Maldita obsesión…

0
292

Su casa se perdía en el Albaicín granadino, entre todos aquellos murales blancos. El portón de madera destacaba en el centro de la fachada, que se dejaba completar por dos ventanas en cada piso.
Acababa de cenar, y decidió dejar los platos para la mañana siguiente. Hacía demasiado frío aquel
mes de diciembre y caminar por la casa se había convertido en todo un suplicio. Provisto de numerosas capas de ropa, trataba de rebajar los paseos innecesarios por los pasillos de su casa y pasaba el mayor tiempo posible bajo las mantas de la mesa camilla. Aquella noche no parecía diferenciarse demasiado de las demás, y pronto se dejó atrapar por el peliculón de la semana.

De vez en cuando, y aunque trataba de luchar contra lo imposible, se permitía pensar en ella. Había pasado a ser lo único que le ofrecía algo de calor y desasosiego en aquella casa que se le caía encima, pero de un tiempo a esta parte su relación se había estropeado bastante. Ella había dejado de luchar por su vida, y aunque había buscado ayuda profesional, parecía que ya nada podría hacerse, sólo esperar lo inevitable. Pero eso a él le resultaba algo realmente difícil. No podría sustituirla con facilidad. Aquella casa no estaba hecha para otra. Y pensó en ir a la habitación de al lado donde ella, seguramente, se quejaba fría. La imaginaba completamente estática, con ese tono anaranjado que tanto le caracterizaba, esperando su visita. Pero no podía hacer otra vez algo así. Era consciente de que se había convertido en una obsesión y tenía que sobreponerse a ella. Ya iría a verla a la mañana siguiente. Por ahora, todo estaba bajo control.

Aunque no era muy tarde decidió irse a la cama, con la esperanza entre manos de dejarse atrapar por el cansancio y así no pensar en ella. Pero no pudo. Recordó entonces, paso a paso, la última vez que estuvieron juntos aquella misma tarde. Él, intranquilo, había desistido en sus esfuerzos por no verla. Una vez frente a frente la estudió en silencio, comprobando como, efectivamente, estaba tal y como la dejó por la mañana. Pero aún sabiendo que siempre la encontraría igual, necesitaba verla cada poco. Sólo así él podía descansar. ¿Y si no la había mirado bien? ¿Y sí algo fallaba y todo se iba a la mierda? ¿Y si…? Terminó por levantarse de la cama, enfurecido. Aquella noche se había jurado confiar en él y no bajar a verla pero como siempre, había terminado por sucumbir a la desconfianza en sí mismo.

Bajó las escaleras de dos en dos, atravesó la entrada y el salón, llegó al final del pasillo y abrió la puerta más cercana a la cocina. Allí estaba ella, tal y como él sabía que estaría. Le invadió una sensación de tranquilidad y sin decir nada volvió sobre sus pasos a su habitación. Sabía que a la mañana siguiente tendría que volver a ir a la despensa a comprobar si la bombona de butano seguía apagada.

Fuentes de las imágenes:
http://lostsilentwind.files.wordpress.com/2007/10/soledad.jpg

1 Comentario

Dejar respuesta