Los derrotados del “G-2”

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El descafeinado resultado de la Conferencia sobre el Cambio Climático celebrada en diciembre de 2009 en Dinamarca no fue la cuestión más relevante de la cumbre. Aunque llamativa y oportuna, la intervención de Hugo Chávez (“si el medio ambiente fuera un banco, ya lo habrían rescatado” ¿recuerdan?) fue meramente anecdótica. El modo mediante el que se llegó a aquel resultado sí resulta de gran interés para comprender el devenir del sistema internacional en los últimos meses. Fueron China y los Estados Unidos quienes aprovecharon la ocasión para apuntarse una victoria (pírrica, eso sí, si se atiende al objetivo de la cumbre). Semanas después de aquello se descubrieron unas cintas en las que alguien había grabado lo que ocurría detrás de la puerta en la que las dos delegaciones: los líderes europeos esperaban como niños frente a la puerta de sus padres, que discutían sobre alguna cuestión que les concernía pero que no estaban preparados para escuchar.

Después del verano de 2008 era evidente que el mundo no seguiría siendo el mismo. La guerra de Georgia, la caída de Lehman Brothers y la celebración de los Juegos Olímpicos de Pekín fueron los síntomas que reventaron tras una década en la que los planes imperiales de los Estados Unidos sufrieron serios reveses en todos sus frentes. El mensaje ha sido captado en Norteamérica hasta el punto de que la principal alternativa a Barack Obama (que acepta gustoso su rol dentro de ese “G-2” con China), la extrema derecha del Tea Party, propone el aislamiento internacional para resolver los problemas que ellos ven en su casa. Aventuras como las de Irak no están previstas a medio plazo. China, por su parte, hace valer su fortaleza exportadora y su autosuficiencia basada en el refuerzo de su propio mercado interior.

Normalmente, cuando un imperio se repliega, se dan las condiciones para que sus antiguos dominios recuperen la reivindicación de su propia dignidad. Sin embargo, en el caso de Europa, se está dando el caso contrario. Los Estados Unidos están digiriendo los cambios mejor que el Viejo Continente, cuyos Estados e instituciones comunes asisten, en el mejor de los casos, como convidados de piedra a los grandes eventos internacionales y a las cuestiones que marcan la agenda. Ninguna colonia lo había tenido tan fácil para sacarse de encima los dictados de su potencia dominante. Ahora parece ser que hay una especie de síndrome de Estocolmo entre sus mandatarios, que extrañan a rabiar al protector americano que los aglutinaba. La otra posibilidad, la de que Francia o Alemania tengan el peso comparativo de otros siglos, queda descartada por sentido común, aunque en ocasiones pareciera que en París o Berlín alguien pudiera creer semejante barbaridad. En el seno de la Unión Europea se deben dar cambios profundos que cambien el razonamiento que dio origen al Tratado de Maastricht, basado en la protección norteamericana, característica de otra época. De paso, conviene que se reflexione de una vez por todas sobre las relaciones con Rusia y Turquía, imprescindibles para que algún día se pueda hablar de un “G-3.”

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