“Magical Girl” de Carlos Vermut

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Impresiones sobre la nueva película del director madrileño, que ha resultado triunfadora en el último Festival de San Sebastián: Concha de Oro a mejor película y Concha de Plata a mejor director.

MG

Vermut pone extremo cuidado en el relato y deposita una especie de extraña confianza tanto en él como en el poderío que otorgan las ficciones. Los enigmas que delatan esas ficciones son perturbadores y acontecen fuera de la pantalla, tras las puertas que nunca llegan a abrirse o tras aquellos sucesos del pasado que no se nos vienen nunca a desvelar. Por tanto, nosotros como espectadores somos cómplices convocados e invitados a especular, a imaginar. Es también cierto que el argumento funciona como un preciso mecanismo de relojería, cuya idiosincrasia disputa una eterna batalla entre la pasión y lo cerebral, entre los instintos y la razón, de ahí el desasosiego provocado. Vermut con su mirada quiere vampirizar, sin dudarlo, nuestro poder fabulador; nos obliga, repito, como espectadores, a rellenar esos siniestros vacíos que se producen dentro de las ficciones. Hay que considerar que dentro de ese artificio resulta interesante reseñar la esencial convivencia hasta la casi disolución de los tonos, los códigos y, claro está, los géneros –desde el melodrama a la comedia un tanto macabra, desde el cine noir a ciertas pinceladas de cine social, incluso el cómic-.

La cinta, concebida a la manera de un puzzle, asocia a tres personajes destinados, desde luego, a cruzarse en una espiral de acciones perversas y pecaminosas -según la religión cristiana: mundo, demonio, carne-, partiendo si cabe de un secreto que gira en torno a la crueldad infantil, a sus formas de manipulación. Por tanto la cadena de chantajes que vienen a sucederse y que se escenifican nos ponen en el camino hacía el reverso de las buenas obras, vienen a retorcerse en definitiva cualquier principio de la moral. Todos alimentamos al monstruo que llevamos dentro; se nos dice. Es verdad, asimismo, que constatamos que lo atroz ocurre, no por un deseo de convocar los odios antiguos, sino porque los personajes en el fondo real están preñados por un exceso de amor.

Toda esa tragedia, que nos conduce irremediablemente hacia el dolor, también hacia la destrucción más severa encuentra desde luego un aliado, una puesta en escena minimalista con planos secuencia fijos de larga duración, obligando al espectador a estar atento, no distraerlo. En definitiva Vermut crea un universo muy personal, que a su vez entronca con el escenario sociocultural de este nuestro tiempo.

 

En la imagen, Bárbara Lennie como Bárbara, protagonista de Magical Girl

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