Maletas (indignadas)

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Remedios_Varo_La_despedidaAyer me tomé el último café con un amigo: el nuevo protagonista de un largo y lento éxodo de españolitos que, aburridos y cansados de que les meen encima y les digan que llueve, convierten diariamente Barajas en un cuadro impresionista de puntos y aparte, de despedidas que prometen ser temporales y de “no te preocupes: dicen que crisis significa oportunidad”. Me fastidian los convencionalismos, y no debería decir que en nueve años de trato no hubo una sola ocasión en la que no tuviera un abrazo y una sonrisa para mí. Pero, qué carajo, esa es la pura verdad. Se marcha una persona excepcional y, por muy convencional que suene, de la que solo puedo decir bondades. Así que, en resumen: se aleja de mí un trocito de mi vida. Nunca deseé buena suerte con tanta sinceridad, pero sus lágrimas de nostalgia no disimuladas me siguen doliendo. Me recuerdan acaso todo lo que compartimos, y que hoy no quiero olvidar, ni puedo.

El último café, y me supo a poco. Esto también es muy convencional, pero un par de horas no bastan para ahogar las ganas de gritar a alguien que no se vaya, que puede quedarse otros nueve años en Madrid, que las cosas cambiarán, tarde o temprano. No quise sonar egoísta, ni falsa. No hay mayor ridículo que interponerse entre una persona que tiene una idea fija, madurada durante años, y dicha idea. Así que fingí que las despedidas no me afectan. Después de todo, muchos de mis amigos se han ido ya, convirtiendo paulatinamente Madrid en un desierto triste.

Soy de digestión lenta, así que el café no empezó a doler hasta horas más tarde. Mientras dominaba el pánico que produce la perspectiva de perder poco a poco el contacto con alguien único, tuve la sensación de que alguien escribía mi vida por mí, y se divertía mucho, aguardando para contemplar cómo reboto últimamente de despedida en despedida. Y aquellos versos, “Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde”, cobraron su sentido más amplio desde que los conozco.

Es decir: todo esto va en serio. No es tanto “nos vamos porque nos echan” -que yo sepa, nadie entra en las embajadas a punta de pistola-; nos vamos, básicamente, porque estamos hasta las pelotas. Nadie mínimamente creativo, nadie que tenga un sentido de la justicia más o menos desarrollado, nadie que valore más su futuro que sus tragaderas podría aguantar indefinidamente lo que se aguanta aquí. Ya no es sólo porque quiten becas, recorten de donde no se puede, exploten al currito con reformas laborales y condiciones lamentables; que también. Es que están consiguiendo que muchos crean que no queda otra.  Y así, asistimos a la filosofía instaurada de “aguanta el chaparrón y verás el arco iris”, o en su versión ibérica, “jódete un tiempito, que nos han dicho que de Málaga salimos, aunque sea para meternos en Malagón”. Afortunadamente, sólo se acaban las opciones para el que deja de buscar. Aunque sea a costa de pagar con la estupenda comfort zone -que, vaya usted a saber, lo mismo hasta redunda en nuestro beneficio-, me apetece creer que los cambios siempre son para bien; de lo contrario, ni me molesto en denominarlos así. Sampai jumpa, amigo, el próximo café lo pago yo.

Imagen: Reproducción de La despedida, cuadro de Remedios Varo. 

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