Los albores del Nuevo Periodismo

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El sevillano Manuel Chaves Nogales y el argentino Rodolfo Walsh se encuentran entre los múltiples progenitores de lo que el movimiento underground norteamericano bautizó como Nuevo Periodismo. Reivindicar sus aportaciones, aunque en zonas bien distintas, así como sus figuras, no es hacer un trato de favor sino constatar como los grandes cambios se obtienen sumando muchas partes.
Sumergirse donde pasan las cosas es, quizá, la expresión que define o condensa el estilo que se dio a conocer en la década de los sesenta bajo el nombre de Nuevo Periodismo. De tintes impresionistas, esta particular forma de narrar regeneró la prensa tradicional en la que se fue colando poco a poco, y casi por inercia, siguiendo la estela de revistas como The Rolling Stone, que publicaba amplios reportajes, en los que a sus historias verídicas añadían el punto de vista subjetivo de los protagonistas. A la redacción sumaron emociones, lo que supuso la revolución. El juego periodístico consistía en incitar al lector intelectual y emotivamente. O como decía su propio director, Paul Scanlon: “se trataba de mantener una actitud más que de [propugnar] un estilo”.

Pero, ¿a quién corresponde la paternidad de este género que se venía fraguando desde el primer tercio del siglo XX en otras partes del mundo? Renombrados periodistas y escritores como Tom Wolfe, Truman Capote o Norman Mailler, han pasado a la historia como divulgadores del Nuevo Periodismo, hasta tal punto que a veces parecen haberlo gestado solos.

Sin embargo, no parece muy justo atribuir el mérito a una persona, o a varias, cuando estas clasificaciones no incluyen a dos de sus (seguro) múltiples progenitores: el periodista español Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944) y el argentino Rodolfo Walsh (Argentina, 1927-1977). Ambos habían plantado la semilla mucho antes de que la producción y difusión norteamericana hicieran del New Journalism un acontecimiento y estilo a imitar.

A finales de los cincuenta, y principios de los sesenta, comenzaron a circular por todo el mundo los trabajos de Rex Reed o Robert Christgau además de los ya mencionados Capote, Wolf, o Mailer; pronto la fama los alcanzaría, llenándoles de polémica por su transgresión, pero también de éxito profesional. Y no sería una vanidad, si los finales de Nogales y Walsh no tuvieran tintes trágicos, afirmar que la historia ha privado de este oscuro e inconfesable placer a dos grandes autores cuyos textos continúan vivos y poseen la fuerza del día en que se concibieron.

La obra de Manuel Chaves Nogales, recuperada gracias al tesón de la investigadora María Isabel Cintas, se sitúa en la España de los años treinta del siglo XX. Su escenario principal, y casi obligado, es el de la Guerra Civil española, y aunque es la biografía del torero Juan Belmonte su obra más conocida, produjo infinidad de textos periodísticos tanto en España como en el extranjero; entre todos ellos destacan, por su fuerza, talento y calidad, los relativos a esa guerra civil tan nuestra, recogidos en la obra A sangre y fuego (1937). En tan temprana fecha este periodista español narró y vivió reclamando “la necesidad de escribir desde una perspectiva de verdad intelectual liberal”, en palabras del propio Nogales. Así lo reflejan sus reportajes y relatos en los que encontramos los rasgos del que ya no parece tan novedoso periodismo.

Rodolfo Walsh, otro de los precursores de este particular estilo, comienza su actividad periodística en la década de los cincuenta; y será Operación Masacre (1957), que recoge sus artículos publicados en el diario Mayoría sobre el levantamiento contraperonista, con la que consolidará su compromiso revolucionario, fruto de la tensión intelectual entre conocimientos y militancia política.

Ambos periodistas, salvadas las distancias temporales, coyunturales y personales, trasvasarán experiencia y capacidad de observación al formato libro, practicando narrativa sobre argumentario real. Combinando un proceso de escritura tradicional con la investigación y los testimonios recopilados conforme marcan las reglas del periodístico. Ambos han fraguado, sin saberlo, los cimientos de ese algo manido Nuevo Periodismo. Cualquiera que se acerque a sus letras percibirá la magnitud de su sabiduría, el dominio del lenguaje, y respirará emocionantes historias que permanecen auténticas y brutales como su verdad.

El veterano Jesús Ruiz Mantilla escribió no hace mucho, en el suplemento cultural Babelia de El País, que Manuel Chaves Nogales emprendió el periodismo literario, que anduvo dos pasos por delante del resto de sus contemporáneos y que el desconocimiento, por parte de los lectores, radica en el desprecio histórico que han mantenido los bandos contendientes en la Guerra Civil. Aislamiento y ostracismo que nace de la concepción del propio profesional en su forma de entender y practicar el periodismo. Para Andrés Trapiello, escritor y periodista, su figura ha permanecido soterrada por haber representado lo peor en una España cruenta: ser periodista, español y republicano. Y todo a pesar de que Nogales hubo relatado desde todos los rincones, libre de inclinaciones fascistas o comunistas. Pero embrutecidos y cegados, ninguno de los dos bandos le perdonaría jamás su fidelidad al ingenio, intelecto y profesión.

Chaves Nogales poseía lo que Kapuscinsky años después definió como los cinco sentidos que debe desplegar todo periodista: estar, ver, oír, compartir y pensar. “Afrontar la vida, abordarla con pasión y narrarla sin preocuparse de las etiquetas”, estas eran algunas de las recomendaciones del maestro polaco.

Tanto Nogales como Walsh así lo hicieron. Y ambos fueron negados por su tiempo sin que pudieran en vida recoger la absolución.

Nogales, abatido y asqueado de la Guerra Civil, terminaría huyendo a Londres, dejando mujer e hijos, harto de soportar una atrocidad injustificada, embotado de argumentos patrios; movido, seguramente, por lo que Ana R. Cañil explica con denuedo en el prólogo de A sangre y fuego, “que su única y humilde verdad era un odio insuperable contra la estupidez y la crueldad”; porque sentía “una aversión natural al único pecado que para el periodista existe: el pecado contra la inteligencia”.

Rodolfo Walsh, fue víctima del terrorismo de Estado argentino, abatido por un pelotón militar en plena calle de Buenos Aires en 1977; pero su cuerpo aún no se ha encontrado.

Gracias a los dos han quedado grandes testimonios, disponibles para todos nosotros. Merece la pena recuperar ambas figuras; reivindicarlos por su vida, por su obra, su forma de entender una profesión y su aportación a la nueva forma de narrar en periodismo. Sus escritos, además de excepcionales y testimoniales, son un ejemplo de lo que debe ser la misión de esta profesión.

Fuentes:
Operación Masacre. Rodolfo Walsh. 1957.
Reportajes. El nuevo periodismo en Rolling Stone. Editorial Anagrama, 1979.
A sangre fría. Truman Capote. Editorial RBA. 1994.
Los cinco sentidos del periodista. Ryszard Kapuscinski. Coedición Asociación de la prensa de Cádiz-Asociación de la Prensa de Madrid. Colección Nuevo Periodismo, Serie Libros del Taller, 2005.
A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España. Manuel Chaves Nogoles. Editorial Austral, 2006. Prólogo de Ana R. Cañil.
A cuerpo abierto. Manuel Rivas. Editorial Alfaguara, 2008.
Fuente de las imágenes:
www.google.com

1 Comentario

  1. Por casualidad, he descubierto y leído con interés el artículo sobre nuevo periodismo, que firma Nuria Blanco. Claro que el interés se ha quedado en el título. Mucha paja y poco contenido acerca de uno de los fenómenos clave en la historia del periodismo. Antes de escribir acerca sobre un tema así, le recomendaría documentarse un poco más, ¿no? No aporta nada.

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