Los niños de Isla Misteriosa

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Acabamos de llegar a una isla de madera. Aquí no hay tierra firme, sólo una larga pasarela de tablas. Es una isla pequeña, no debe de tener más de cien habitantes. La mayoría son muy pobres, pero eso aquí no importa: su riqueza es la felicidad. El gobierno venezolano se encarga de proporcionar al pueblo luz eléctrica y alimentos para los que menos tienen. Cada uno aporta lo que tiene, así es la vida en esta comunidad. Algunos ofrecen sus embarcaciones para salir a pescar, otros están reconstruyendo la escuela.

Ha pasado ya una semana desde que llegamos. Vivimos en la casa comunal, en una superficie de madera sin paredes ni puertas que nos permite ver el río y el reflejo de cada amanecer. Y así pasan los días. Por las mañanas nos despertamos entre risas inocentes y juguetonas. Los niños siempre vienen a buscarnos bien temprano, movidos por la curiosidad de las dos chicas blancas que se sumaron a la comunidad.

Hoy hemos estado regalando pulseras a los niños; las hicimos ayer con un poco de hilo y semillas. Caminábamos por la pasarela y se las ofrecíamos a todos los muchachos que nos íbamos encontrando. Regalamos un simple detalle y recibimos mucho más de lo que podríamos pedir. Sonrisas sinceras, carcajadas, miradas agradecidas de pequeños proyectos de una vida complicada… Ayer vi una escena que me marcó profundamente. Había un borracho tirado en el fango y cinco niños a su alrededor golpeándole la cara y el cuerpo como jugando para despertarle. No parecían asombrados de la pintoresca escena, debían de vivirla a menudo. Le decían en warao, la lengua indígena: ¡Papá, papá, despierte! Inmediatamente, una niña que le golpeaba las piernas cambió su expresión completamente, no lo dudó ni un segundo y le agarró la cartera que sobresalía del bolsillo de sus ‘jeans’. La abrió con la cara iluminada, esperando encontrar, con un poco de suerte, algunas monedas para comprarse unas galletas Oreo en la tiendita de la comunidad. Su interés ya no era despertar a su padre, sino robarle, y, para cuando éste levantó cabeza, allí ya no había nadie. Ni su billetera ni los afortunados niños.

Mientras escribo esto, tengo a tres pequeños a mi alrededor observándome atentamente. No saben interpretar los símbolos que escribo, sólo miran asombrados por lo rápido que relleno las líneas de mi cuaderno. La mayoría de ellos sólo habla warao, por lo que se nos hace difícil comunicarnos. Aún así, los dibujos y la música no entienden de fronteras, son un idioma internacional.

¡Qué felices son con unos cuantos rotuladores, pinturas y lápices! Cada vez vienen más niños a participar en las actividades que hacemos con ellos a diario. Nos han enseñado la canción del himno nacional venezolano en lengua warao, que habla de la virtud, el honor y la libertad:

Warao tuma yori
Kuare asaya,
Aidamo a ribu
Nome kokobuabuae.

¡Mojojutanaka!
Dokojotubuae;
A koejobona
Nome ebubuae:
Tane nokokore
A isanamo tuma
Detabune witu nome jakanae.

Las despedidas siempre son tristes; algunos lloraban, otros sonreían, otros nos abrazaban sin soltarnos…

—¿Cuándo van a regresar? —decía Minda.

—Pronto. Les vamos a dejar las pinturas y los juegos aquí para cuando volvamos.

Pero la realidad es que nos fuimos y no regresamos. Nosotras emprendimos nuestro camino y ellos continuaron en la comunidad como si nunca hubiese cambiado nada. Es en la memoria donde se guardan todas estas bellas experiencias, donde quedan las emociones y, cómo no, el recuerdo imborrable de las risas inocentes y juguetonas de los niños indígenas con las que aún me despierto cada día, como en Isla Misteriosa. Esas risas me siguen dando las fuerzas necesarias para seguir luchando por un mundo más justo y solidario.

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