Lluís Bassets: “Los jóvenes árabes han inyectado un mensaje de esperanza en un mundo desesperanzado con la democracia”

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Portada de "El año de la revolución"

El periodista trabaja con dos elementos imprescindibles. El reloj, cuyo “tic-tac” le recuerda lo efímero de su labor. Y la duda, que es el primer peldaño en la escarpada montaña del pensamiento. Los periodistas, como recordaba aquel insigne reportero y trotamundos polaco, Ryszard Kapuscinski, son los primeros historiadores. Escribanos de un templo que se construye con prisas y sin apenas perspectiva. Con el tiempo y el sosiego, es decir, con la distancia, llegan los historiadores profesionales y los matices. Ejercicio arriesgado, pues, el del analista que intenta atisbar con urgencia los factores y los conceptos que desencadenan los procesos históricos. Este trabajo de auscultación de la realidad, de análisis “en caliente”, pero con bases y argumentos sólidos, es el que realiza con precisión quirúrgica el director adjunto de El País, Lluís Bassets, en El año de la revolución.

En este ensayo, el periodista intenta comprender, desde el primer minuto, la magnitud del fenómeno desencadenado por las revueltas árabes a lo largo del año 2011. Unos acontecimientos que han supuesto “un cambio de época”, una ruptura de las “costuras del planeta” pero que, sobre todo, y como asevera Bassets, han inyectado “un mensaje de esperanza en un mundo desesperanzado con la democracia”. Un libro de carácter “periodístico”, como asegura el propio autor, cuya intención es la de dotar al lector de herramientas para el debate y la discusión. En definitiva, un mapa conceptual para apuntalar las primeras coordenadas de análisis y trazar conclusiones provisionales sobre bases sólidas.

A lo largo de cuatro capítulos, que funcionan como ensayos independientes, Bassets analiza e interpreta en El año de la revolución (Taurus) los hechos más destacados de la “primavera árabe” y las claves que hicieron posible que se encendiera la mecha de las revueltas. “Diario de 2011”, el primer capítulo, aúna la narración cronológica de los sucesos más destacados de la rebelión árabe junto a la recolección de los comentarios escritos por Bassets en su columna de El País al hilo de los acontecimientos. En “Atlas del cambio político”, el periodista examina, país a país, las fracturas y modificaciones que han dejado las revueltas sobre la geografía árabe.

El tercer apartado, “Las claves de las revueltas”, es una reflexión sobre los orígenes de la revolución en la que Bassets (Barcelona, 1950) disecciona los factores más relevantes del conflicto. El protagonismo de los jóvenes en las manifestaciones, los intentos sucesorios de las “monarquías republicanas” del norte de África y el papel fundamental que jugaron las redes sociales y Wikileaks en el inicio y desarrollo de la revolución, entre otros. Y finalmente, “Las claves de las revueltas”, un cuarto capítulo en el que se ofrece un balance conceptual sobre la trascendencia histórica de la oleada revolucionaria.

Lluís Bassets conversó con La Huella Digital sobre estos temas y otros asuntos de rabiosa actualidad, como el respaldo absoluto de Estados Unidos a un posible ataque de Israel sobre Irán, el giro (y las contradicciones) que han provocado las revueltas árabes en la política exterior de la Unión Europea y de EE.UU, la posición de China en el nuevo orden mundial, el papel de Wikileaks o la ascensión de los partidos islamistas al poder político en el norte de África.

El periodista Lluís Bassets

El año de la revolución es un libro que usted catalóga como “periodistico”, en el sentido de que es una herramienta de análisis que se construyó sobre la marcha de los acontecimientos. Sin embargo, también es un ensayo, con argumentos sólidos, sobre las revueltas árabes.
Creo que el periodismo, por definición, tiene que actuar en caliente y la contorsión a la que se ve obligado el periodista que quiere hacer un periodismo con un poco de calidad es precisamente la de buscar la distancia que no tiene, así como el punto de reflexión más difícil. Reflexionar y actuar a la vez es lo más difícil que hay.

Hay una expresión que utiliza el historiador Timothy Garton Ash que es la de “historia del presente”, y esto es lo que tenemos que intentar los periodistas. Por eso se llama El año de la revolución, porque me he ceñido a un año y porque creo que se trata del principio del principio. Esto va a durar muchos años y va a ser un proceso muy complejo. Quería hacer una reflexión sobre este arranque y me acoté a un año porque creí que tener un objeto bien delimitado era la única forma de poder reflexionar algo y sacar algunas elementales y primeras conclusiones. El año de la revolución me permite ver cómo arrancó este proceso y observar, por ejemplo, que efectivamente es una revolución, que no estamos ante unas revueltas que no van a conducir a nada, sino que estamos ante un proceso que va a cambiar el mapa geopolítico, como lo cambiaron las revoluciones de 1989, la Revolución Rusa en 1917 o las revoluciones democráticas en Europa en 1848. O incluso la Revolución francesa. Además, son muchos los países en los que se están produciendo cambios, lo cual no quiere decir que se produzcan revoluciones en todos ellos. En unos hay reformas, en otros no hay nada y en algunos hay contrarrevoluciones. Esta reflexión elemental y primera me llevó a buscar la estructura del libro, que consta de una parte cronológica, luego un atlas en el que intento levantar el mapa de cómo ha quedado todo al cabo de un año y, por último, una parte analítica que trata de ver los origenes y las causas del proceso.

Tres preguntas fundamentales sobre las revueltas: ¿Por qué Mohamed Bouasizi?, ¿por qué en Túnez? y ¿por qué en diciembre de 2010?
Lo que hace Mohamed Bouazizi (el joven tunecino que se prendió fuego el 17 de diciembre de 2010) lo hacen muchos jóvenes árabes. El suicidio por desesperación es un caso estudiado de patología socio-política, es decir, económica y política, y lo que es curioso es ver que el suicidio de Bouazizi, uno más entre muchos otros, es exactamente el que enciende la mecha. No me atrevo a contarlo en una respuesta simple porque es muy complejo; hay muchos factores. Es como el aleteo de una mariposa que produce una tempestad. Esto es lo que pasa con Bouazizi en un país pequeño como Túnez, y termina provocando la guerra civil que tenemos ahora en Siria.

Daré solo dos datos importantes entre los analizados en el libro. Uno es el factor demográfico. Túnez es el país más avanzado en cuanto a revolución demográfica. Posee una plétora de población joven y una fertilidad en caída, lo que quiere decir que las siguientes generaciones serán menos numerosas. Por lo tanto, desde el punto de vista de la biología social, es una sociedad madura que tiene muchos jóvenes, lo que supone un capital humano extraordinario que, si no se aprovecha ahora, no lo podrás aprovechar nunca. A estos jóvenes los están mandando al paro y, por tanto, la reacción de la sociedad es la de no soportarlo, porque los jóvenes necesitan un futuro. Las revoluciones son eso, generaciones de jóvenes que no soportan convertirse en un desecho y ser marginados y situados en una vía muerta, en un momento, además, desde el punto de vista demográfico, en el que luego no va ha haber otras generaciones así. Desde un punto de vista social, esto es la muerte de una sociedad.

Por otra parte está el deterioro del régimen (de Túnez), la corrupción tremenda y el intendo de sucesión familiar. Y estas dos últimas cosas las encontramos también en Egipto y, en algún aspecto, también en otros países. Pero en Túnez y en Egipto son claras. Todavía podemos introducir un tercer factor que explica todo esto: en estos meses de revolución es precisamente cuando Twitter incrementa más el número de usuarios en el mundo. Es decir, se produce un salto del número de usuarios entre enero,febrero y marzo del año pasado, avanzándose un peldaño más hacia el uso de todas la redes sociales. Esto también tiene que ver con las revoluciones, donde coinciden factores de fondo, factores coyunturales, políticos y económicos, como el incremento de los alimentos en el mundo, algo que afecta específicamente a las sociedades pobres que viven en muchos casos de alimentos subsidiados. Todo esto estalla en Túnez y produce luego el estallido en Egipto, luego en Libia y ahí empieza la cadena. El aleteo de la mariposa ha hecho que se desate la oleada.

Según avanza la actualidad y se van sacando las primeras conclusiones sobre las revueltas, ¿sigue pensando que la revolución árabe ha marcado un “cambio de época”?
Estamos en otra época, sí. Lo que pasa es que las revueltas árabes no son el único elemento de este cambio de época. También digo en el arranque del libro que las crisis políticas en el mundo árabe son las costuras que se rompen del mundo. Estamos ante una crisis global, una crisis en la que el mundo se está transformando. Se están produciendo unos desplazamientos de poder extraordinarios desde lo que había sido el centro del mundo –el occidental- hacia Ásia. Estamos en una crisis y una recesión importantísimas en Europa. Todo esto forma parte de un mismo fenómeno y las revueltas árabes son la expresión virulenta, más visible y más plástica del cambio. Esta es la lectura que hay que hacer para contextualizar las revueltas.

Manifestantes coreando: “Abajo, abajo la Junta Militar”

En occidente se pide mejor democracia y en el mundo árabe democracia a secas. Se entiende que el sistema político al que se aspira sigue siendo el mismo…
Lo que hacen las revueltas árabes es actualizar el horizonte democrático en detrimento de quienes están propugnando un horizonte tecnocrático, de gobierno de las élites. Lo más interesante es ver que son los jóvenes árabes los que inyectan un mensaje de esperanza en un mundo desesperanzado con la democracia, un mundo que estaba perdiendo la fe en la capacidad de la gente de cambiar este mundo, de participar, de ir a votar, de sacar provecho de las urnas. Los árabes lo han hecho de forma relativamente razonable, aunque luego podamos matizarlo por los resultados electorales, que no pueden ser satisfactorios necesariamente, porque están llevando al poder a partidos muy conservadores y muy religiosos, a los islamistas. Pero el mensaje revolucionario genuino es extraordinario. En un mundo donde el consenso de Pekín era el que se estaba imponiendo, de pronto salen unos jóvenes a la calle y rompen las alianzas establecidas desde el poder, cambiando los planteamientos sobre el tablero de juego.

Un giro que también se ha producido en la política exterior de Europa y Estados Unidos hacia el mundo árabe. ¿Es un cambio real? ¿Se dejará de promover a los regímenes represivos pero “dóciles”con el poder occidental? En otras palabras, ¿se apoyará sin restricciones la democracia árabe?
Sucederá lo que siempre sucede. Si esta misma pregunta se la hacemos al ciudadano, contesta que desea que se apoye a los movimientos democráticos. Luego la ‘realpolitik’ hace su trabajo en sentido contrario. Pero se ha producido ya una cosa importante, que es el escarmiento de los países europeos respecto de su lamentable e impresentable política árabe. Saben que esta cruda ‘realpolitik’, que atiende meramente a los intereses, que disfraza a los dictadores de demócratas, que permite que ingresen en las internacionales socialistas, no puede seguir funcionando. Por ejemplo, la UE ya ha hecho algunos cambios, que por el momento son sólo sobre el papel. La UE, desgraciadamente, se está convirtiendo cada vez más en una institución virtual que efectiva, pero siempre es mejor que cambien los papeles a que no cambie nada. Y sobre el papel ya va a haber una condicionalidad en cuanto a los avances democráticos y a los derechos y libertades civiles en las relaciones con estos países. El diálogo con ellos tendrá que establecerse a partir de unas premisas distintas. Lo que no puede ser es que se disfrace a los dictadores de gobernantes democráticos como se estaba haciendo con Ben Ali, Hosni Mubarak o, incluso, Bachar el Asad.

Unos años atrás, la periodista Maruja Torres escribía que la política europea sólo exige respeto a los derechos humanos a aquellos países que no le venden materia prima a precios de saldo. ¿Ha cambiado la hipocresía Europea para con los países árabes?
Europa ha tenido que adaptarse. Como Estados Unidos, tenía una política árabe muy ligada a sus intereses más cortoplacistas e incluso, a veces, a intereses corruptos de sus élites. Ahora tendrá que hacer una política árabe más inteligente, más estratégica, más sofisticada, pensando más en el futuro. Pensando en las poblaciones y escuchándolas. Hay una lección muy importante que están dando los jóvenes árabes y es que no se puede gobernar sin consenso. Y consenso hay que entenderlo en un sentido muy amplio. No hace falta que las elecciones sean por el sistemas proporcional que utilizamos los españoles o por el sistema a doble vuelta francés, o por el sistema alemán. No hace falta que tengamos las instituciones exactamente calcadas, pero un mínimo consenso sí es exigible. Y luego, cuando nos relacionamos con estos países, no es posible relacionarse con unas élites corruptas y autoritarias, sino que hay que tener unas relaciones con los países en toda su complejidad, es decir, con lo que piensan las opiniones públicas, las sociedades civiles, los hermanos musulmanes, los partidos laicos, los empresarios, las instituciones civiles…

Una polítca menos maniquea, en definitiva.
Claro. Por lo tanto, hay que matizar. No se puede resolver todo como con Mubarak, porque garantizaba la paz con Israel. Es evidente que hay que mantener los tratados de paz firmados, pero habrá que hacer el esfuerzo para convencer a las opiniones públicas, así como hacer ciertas concesiones. Antes no se hacían concesiones, se compraban corrompiendo a los gobernantes. Ahora habrá que dialogar y eso nos va a obligar a hacer cosas complicadas, como por ejemplo, dialogar con partidos y movimientos a los que a veces, de forma maniquea y mecánica, se ha tachado de terrorista. Ésta es una de las lecciones que nos han dado los jóvenes árabes este año.

Chantal Mouffe hablaba de la democracia “agonista” como crítica al consenso obligatorio, porque precisamente la clave de la democracia está en la discusión, en las diferencias. ¿A eso aspiran los pueblos árabes, a que se les explique y a participar de esas discusiones?
Y a que se les respete. No hay que olvidar que se trata de la revolución de la dignidad. Los acuerdos hechos a las espaldas de los pueblos son, en el fondo, atentados contra la dignidad de esos pueblos. Los acuerdos hay que hacerlos con sistemas de consenso, que deben ser de democracias parlamentarias si es posible, pero si no, de otros sistemas de particiapación que permitan incorporar a la opinión pública de estos países. No se pueden hacer las cosas a las espaldas, comprando a las élites militares y políticas, que es lo que hemos hecho los europeos y americanos durante todos estos años.

Hosni Mubarak y Barack Obama en 2009

¿Considera que los partidos islamistas se han vestido con ropas moderadas para participar en estos procesos de transición hacia la democracia o, por el contrario, cree que realmente van a ser capaces de compartir el poder? En Túnez, por ejemplo, ya parecen estar quitándose ese ropaje aperturista.
Están pasando muchas cosas a la vez. Por una parte, ha habido una ocultación de la agenda política. Una ocultación por otra parte lógica, porque son partidos que de una forma u otra estaban vetados por Occidente a la hora de ganar elecciones. Acordémonos de Palestina. Les pedíamos que hicieran elecciones y, cuando las hacen, no nos gustan los que han ganado. Esto sucedió ya en Argelia en 1991. Este ocultamiento de la agenda es lamentable, pero lógico. Ahora está saliendo la agenda y ésta no nos gusta. A mí no me gusta. Es normal que exista una gran preocupación sobre qué va a pasar con estos partidos.

Pero luego hay que tener en cuenta el otro proceso paralelo que se está produciendo, que es que estos partidos no son un bloque, no son homogéneos. Son partidos atravesados por corrientes muy diversas y por talantes distintos. Dentro de estos partidos también están sucediendo cosas y, sobre todo, van a suceder muchas más cuando se vayan convirtiendo en partidos de gobierno y tengan que enfrentarse a la gestión económica, a las relaciones internacionales. Ahí es donde habrá que poner en contraste lo que suceda y lo que nosotros queremos que suceda. En esto, yo no sería muy optimista, pero tampoco pesimista. Creo que podemos quedarnos a medio camino. Van a pasar cosas interesantes y van a pasar cosas que no nos van a gustar. Y lo que es importante es que desde Europa y Estados Unidos entremos en un diálogo de verdad, serio y fuerte, de argumentos, de estrategias, de cooperación de fondo, con estos países y con estos partidos.

Este carácter ascendente de los partidos islamistas tiene su contraposición, y es que los protagonistas de las revueltas, hombres y mujeres en su mayoría laicos y con una visión occidentalizada, han perdido fuelle. ¿Lo cree así usted también? ¿Cree que estos jóvenes tienen la fuerza para lanzarse de nuevo a la calle si no ven cumplidas sus demandas?
Sí, han perdido fuelle y les han sustituido los partidos islámicos. Hay que tener en cuenta que estas revoluciones no tuvieron líderes ni organizaciones. Por lo tanto, todo era muy improvisado en la calle. Tiene su lógica que, en cuanto llegan los que estaban perfectamente organizados y encuadrados, se hagan con las riendas de los movimientos. Luego vamos a ver qué sucede con el impulso primigenio. Hay que tener en cuenta que será difícil que vuelva a tener la misma energía, porque el enemigo que puede tener enfrente no será nunca de la misma envergadura y no tendrá el mismo atractivo para oponerse que el que tenían antes. Sin embargo, creo que estas nuevas generaciones van a contar y van a tener un papel. Como van a tenerlo por ejemplo las mujeres, que están muy presentes en los movimientos y en los partidos islámicos, pero que a veces tienen una voz propia y una mirada propia. Esto debe formar parte de la esperanza, de los datos interesantes que permiten pensar que las cosas van a moverse. Y en cierto aspecto, lo lógico es que el islamismo evolucione rápidamente hacia algún tipo de organizaciones más abiertas, modernas y plurales, que se acerquen al modelo turco y tengamos unos interlocutores y unos dirigentes más alentados hacia la democracia.

Si tuviésemos que hablar de los factores que hicieron posibles las revueltas, ¿qué papel tendrían, por ejemplo, los ejércitos? Parece determinante que éstos no ataquen a la población civil para que las revueltas consechen triunfos.
Hay un momento decisivo en toda revolución, cuya explicación es muy difícil, que es el momento en el que el ejército decide desobedecer las órdenes del dictador-autócrata y no disparar contgra la población. Este es un momento absolutamente crucial. En Egipto coincide cuando el ejército decide prescindir del dictador y toma el poder la Junta Militar. En Túnez, cuando el jefe del Estado Mayor decide desobedecer y echar al dictador. En definitiva, sí, éste es el momento decisivo. En toda revolución es así. Hay un momento en el que, como decía el Che Guevara, la revolución está en la punta del fúsil. Desgraciadamente, por más que existan energías revolucionarías, hay un momento decisivo que es cuando un batallón de soldados se queda acuertelado o, en cambio, sale a la calle a reprimir la revuelta. Esto no quiere decir que luego la revolución esté arruinada. Puede ser que repriman y que luego la revolución vuelva a entrar por la ventana o por otro camino. Pero a veces no es  así y tenemos un caso muy claro en Tiananmen en 1989.

Hay tres protagonistas “velados” en las revueltas árabes: Irán, Israel y Palestina. ¿Qué se puede esperar de ellos?
No creo que sean protagonistas velados. Al contrario, Israel y Palestina están ausentes de las protestas. Y lo característico de las revueltas árabes, las más políticas de los últimos sesenta años -los de la existencia de Israel-, era el de convertir cualquier protesta en una protesta antisionista y de apoyo a Palestina. Con esto se conseguía desviar la atención de los auténticos objetivos de las protestas hacia un elemento que les convenía y que ahogaba las energías revolucionarias. Esta vez, muy inteligentemente, los revolucionarios cosmopolitas, tecnológicos y jóvenes quitan ese tema de la calle y se centran en el poder, que es el problema central.

En cuanto a Irán, está presente en una segunda fase, la arábica del golfo. Es el momento en el que los saudíes intentan convertir las revueltas en un confrontación entre chiítas y sunitas. Y eso a los iraníes les interesa, porque los iraníes y los saudíes, que están enfrentados, comparten un mismo objetivo, que es convertir las revueltas en una guerra civil entre dos facciones del islam.

(Mañana, segunda parte de la entrevista con Lluís Bassets)

Imágenes editorial Taurus, Z. Lalov y M. Ghafari

 

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