Los espejos de Pessoa

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Repasamos brevemente la vida de este asombroso autor, reconocido como gran figura literaria de la Europa contemporánea.

Imagino un encuentro con Fernando Pessoa en las estrechas calles de Lisboa, casi recién comenzado el siglo XX, como un hecho aparentemente sin importancia. Después de todo, Fernando Pessoa era un hombrecillo común, casi sin vida social, ataviado con abrigo, sombrero, pequeñas lentes redondas y un cuidado bigote. En él, todo parecía ordinario. Su aspecto, su trabajo como traductor, incluso su afición a escribir alguna poesía o bosquejar algún pensamiento filosófico… nada anormal. Nada fuera de lo común. Nada excesivamente reconocido. Sin embargo, bucear en su personalidad y su legado resulta fascinante.

Si profundizamos en su persona, el primer toque de atención se encuentra en su infancia, que decididamente no puede calificarse como feliz. Nace en junio de 1888. Cuando tiene cinco años, pierde a su padre y poco después, a su pequeño hermano de sólo unos meses de vida. Los apuros económicos hacen que su madre venda los muebles y se traslade a una vivienda más humilde. Pessoa, ya de niño, empieza a escribir poesía, y ella es la destinataria de sus primeros versos.

Poco después, aquélla contrae matrimonio con el cónsul portugués en Durban, colonia británica en aquel entonces, donde viven hasta 1905. En esta fecha regresan de manera definitiva a Lisboa. Durante esos años en África, Pessoa domina el idioma inglés, comienza a interesarse por la literatura y también pasa largos períodos de tiempo a solas. Es un alumno superdotado, muy inteligente y, a la vez, muy sensible.

Y de Pessoa, un hombre común en apariencia, pero asombroso en realidad, lo más extraordinario era el uso de heterónimos, es decir, seudónimos a los que se dota de una personalidad, de un pasado, de unas creencias… en su caso, incluso, de un estilo literario. Creó su primer heterónimo cuando era pequeño, en su infancia, al poco de perder a su padre. ¿Quién sabe?, quizás como un amigo imaginario, quizás como un compañero de juegos, quizás como una broma poco acorde para la edad que en ese momento tenía. Sin embargo, los heterónimos siguieron siendo creados durante toda su vida, cada vez más complejos, cada vez más profundos… cada vez más reales.

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A lo largo de su vida creó más de setenta heterónimos, cada uno de ellos distinto, con una ideología y un estilo propios, en ocasiones opuestos al propio Pessoa. Muchos pueden creer que era una persona traumatizada cuyos desequilibrios psíquicos le hacían tomar distintas personalidades, más aún cuando el propio autor mantenía correspondencia con alguno de ellos. En realidad, esto no era sino una manifestación artística, una muestra de creatividad, un enfoque que rompía las cadenas a las que el autor se mantenía sujeto: una manera de explorar distintos estilos literarios diferentes al suyo.

Entre ellos cabe destacar a Alberto Caeiro y Álvaro de Campos: el primero era un campesino huérfano y humilde, prácticamente sin estudios que, como el padre de Pessoa, murió de tuberculosis. El resto de los heterónimos creados, y el propio autor, lo consideran su maestro: un poeta y un filósofo simple, pero profundo. En cuanto a Campos, es un heterónimo único debido a que su obra va evolucionando según pasa el tiempo. Como el propio Pessoa, era un portugués que había recibido educación anglosajona, y siempre se sintió extranjero en cualquier lugar donde se encontrara, si bien su profesión (ingeniero) y su orientación sexual eran otros agregados ficticios.

Ricardo Reis, profundamente monárquico y amante de la herencia clásica, fue otro heterónimo rescatado por José Saramago para su obra El año de la muerte de Ricardo Reis. Pero hay muchos más: Antonio Mora, Bernardo Soares (suyo es El libro del desasosiego), Alexander Search, Charles Robert Anon… sin olvidar unos pocos heterónimos femeninos. Algunos de ellos publicaban duras críticas contra las propias obras de Pessoa. Éste llegó a reconocer su miedo a terminar loco debido a la creación de tantos alter egos, y acabar suicidándose. Pero quizás de un modo casi previsible, murió joven, con 47 años: los problemas hepáticos agravados por una excesiva ingesta de aguardiente en sus últimos años acabaron con su vida.

Y en esa vida real del autor destacan dos temas. El primero, su precioso amor por Ofelia Queiroz, veinte años menor que él: amor correspondido, pero jamás reconocido (tal y como mandaban las normas de la época) ni mucho menos consumado. Un amor interrumpido, apasionado, epistolar y agónico, destinado a fracasar sólo por la certeza de Pessoa de que la familia de Ofelia jamás lo aceptaría, también por sus propios heterónimos. Álvaro de Campos escribe en varias ocasiones a Ofelia para convencerle de que se aleje de Fernando. Ofelia termina odiando a este heterónimo, le ruega a Pessoa que lo destruya y, a la vez, empieza una correspondencia con el propio heterónimo para hacerle sentir su desagrado hacia él y su profundo amor hacia Pessoa. Ofelia y Fernando volverían a encontrarse años después, en el ocaso del escritor. El amor persiste, pero los problemas son los mismos… aunque agravados por el aguardiente. La última vez que Ofelia supo del poeta fue cuando éste le hizo llegar su único libro publicado en vida, Mensaje.

El segundo tema destacado es el baúl que Pessoa llevó consigo en cada una de sus mudanzas y que, tras morir, permaneció en casa de su hermana durante décadas. En él, se encontraron más de 25000 páginas manuscritas, donde las poesías se entremezclaban con los ensayos, libros inacabados, pasajes de extraordinaria belleza, anotaciones mundanas, pensamientos filosóficos… Un legado imposible de catalogar y clasificar debido al caótico modo de escribir del autor, que no es más que una metáfora del propio poeta, un hombre que no fue prácticamente reconocido en vida, pero que se convirtió en uno de los mejores poetas de toda Europa… en distintas encarnaciones.

 

Imagen: Luis Badosa; ilustración de Hasgral (Deviantart)

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