Los ladrones de órganos

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Esta vez, no vamos a irnos tan lejos como con el año 850 sino que nos vamos a ubicar en pleno s. XVII. Un siglo muy importante para los científicos londinenses que tenían una gran curiosidad por saber cómo funcionaba el cuerpo humano por dentro. Así que, mientras se desarrollaba la formación científica, también iba cobrando fuerza la profesión de “ladrón especializado en tumbas” que tanto se puso de moda. O sea, que el dicho de “Piensa el ladrón que todos son de su condición” aquí no se cumplía al pie de la letra, ya que sólo eran algunos los intrépidos que se aventuraban a exhumar tumbas. Y sí, estaba muy bien remunerado; así que, por las noches, los hurtadores iban a los cementerios a desenterrar cadáveres recientes para vendérselos a universidades y centros de investigación médica.

Las familias, horrorizadas, empezaron a tomar medidas de protección para que se respetara los cuerpos de sus parientes, ya que ¿quién se atrevía a donar su cuerpo a la ciencia en aquella época? Pero solo eran los más ricos los que podían mantener los gastos que suponían proteger a sus familiares, por lo que los ladrones iban, directamente, a los muertos de familias pobres.

Por supuesto, los más desfavorecidos socialmente tenían los órganos en mal estado debido a la desnutrición y otros factores, así que durante años se hizo una idea anatómica errónea de lo que era el cuerpo humano en comparación con la realidad.

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