Maldita perfección

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Difuminado tu pesimismo, se esclarece mi alegría. La maldita perfección de tu figura a la luz de la luna no responde a quién te dibujó, sólo que soy quien a besos te llena de color. Por el angosto valle que persigue un antiguo pastor, se erigen, como el bambú, tus sueños. De día, el sol sobre tu vientre alza la frente y destierra de su seno las esperanzas vacías que un día sollozaste.

Sin ser de Dante, Beatriz, eres de mis deseos la amante: quien diezma con una caricia mi carácter taciturno. Sesgados y partidarios a la belleza de tu espalda, los dioses del Olimpo se refugian entre piedras oscuras y espinas sin rosas. Someras críticas de mariposas celosas, pavura en sus ojos insinuosos y deseosos de un despertar en las orillas de tu piel.

Naces como la Venus más hermosa que Botticelli pudo pintar. He guardado tus anhelos en el redil que, con las manos cansadas del pasamano de la vida, pude hacer. Del compendio de tus amarguras he rescatado moralejas. Del resto, elaboré un hechizo medieval de dilación que las borrará de tu recuerdo. Asustadiza como una liebre, a veces la niña que duerme en tu mente aflora como oculto manantial. Desventurada como Wherther, a veces crees que la vida tiene que acabar si no te tomo de las manos y seco tus lágrimas.

Prisionero de tus designios, pero comandante de tus piernas, eternizo mi naufragio de placer. Sin ser de Petrarca, Laura, limpias por completo mi aura de toda la angustia traducida en días de no besar tus labios. La herida que cicatriza con el aroma de tus mejillas.

Oculto bajo la brisa que despierta tus mañanas, observo que tus cabellos en descanso carecen de estación. Siempre en armonía, calculan tu andar y su caricia sobre tus hombros. Ávido de hallar un lugar donde todos perdamos identidad, me convierto en cenizas: acompaño tus huellas lejos del mundo terreno frívolo e insensible. 

Ansioso de ser tu fin, me topé con tus inicios. Luego de conocerlos, me di cuenta que estaba cerca del fin. Y ahora, esos pasos parsimoniosos que se alejan de los míos firman una interminable tarde de invierno.

Mientras tanto, aquí me encuentro, encerrado en tu corazón, sin nada más que hacer, que admirar tu maldita perfección.               

Fuente de imagen:
www.periosia.com

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