Lunes, 29 de noviembre

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El silbato apenas se escuchó, pues el balón ya rodaba atravesando la galleta entre la nube de 99.354 abucheos hacia los merengues. La jugaba la defensa blaugrana a expensas de un acelerón de los blancos en las inmediaciones de su área. Aún así, la calma prefirió protagonizar los primeros minutos del encuentro del año.

El Barça había depositado sus esperanzas en la táctica de un Guardiola que se relamía de gusto en el banquillo ante la algarabía cavernícola que se dirigía hacia el señor del tridente y los cuernos. José Mourinho, que visitaba el Nou Camp tras una lección futbolística a Pep basada en la colocación de arietes y catapultas cerca de su área, permanecía impasible calibrando a golpe de libreta la mejor estrategia para envenenar al público con su método.

Mientras tanto, la bola tonteaba en las piernas de los culés sin ningún atisbo de cama, mientras el Madrid aguantaba sin mucho entusiasmo la banal exhibición de los contrarios. Finalmente, Pepe desencadenó su esquizofrenia para arrebatar el primer balón a un intento de maestría barata. Xabi conducía y sorprendía el metro setenta de su tocayo con V, que apenas pudo ver cómo el balón llegaba a Di María y éste arrancaba en posición correcta hacia la portería del tercer portero de la selección sin el cual los mundialistas no habrían recibido agua fresca a tiempo. El balón se fue fuera por poco. Más tarde, Messi hacía de las suyas llegando desde la derecha hacia el centro del campo. Cogió los patines y dribló a sus contrincantes con la agilidad de un chihuaha, pero Cristiano Ronaldo, aunque no fuera chino, se afiló las fauces y se comió al perro. Lionel permanecía anonadado en el campo ante la estampida rival, y su pequeñez física se hundió en el terreno de juego mientras gracias a un pase mal despejado, Özil hacía el primer tanto de la noche. El alemán deslizó el balón sobre Valdés en una osadía elegante, mientas el estadio tronaba de impotencia. 1-0 y 80 minutos por delante.

El hedor se respiraba en el banquillo blaugrana. El terreno de juego seguía demostrando una superioridad blanca que pedía a gritos la participación de la competitividad, la cual se había quedado en las casas de los barcelonistas. Xabi Alonso dispersaba balones de 30 metros con una facilidad apabullante, y Cristiano comenzaba a internarse en el área rival despreciando a la defensa del Barça. En una de éstas, el luso oteo la escena que se aceleraba ante él y vio cómo Di María aprovechaba el rechace del portero para poner el 2-0 en el luminoso. Las lágrimas culés empaparon las ganas de vivir de los futbolistas, que acabaron por arrodillarse frente a los madridistas en señal de súplica. Mourinho bajó el pulgar y Ronaldo, tras hacer 50 toques y 25 flexiones, amenazó con ligarse a sus novias si no seguían jugando.

El partido siguió con los nervios aferrando las disposiciones futbolísticas del Barcelona. Estaban perdidos. El resultado prometía una goleada humillante que Mourinho cerraría con un despliegue de euforia surcando el Camp Nou con el brazo levantado y bebiéndose el agua de los aspersores si era preciso. Por ello, y posiblemente por lo que se avecinaba, Messi fue a la banda a por un balón perdido y al acercarse a Mourinho, que se alzaba displicente ante la llegada del megacrack a su zona de análisis, le empujó provocando el revuelo animal que dormitaba dentro del portugués. Éste cogió el balón con fuerza y derramó su ira contra la cara del argentino, que sangró a ritmo de menstruación sobre la línea de cal. Un desastre que sólo había provocado él. Iturralde decidió no mediar en ese asunto y se refugió en sus rizos, deseando que Leo fuese transportado fuera con urgencia para que no manchara el campo y alguien se resbalase.

Era lunes y el Madrid ganaba en el campo de su eterno rival. Una falta lanzada por Xavi aterrizó contra la valla que separaba a Casillas de los aficionados, y el marcador quedó inmovilizado hasta el final de la primera parte.

La segunda se abrió con la sustitución de Pedro por Keita en las filas del Barça y ningún cambio en el plantel madridista. El dominio blanco continuó lastimando las posibilidades rivales. Özil caminaba con sigilo enmudeciendo las intenciones de Busquets, que ante tanta incapacidad intentó destrozar la pierna al alemán. Por suerte, el madridista evitó tal despropósito e intervino con una patada en su hombro que desprendió el brazo de Busquets hasta el fresco césped catalán. La extremidad del jugador fue recogida por los camilleros y continuó el partido, esta vez teniendo como protagonista a Benzema. Cuando el minuto 10 de la segunda parte hizo su aparición, el francés pasó inadvertido ante Piqué y Puyol y alcanzó el pase de Ronaldo. La historia que siguió acabó entre las mallas, y luego Valdés intentó cabecear a Benzema como hiciera Zidane hace cuatro años. El que salió lastimado fue Piqué, que vomitó en el campo gracias al cabezazo de su compañero en el estómago. Valdés, cómo no, había confundido el blanco con el azulgrana.

Una lluvia de titulares humillantes se abalanzaría sobre la ciudad condal al día siguiente. Guardiola se refugiaría en la humildad de sus palabras y en sus jerséis ajustados, en su elegancia digna de los catálogos del Alcampo, en la perfección de un equipo que superaría cualquier bache gracias a la oleada de motivación y al poco tedioso enjambre musical de “The Human”.

Al poco de colocar el 3-0, Benzema quiso cebarse introduciendo más balas en la ruleta rusa blaugrana. Recibió otro pase milimétrico que transformó en gol haciendo un caño a Valdés, incrementando el nivel de superioridad que el equipo estaba alcanzando. En esos momentos, el Barcelona era un juguete roto con el que todos se divertían, un juguete roto con muy mala leche. Cuando el 4-0 pedía a gritos un hermanito, Dani Alves arremetió con brusquedad sobre Cristiano Ronaldo con el fin de causarle daño, muerte y destrucción. Éste ni se inmutó, pero el brasileño vio la roja y sus orejas operadas volvieron a desplegarse, a punto de echar el vuelo en busca de sangre. Pero decidió dar descanso a sus alas y ante la furia madridista que se congregó a su alrededor, asió de la cabeza a Sergio Ramos y lo empujó hacia atrás. El de Camas hizo una voltereta en el aire que impidió la caída y antes de incorporarse golpeó la cabeza de Alves y ésta se levantó varios metros hasta caer en los brazos de Iniesta. El albaceteño, desolado, se desmayó y cayó sobre Messi, que ante el exagerado peso de su amigo sufrió el estallido de los pulmones y dejó de respirar. También de vivir. Con diez en el terreno de juego, Villa se intentó aprovechar de la calidad de sus compañeros pero tropezó con la defensa blanca. No tuvo su día y salió abucheado del campo. Se dice que le encontraron llorando, maldiciendo su fichaje. La soga que pendía del techo fue retirada a tiempo. Mierda.

Hubo tiempo de más. Pedro León sustituyó a Di María y terminó de consolidar los cuatro puntos que separarían Madrid de Barcelona. 5-0 y a casa. Mourinho silbó con fuerza y varios caballos ingresaron en el terreno de juego tirando de una carroza blanca y morada. Se montó en el artilugio y se paseó frente a las gradas bebiendo champán y cantando cosas en portugués. Los azulgranas se cabrearon pero ya era tarde. El Madrid había vencido.

Casi me lo creo, y qué.

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