Lluvia en París

0
519

Más allá de los tópicos típicos plasmados en cualquier postal, recorrer París con intensidad, a contratiempo y sin vendas puede ser más que bonito, más que especial. Meterse dentro de su piel y conseguir salir y volver al día a día de trabajo y universidad, es todo un reto.

Planificar un viaje es casi tanto viaje como el vuelo en sí. Páginas web, guías, planos, foros, fotografías…aunque ya hayas estado, aunque sepas dónde vas. Volver a París tras cinco o seis años, con la cabeza más asentada, sin tanta prisa y con mucha más paciencia se convierte en una aventura que ofrece al final mucho más de lo que esperabas. Resulta que, además de luces y acordeones, París tiene esquinas, escaparates, cruces, plazas, estaciones de metro y cafés que no pegarían en ningún otro lugar de la Tierra.

No solo de Tour Eiffel y Camps Elysses vive el hombre.

Por  orden.

Visitar París lloviendo puede pasar de ser incómodo y arruinarte el viaje a ser el pequeño detalle que más recuerdes de una noche después de una crepèrie en el barrio de los Pintores. Bajar la cuesta por segunda vez con lo pies empapados, escuchar el eco de la riada por las esquinas, darte cuenta de lo empapado de tu pelo y llegar al metro como una sopa. Para una vez en el vagón oler el olor a lluvia de cada uno de los pasajeros, los ojos acostumbrados a observar París. Otro punto poco “esperable” es el metro, Le Metropolitaine. No tienen comparación con ningún otro metros de ninguna otra ciudad: cada estación es un mundo, cada entrada y cada salida tiene cara propia. Las paredes de los pasillos están sucias, viejas, parece que acabas de meterte de lleno en Rayuela, que estás esperando a La Maga con sus gatos y Rocamadour.

Tiene algo que no se explica; puede no gustarte como ciudad, puedes no querer vivir allí, pero es imposible no irte con un sentimiento agradable, con una sonrisilla…

Poco a poco, según pasan los días allí y ves pasar las horas desde la ventana del último piso del edificio de Laura, París va cobrando sentido y respira, y se mueve y te mueve, te pincha. Y entonces vas a Pigalle y ves sex- shops, te desilusionas con el Moulin Rouge pero te ilusionas tras la paliza y el mar de escaleras; te apoyas en la barandilla.

Suena tan a tópico lo de la ciudad del amor que da rabia sacarlo a relucir, pero es que realmente es difícil no ver más muestras de amor allí de lo normal. Los enamorados lo parecen más, cualquier cosa que hagas, cualquier lugar que visites, cualquier litro de leche que compres parece –es– más romántico y poético de lo habitual. De verdad que hasta empujar la puerta del portal tiene poesía.

Es de esas ciudades que te queman de repente en la memoria, un día cualquiera sentada en el trabajo escuchando ya villancicos. De pronto, zas, fogonazo y  ves con toda claridad el tono exacto de la luz de Notre Dame aquella tarde- noche.

No hay imagen capaz de mostrar lo que trato de describir. Es necesario ir o, en su caso, volver.

Fuente texto:
propia
Fuente de la imagen:
www.aloj.us.es

1 Comentario

Dejar respuesta