace publicidad con la solidaridad, la caridad, la educación y los proyectos ecológicos, mientras contamina el planeta o lleva a cabo despidos masivos. Siento miedo y rechazo cuando escucho los amorosos y esperanzadores eslóganes del pensamiento positivo, que suele responsabilizar a las víctimas económicas de su situación –no han sido lo suficientemente emprendedoras, avispadas, móviles, volátiles, no se han sabido adaptar al ritmo de los tiempos…- Esas formas espurias del amor, de vivir la crisis como una oportunidad, esa rentabilización malsana de las emociones, me aterran porque para mí son la expresión de una violencia cada vez menos encubierta que nos tiene a todos agarrotados. Pero lo que más miedo me da últimamente son esos que hablan de “gente” en general. Gente. Como una masa amorfa y sin matices. Como si los especuladores, los corruptos, los que comercian con la salud no fuesen también “gente” y como si la moral doméstica no fuera una proyección de los valores de depredación y usura a los que somos permeables desde nuestra más tierna infancia. Me produce una gran desconfianza hablar de “gente” y de “emoción” y de “amor” y de “buen rollo” y de “pensar en rosa”… Sospecho que me habla el Mago de Oz y que me están engañando. Tengo la impresión de que lo verdaderamente negro no es la novela criminal, sino el mundo rosa: ahí surgen las contradicciones y se desvelan las mayores contracturas sistémicas y sentimentales, y esa es la razón por la que yo he escrito novelas como AmourFou o Daniela Astor y la caja negra.

P.: Con tu novela AmourFou, editada allende los mares, nos introduces en el tema de la represión como forma de manifestar el poder ¿Crees que estamos inmersos en múltiples formas de represión de las cuales no somos conscientes?

R.: Creo que vivimos en la perversa fantasía de que somos libres y que la libertad se confunde con la posibilidad de elegir los objetos de consumo como escenario y definición de lo que somos. De nuestra identidad. El ensayista Byung-Chul Han lo explica en su Psicopolítica: pensamos que somos libres y en realidad somos una sociedad de individuos a menudo autoexplotados que expresamos nuestra libertad haciendo clic en con el ratón del ordenador sin darnos cuenta de que cada vez que hacemos clic lo que estamos haciendo es mostrándonos públicamente. La vigilancia absoluta, propiciada por nosotros mismos, es la cara oscura de nuestra libertad. Vivimos en un panóptico digital. Aunque, por otra parte, si no nos sentimos mirados nos volvemos locos: esa contradicción entre el deseo de ser visto y el de preservar el espacio de la intimidad se cuenta en AmourFou y yo creo que es un asunto que se relaciona directamente con los límites de nuestra democracia.

P.: ¿Qué debe decir un escritor en estos tiempos de incertidumbre, de cambio, con tantas palabras usadas como cortina de humo para ocultar la realidad? ¿Qué debe decir un profesional de la palabra?

R.: No sé qué debe decir, pero comparto con mi amigo el escritor Carlos Pardo la idea de que tal vez deberíamos resacralizar la realidad: sacarla de la niebla de lenguajes que la envuelven. No consentir que las noticias se ficcionalicen y se transformen en crónica negra. Que las guerras se hagan tolerables porque las vivimos desde la distancia aséptica del videojuego. No pensar que todos los problemas de los seres humanos son un problema de lenguaje, sino que tienen que ver con las cosas que pasan de verdad. Devolverle a la literatura su relación con la cultura y con la vida: sacarla de las élites y de los altares. Hacer que hable de las cosas visibles que no queremos ver. Que nos ayude a visibilizar las violencias que no experimentamos como tales, todas las violencias que hemos naturalizado y que, sin embargo, poco a poco nos van minando la salud y la conciencia. Desespectacularizar la palabra literaria, no encerrarla en los espacios de ocio, no convertirla solamente en un instrumento de alienación. Compartirla. Llevarla a las bibliotecas. Humanizarla, que no es lo mismo que reblandecerla con un inane discurso humanístico. Destrozarla. Perderle todo el respeto para mostrar el gran respeto que de verdad se le tiene. Abaratar la literatura para darle la utilidad y el valor que merece  lejos de ese mantra del mercado que dicta que solo lo caro es bueno.

P.: Tú has hecho incursiones en la novela negra. ¿Hay que asomarse también al lado oscuro del hombre y sus relaciones para ser un buen escritor?

R:. Nos asomamos al lado oscuro de los seres humanos a través de distintos géneros. No solo de la novela negra. La novela costumbrista, la romántica o la experimental pueden indagar también en esas oscuridades. La oscuridad de los seres humanos no se proyecta únicamente en sus acciones delictivas: hay pequeñas mezquindades cotidianas, formas de vivir los amores o la relación con la literatura y el arte que están llenas de putrefacción… En todo caso, mi incursión en la novela negra se debe a que, por una parte, soy una lectora fanática del género y, por otro, siento que se ha desactivado como herramienta de denuncia política. Se ha desactivado ese potencial que la inspiraba en sus orígenes, para quedarse reducida a ilusionismo, prestidigitación, el conejo que sale de la chistera en las primitivas novelas enigmas… Las novelas negras clientelizan a los lectores a través de guiños previsibles: sacian sus expectativas lectoras, no desconciertan, no duelen. Contraste usted los contextos en que fueron escritas Cosecha Roja de Hammett y La reina en el palacio de las corrientes de aire de Larsson; después contraste cada texto como propuesta política en su contexto. Así podemos calibrar hasta qué punto las llamadas novelas negras se han transformado en un instrumento retóricamente violento que seduce al lector con mecanismos familiares y confortables para él –violenta al lector como si no lo estuvieran violentando- y le lava la conciencia vendiendo falsa crítica. Cierto tipo de novela negra se ha convertido en la forma ideológica del neoliberalismo y parece que casi todas las novelas tienen la obligación de ser un poquito negras por el tipo de estrategias retóricas que utilizan: el misterio, la seducción, la sorpresa… Supongo que para ser un buen escritor o una buena escritora hay que estar haciéndose preguntas continuamente. Y tratando de responderlas. Y fastidiándose cuando las respuestas no coinciden con lo que sería esperable y arrullador, y le colocan a uno en una situación incómoda en la que tiene que dar un montón de explicaciones y sentir la contractura constante que supone escribir.

P.: En La lección de anatomía de alguna forma te miras y te muestras, de alguna forma te desnudas. ¿Qué has aprendido de ti al escribir esa novela? ¿Desnudándose uno se ve mejor o quizá tapar alguna de nuestras vergüenzas nos equilibra y no estamos preparados para ver toda nuestra verdad?

R.: Escribiendo La lección de anatomía he aprendido que soy más fuerte de lo que pensaba. Y a la vez también mucho más vulnerable de lo que pensaba. He aprendido que esa estúpida oscilación constituye mi término medio. He aprendido que la vida interior es una excusa para no tener que mirarse de frente y darnos cuenta, como decían Wilde y Vonnegut, de que hay que tener mucho cuidado con lo que uno parece ser porque uno acaba siendo lo que parece. El retrato de Dorian Grey escondido en el desván. He aprendido que el yo es una parte del nosotros, y que no me interesan los autorretratos que marquen las singularidades o las excentricidades, sino los que me permiten entender al individuo en lo que comparte con su comunidad. No me interesan las autobiografías como relatos de expiación, como martirologios o como relatos heroicos. En cuanto a la cuestión del desnudo, el desnudo es una pose como cualquier otra. La pose del desnudo está llena de veladuras que quizá son más intensas que cuando uno se presenta vestido. Los desnudos son más pudorosos que ciertos afeites, que ciertas cirugías o modelitos de marca muy, muy reveladores. E impúdicos. Yo creo que con cada libro los escritores se retratan: con las autobiografías o con las historias de marcianos. A veces las historias de marcianos son más obscenas que una confesión.

P.: Pio Baroja afirmaba que el fabricante de novelas es un tipo de rincón, agazapado, observador, curioso y tenaz. ¿Piensas que la literatura fluye más de la observación o de la acción? ¿De la ventana o del asfalto y tierra?

R.: Me gusta mucho la idea barojiana del fabricante de novelas y su manera de calificarlo. Me gusta que se insista en el oficio de la escritura por encima del don sacramental y la vocación de los escritores como seres elegidos y tocados por las musas. La gente que levita y habla con las divinidades es ascética y no come; sin embargo, los escritores comemos y pagamos la hipoteca. Somos trabajadores y merecemos el mismo respeto que cualquier trabajador. Nuestra acción es la escritura: el hecho de escribir y el hecho de compartir lo que escribimos con la comunidad a través de la publicación de los textos. Los textos tienen un significado en el contexto en el que nacen y al que se dirigen, y ese significado es inevitablemente ideológico. A mí me gusta el ruido y mirar por el ojo de la cerradura. La observación y la construcción de la mirada suelen ser momentos previos al acto de tomar la palabra, aunque a veces mientras se escribe aprendemos cosas que modifican nuestro modo de ver el mundo. Y vuelta a empezar. Como la gallina y el huevo.

 

Más información sobre la autora en Anagrama.
Imagen extraída de Escritores de Asturias.

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