Lo mejor de esta “cosecha”…

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… Es el aprendizaje que uno puede obtener. Tal y como de una cosecha, el agricultor aprende a cultivar un fruto, esta “cosecha” teatral ha dejado aprendizajes para la vida. ¿De qué escribo? De la obra Cosecha: trilogía de las altas llanuras, la conmovedora e impactante obra de David Wright Crawford, que fue llevada al teatro peruano por Francisco J. Lombardi.

Contextualicemos: Cosecha es una obra que cuenta tres momentos importantes en la vida de Rick Chills, un granjero tejano que vive con Dani, su joven esposa. Rick tiene, a su cargo, el legado familiar de unas tierras con especiales características para el cultivo del algodón.

La obra es dividida en tres actos, donde se observa cómo Rick es dejado por Dani (primer acto), luego cuando es un granjero exitoso y Angy Taylor lo enamora (segundo acto). Finalmente, Rick tiene 65 años y vive con su nieta que desea vender la granja (tercer acto). Bajo esa circunstancia, regresará a la vida de Rick, Dani: para despertar al amor dormido producto de la separación que los marcó para siempre.

David Wright Crawford nació en las afueras de Tyler, Texas, y su obra ha sido descrita como poseedora de un sentimiento que hace eco en Tennessee Williams, pero tocada por la vitalidad de Hemingway. Recordemos que entre las obras más importantes del autor norteamericano destacan Borrowed Plumage y Night Cries.

Francisco J. Lombardi vuelve a dirigir una obra, luego de haber llevado a escena Las tres hermanas de Antón Chéjov. Si bien esa crítica fue ligera debido al poco conocimiento sobre las características de su aventura en la dirección de teatro, Cosecha ha demostrado, hoy más que nunca, que el teatro no es cine y que realmente se necesita de un buen director de orquesta para que los músicos exploten todo su potencial.

¿A qué me refiero? Ante una sala casi vacía, en épocas de un aparente “Boom Teatral”, es penoso observar como actores de la talla de Gustavo Bueno o Ana María Jordán, son condenados a moverse de un lado a otro, a sentarse y pararse, salir y regresar. Repetir las mismas acciones una y otra vez, de una manera inverosímil y monótona.

Para trabajar un texto hermoso y que plantea una problemática existencial de apego a las cosas, en este caso, a una tierra que se hereda generacionalmente; se necesita una dirección creativa, un trabajo arduo, dedicado y esforzado. De constante exploración, búsqueda y donde el director marque las pautas a seguir, no debería ir tanteando a ciegas un trabajo o creer que lo ha hecho bien porque algunos conocidos se lo dicen.

El público va a una sala de teatro, sabiendo que lo que ocurre ahí no es real. Nadie se va a morir en el escenario. Nadie es Edipo o Cyrano o Sarah Bernhardt. El público va a creerse la historia, a sensibilizarse, a culturizarse o simplemente a tener un rato de libre distracción. No debería quedarse dormido ni buscar con qué distraerse mientras dura la función. Y, en este caso, lamentablemente, no es cuestión de educación.

En la central del diario Perú21, del jueves trece de octubre, Lombardi le dice al entrevistador: “El teatro requiere una sala y la buena voluntad de un grupo de actores que quiera jugar contigo. El cine es más riesgoso, más demandante. El teatro es efímero, se va con la memoria de las personas que han visto la obra. En el teatro, lo más importante no es el director, sino el texto y el actor”.

Un texto como el Wright Crawford, pierde todo brillo y continuidad (a la que Lombardi se refiere en esa misma entrevista) cuando colocas a actores separados y sin la posibilidad de moverse. Un director de teatro no puede apelar a la “buena voluntad” de los actores, debe ser quien lleve el ritmo y los corrija; los guíe. Sabe cuándo colocar los silencios o manejar los tiempos, por ejemplo.

Debe tener marcado o escrito en otro libreto, los movimientos de una obra que los pide constantemente… y que los requiere sólo por su concepción de obra impactante y existencial. Es inconcebible que en la primera parte, Diego Lombardi esté en un tono de voz diferente a la de actriz Karina Jordán; como si cada uno estuviera hablando un texto distinto, disociado. Jordán hizo su trabajo y demostró que tiene un futuro prometedor en la actuación, pero no pudo hacer nada ante los movimientos repetitivos que se planteaban.

En la segunda parte, Javier Echevarría con Denise Arregui, repitieron el mismo plato, a diferencia que los tonos parecieron entrelazarse. Sin embargo, la poca profundidad  del movimiento escénico del actor, hacían predecibles sus desplazamientos. El texto le pedía a los actores moverse, ir de un lado a otro, aproximarse y utilizar los elementos sobre el escenario.

En la tercera parte, la buena actuación de Gustavo Bueno y el talento de la reconocida actriz Ana María Jordán, sacaron cara por la obra, pese a continuar bajo las mismas órdenes de desplazamiento de los actores anteriores. Pararse y sentarse. O irse a otro lado y regresar… a sentarse. O a pararse. Finalmente, a Natalia Cárdenas le hizo falta remarcarle la dicción.

Ser director de cine no es igual a ser director de teatro. Las dinámicas son distintas, igual que los aprendizajes. De todas maneras, se felicita a los actores destacados en esta nota, por la valentía de subir a escena. A los que trabajaron tras el telón. Esta obra constituye una lección para todos: críticos, público, actores y al equipo de dirección. Una cura de humildad que no debe quedarse en el papel o las palabras, sino que empuje a explorar más, a informarse y a aprender. Aún estamos a tiempo. Espero.

Fuente de la imagen:
Periosía

1 Comentario

  1. Interesante reflexión, cuando vi la obra la primera vez me gustó muchísimo, sobre todo la profundida del texto que te permite pensar en lo que realmente amas, así como comprender mejor a nuestros padres. La segunda vez, me pareció un poco monótona… Igualmente, la recomiendo verla, pero comparto contigo que podría ser mucho mejor.

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