‘Los que se van no regresan’: la reconstrucción de una vida

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La editorial Capitán Swing ha publicado recientemente un título sobre el que merece la pena detenerse: Los que se van no regresan de Shulem Deen. Cuenta la historia de un hombre, que profesa el judaísmo jasídico, y que tiene una pérdida de fe, lo que implica descubrir su identidad, ajena a la creencia que, a su vez, ha determinado su existencia. Así, el propio autor narra sus vivencias, desde anécdotas en su infancia, pasando por su adolescencia, hasta los problemas de la madurez, marcados todos por una relación problemática con la religión.

El judaísmo ortodoxo (el jasídico es una interpretación mística del anterior) está en el punto de mira desde hace dos años aproximadamente, vinculado inicialmente al estreno de Unorthodox en la que los espectadores contemplamos a una comunidad opresora y unas costumbres asfixiantes que provocan la huida de la joven protagonista. Pronto nos llegaron las memorias, que habían inspirado la serie de Netflix, de Deborah Feldman, quien escapó de su comunidad jasídica de Nueva York para comenzar una nueva vida. Más tarde los periódicos se han hecho eco de las manifestaciones de los judíos ortodoxos que, en tiempos de Covid y pese a los altos niveles de contagio en las comunidades de Jerusalén, se han opuesto a las medidas de aislamiento, priorizando sus principios dogmáticos a la ciencia y a la salud.

Los que se van no regresan se sitúa entre lo autobiográfico, las memorias y el testimonio. Los recuerdos de Deen se impregnan de honestidad y dolor, puesto que es una persona que ha sido víctima de las normas impuestas por una comunidad religiosa (o incluso me atrevería a apuntar: una secta). El hermetismo y la severidad dominan al judaísmo jasídico y aterroriza comprender cómo sus fieles están sometidos a los designios de unos dayán o jueces rabínicos que deciden el destino de sus devotos. Es escalofriante que, para mantenerse en el poder, se limite la educación de miles de personas, se prohíba la lectura de manuales de Historia o la inmensa mayoría de obras de la literatura universal, se oculten realidades y principios biológicos básicos, y se suprima la libertad de actuación y pensamiento. Y lo más alarmante es que estas comunidades siguen existiendo en el siglo XXI, con sus costumbres arcaicas y su limitación de derechos, y que salir de ellas supone un esfuerzo titánico.

Con un estilo ágil y cercano, iniciamos un viaje por los recuerdos del autor: nos ponemos en su piel, entendemos su angustia y, junto a él, sufrimos una metamorfosis, mientras recapacitamos sobre el peligro de comunidades, religiones o sectas que definen el comportamiento individual y grupal de sus seguidores. En esta época que estamos viviendo, de enfrentamiento y proclamas contra los derechos humanos, estas memorias nos obligan a reflexionar sobre la educación, que no puede ser conducida ni por los progenitores ni por gerifaltes religiosos, y sobre la libertad, la que permite al individuo actuar según sus principios, cuestiones que están de actualidad en este momento. Si simplemente recomendara Los que se van no regresan no reflejaría la impresión que me ha causado su lectura. Me atrevo a afirmar que leer a Shulem Deen es necesario.

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