Los mundos paradisiacos de Paul Gauguin

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Dos mujeres tahitianas (1899)
Dos mujeres tahitianas (1899)

El Museo Thyssen, con motivo de su vigésimo aniversario, rinde homenaje a Paul Gauguin (desde el pasado 9 de octubre hasta el próximo 13 de enero), una de las figuras más influyentes en el panorama de las artes plásticas de los siglos XIX y XX. Bajo el título Gauguin y el viaje a lo exótico, la exposición muestra una selección de las obras que el pintor realizó en la isla caribeña La Martinica y en la oceánica Tahití, tras su huida de la Francia imperialista. Junto a él, otros autores que comparten la inspiración de lo exótico.

La obra de Gauguin es muy peculiar y difícil de catalogar debido a que confluyen en ella elementos y técnicas de movimientos artísticos dispares. Se alejó del Impresionismo, que caracteriza  sus primeras creaciones,  y fue acercándose, a medida que dotaba a sus obras de mayor carga simbólica, al Fauvismo, inaugurado por Matisse, para acabar siendo todo un referente del Posimpresionismo junto a Vang Gogh y Cézanne.  Asimismo,  Gauguin transmitirá a los expresionistas como  Kischner, Macke  y Kandynsky nuevas formas de entender la pintura, eso hará que se consolide como precursor de las primeras vanguardias.

Paul Gauguin (1848-1903), parisino de nacimiento, entró pronto en contacto con las culturas oceánicas lejanas que, más tarde, serán su principal fuente de inspiración. Fue inmigrante en Perú durante su infancia y pasó su juventud en París, donde consiguió un puesto en el sector financiero. Pero tras la crisis bursátil parisina, decidió huir de la civilización occidental y dedicarse por entero a la pintura. En 1887 emprendió un viaje junto a su amigo Charles Laval, que será el comienzo de su etapa exótica, hilo conductor de esta exposición. Parau api, (¿Qué hay de nuevo?, 1892), una de las obras más emblemáticas del autor, presenta el viaje iniciático que éste nos propone hacia un paraíso perdido…

Las primeras experiencias del autor en La Martinica junto a Laval se recogen en la sala titulada “Idas y Venidas”, a través de obras como Idas y venidas, La Martinica (Gauguin, 1887), o Paisaje (Laval, 1889) que logran sumergir al espectador en el entorno tropical, de verdes intensos, de la isla caribeña. Pero no será hasta la próxima etapa del viaje, ya en Tahití, en el seno de la sociedad Maorí en la que el autor se integra durante largos períodos de su vida, cuando de rienda suelta al primitivismo simbólico, de inigualable belleza, que marca su obra. Este período exótico recogido en las salas “Paraíso Tahitiano”, “Bajo las palmeras” y “La luna del sur” se caracteriza por la presencia de paisajes idílicos, simples y geométricos, donde la naturaleza salvaje es más fuerte que el hombre; por la potencia de la desnudez femenina mediante el estudio sintético del cuerpo; por el uso de colores vivos y expresivos; y por la búsqueda de lo primitivo en el ser humano a través de las culturas indígenas. Todos ellos, elementos comunes en sus obras Mata Mua (Érase una vez, 1892), Dos mujeres Tahitianas (1899), Paisaje de Tee Va (1896), ) y Mujer Tahitiana (1894), entre otras.

Pero Gauguin no fue el único interesado en el canon exótico de las culturas y paisajes oceánicos. El Thyssen es ahora testigo de cómo Henri Rousseau, Emil Nolde y August Macke también encontraron en lo salvaje el sentido del arte. Matisse y Kandisky también aparecen junto a él en esta vuelta a los orígenes. Las obras de estos autores evidencian su potencial etnográfico y antropológico, ya que permiten el conocimiento de un mundo lejano y ahondan en las costumbres e ideales de sus habitantes. A través de sus  experiencias estéticas, del cuidado en la disposición de los planos, del culto al cuerpo femenino, de la interpretación de las miradas y de los efectos expresivos de la luz y el color, el espectador podrá sentirse fácilmente entusiasmado en este recorrido cromático por las civilizaciones exóticas.

            Foto: Dos Mujeres Tahitianas, Paul Gauguin, 1899. Wikimedia Commons, (www.everystockphoto.com)

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