Madrid y ella

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Ayer llovía, pero no hacía frío. Era un buen día, una buena tarde para disfrutar en soledad. Hacía tiempo que no estaba sola.

Ella paseaba por la ciudad. No esperaba nada. Sobrevivía en aquella jungla de cemento. Madrid le mataba pero había decidido morir así. Paseaba expectante, observando lo que el hombre había hecho con el mundo. Miraba la inocencia en los ojos de los niños de la ciudad, eran transparentes.

Le gustaban. También le gustaban los jóvenes; le gustaban los hombres en general. Le gustaba atraparlos con las redes de su mirada. Le gustaba se una sirena de ciudad.

A pesar de los malos sentimientos, y momentos, que se apoderaban de ella, se sentía viva. Y aunque, a veces, huiría, le gustaba estar allí. Le gustaba la gente y el amor; creía en él y por eso era feliz. Disfrutaba llorando pese a que el llanto le ahogaba. Disfrutaba cantando y adivinando, incluso inventando vidas ajenas. Se sentía libre pero a veces sola. Sabía que era un ave de paso y por eso sus planes volaban alto. Por eso necesitaba escapar. Le gustaba la velocidad pero había aprendido a no correr cuando no es necesario. O al menos, eso creía.

Aquel paseo le llevó al lugar más maravilloso dónde nunca se había fumado un cigarro: el (casi) cielo de Madrid en la azotea del bonito edificio que acogía el Círculo de Bellas Artes de la capital.

El rojo de los clásicos tejados de la Villa y Corte contrastaban con nuevos tejados de la vieja Madrid. Las nuevas azoteas jugaban con sus hermanos mayores a buscar figuras en las nubes de día, y a inventar las estrellas de noche. Los más grandes, al norte, vigilaban la ciudad. La antaño inmensa Torre de Europa disfrutaba de la sombra que, desde hacía poco tiempo, le ofrecían los los nuevos gigantes. Desde allí todo parecía unido y cerca. Jugando a ser tan grandes como ellos, ella se imaginaba andando por las alturas, poniendo un pie aquí, otro allí y llegando feliz a cualquier punta de Madrid. Aquel cielo era el más maravilloso que había visto. Aquella ciudad era lo más perfecto que había visto. Y si bien nunca creyó en lo perfecto Madrid lo era por su bella imperfección: su mar ausente; que sin embargo, a nadie incomodaba. Salvo en la temporada de verano cuando el sol ardía y el cemento abrasaba los pies de los que todavía habitaban la ciudad. Entonces era cuando “el ausente” aliviaba a los miles de fugitivos que, a pesar de todo, cuando el sol se calmaba en la castiza urbe, sabían que lo mejor de irse siempre sería volver.

La lluvia había cesado, y el día seguía invitando a la reflexión solitaria. Y mientras analizaba los áticos más altos de la ciudad no pudo evitar imaginarse viviendo en uno de ellos. Pensando que aquel sería el lugar más maravilloso donde un día querría vivir. Entre rojos y grises; dorados y negros; blancos y azules. En el ático con terraza más alto que existiese en aquella hermosa ciudad.

Donde la vista de sus desayunos alcanzase la estepa de la Villa por un lado, y de los viejos y los nuevos pero grandes edificios, por otro. Donde evadirse estuviese a unos pasos de su cálido salón. Donde gigantes ventanales y una ventana en el techo de su habitación le permitiesen despertarse con el sol y dormirse con la luna. Y volver a despertarse con la noche para tocar el suelo, mirar al cielo y contemplar desde allí su hogar.

4 Comentarios

  1. Adorei o artigo de Rebecca. Fico muito feliz de ver a filha de minha maior amiga trilhando os caminhos do jornalismo. sou jornalista em Recife, Pernambuco, Brasil e amei ver a qualidade do seu texto. parabéns Rebecca. te vi pequenina aqui no país de sua mãe. MARISE

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