Listillos de libre elección

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Más que a un artículo, ustedes van a asistir a un ejercicio de sinceridad, me atrevería a decir, comunitaria. El llamado “capitalismo salvaje” es un cachorrito de chihuahua en comparación con el mercado más crudo y vil que servidor de ustedes ha conocido: el de los créditos de libre configuración. Ya saben: si quieren eludir asignaturas de libre, lo más fácil es asistir a cursos y a congresos que, a veces, ni nos van ni nos vienen, pero que nos sueltan la mercancía al final. No hay que meter en el mismo saco a todos, por supuesto. Hay cursos y congresos de nivel, de esos en los que sales, además de con los créditos, aprendiendo y todo (¡buah!). Por supuesto, también hay que matizar entre ponentes y ponentes. Valga el ejemplo siguiente: no fue lo mismo escuchar en cierto congreso sobre el Bicentenario de las Independencias a Mirjana Tomic o a Pablo Sapag (siempre se queda uno con lo que le gusta), que trataron temas que hicieron pensar, preguntar y aprender, que escuchar a cierto sacerdote de Anubis catalán coñazo (y líbrenme Dios y Artur Mas de la catalanofobia) hablarnos del periódico Equis y griega y ceta y del cromatismo sensorial, crítico y etílico de sus viñetas. Pues no, oigan.

Los peores congresos son aquellos en los que se juntan cuatro saduceos para manifestar su superioridad frente al resto de los mortales. Son ejercicios de autoestima, de vanidad. Son conjuras para volver a tatuarse su pedigrí: “Yo soy más listo que vosotros, y si no me entendéis, pues os jodéis”. Bueno, eso lo dicen mentalmente, porque el verbo “joder”, que aparece en el DRAE (cada vez me gusta más nuestra lengua), es demasiado plebeyo y vulgar como para utilizarlo. Mejor “fastidiáis”, que es un verbo más Isabel Preysler.

Ejemplo de ello fue, precisamente, el último congreso al que asistí. Lo organizaba el Departamento de Pedorrismo XXVII, sección Filología Almorranológica, puerta cuarta, segundo piso, ascensor. Se cumplía el centenario del nacimiento de Gonzalo Torrente Ballester (realmente, se cumplía el centenario y pico, porque Torrente Ballester no nació un 23 de noviembre, sino un 13 de junio). Me imagino al bueno de Torrente (Ballester, Ballester) rogándole a Jesús, Buda o a quién sea, regresar a la Tierra para darles cuatro capones a cada uno de los ponentes que, en vano, intentaron rendirle un homenaje. Ya saben cómo son los homenajes póstumos que se hacen en España: ceremonias cutres que no hacen otra cosa que echar tierra y mierda sobre la obra de artistas que no pueden levantarse de su silla y llamar “imbéciles” a los ponentes. Torrente, rezaré doce rosarios por tu alma, no te preocupes.

Durante dos días, setenta alumnos oyeron (el verbo “escuchar” no tuvo cabida en este acto) cómo cinco docentas y docentes (o lo que fueran) competían, cada uno en su linde, para demostrar quién sabía más sobre la obra de Torrente Ballester. Realmente, si no hubieran sido tan aburridos en su tono y en su tema, hubieran sido unas jornadas entretenidas. Si en lugar de textos de Torrente hubieran llevado un gladius y una red, hubiera sido un combate de gladiadores en toda regla. Que sí, que entre ellos se hacían chistes, que entre ellos reían, que entre ellos se hacían la pelota: pero ahí había odio. Se olía. Bueno, se olía el odio y los pies de mi amigo acompañante.

Si bien es cierto que en todo congreso existen retrasos, en este, directamente, los ponentes regían sus relojes por los paneles del metro. Entienden, ¿verdad? Dicen que falta un minuto para que llegue el tren, y en el reloj del resto de los mortales han pasado cinco. El último día supuso el cenit de esta costumbre: tres cuartos de hora de retraso. Y doña Concha Picores, con su ponencia La verruga perdida de Torrente Ballester, sin darse cuenta de que el tiempo pasa, de que los bostezos aumentan su volumen, de que la suma sacerdotisa de su departamento, sentada a su derecha, empieza a convulsionar porque llega tarde a su medicación. Para doña Concha Picores, callar era pecado. Quería ganar por goleada, aniquilar al oponente. Lo hizo: fue la conferencia más ininteligible que se ha pronunciado en Madrid, desde las intervenciones en el Congreso de la ex ministra de Exteriores Ana de Palacio.

Pero bueno, el final ha sido feliz: he conseguido un crédito de libre elección. ¡Bien! Aun así, sin caer en los excesos del buenrollismo y de la educación laxa, no estaría mal que el mercadeo de créditos de libre fuera más provechoso y nutritivo en algunos casos. Lo dicho: las conferencias de Pablo Sapag me ayudaron a conocer una realidad social latente. Pero, sin dañar a eruditos, con todos mis respetos: ¿para qué le sirve a uno conocer la hectárea exacta en la que a Torrente Ballester se le ocurrió escribir su Don Juan?

El mejor maestro es aquel que se ve superado por sus propios alumnos, no el que se empeña en ser más indescifrable que el estribillo del Aserejé.

Fuentes de las imágenes:
http://cafeconlibros.blogspot.es/1286197140/
http://4.bp.blogspot.com/_3CDVLgiKaHM/SuErRbyjAAI/AAAAAAAAARY/E-MdiqnhkJ4/s320/profesor.jpg

6 Comentarios

  1. Completamente de acuerdo. Si por algo la educación española está a la cola de Europa, porque estamos en manos de inútiles y pedantes, más preocupados por mostrar sus propios méritos que por ejercer la función por la que son remunerados, que no es otra que enseñarnos. Hablan en suajili, sin respetar los tiempos y a veces con un discurso escrito en una hoja ya amarillenta del pasar de los años. Y lo peor de todo es que no es un comportamiento exclusivo de docentes que imparten este tipo de seminarios de libre configuración. Muchos profesores universitarios se comportan exactamente igual.

    Lamentable.

  2. Tan sincero que das miedo, como siempre.
    El problema de las ponencias no es que los alumnos se desinteresan a menos que se les de créditos, el problema de las ponencias es, que te “ponen” enfermo de escuchar tanta chorrada junta.
    Me interesan muchas, pero sabiendo que se van a cargar el tema por completo, prefiero ganar créditos al cogerme asignaturas.

    ¡¡¡Viva el suajili!!!

  3. Yo he ido a innumerables conferencias para conseguir créditos, la mayoría de poco me han servido. Pero tengo que dar una Matricula de Honor a la II Semana Gótica de Madrid. Las conferencias sobre literatura gótica, que puede interesarte más o menos, pero los ponentes eran muy cercanos, podías hablar con ellos en cuanto salían, eran expertos en los temas pero los exponían de forma “informal” nada de palabros ininteligibles y muy buen rollo entre ellos. Ojalá hubiese más conferencias así. Ahí fue donde vi la primera “mesa redonda” de verdad, nada de tres ponentes cada uno contandote sus desvaríos y se acabó, allí todos debatiendo. No se, para mi la mejor actividad con la que he conseguido créditos.

    El resto… Yo te aguanto diez horas, tu me das un crédito… y suma y sigue.

  4. Muy acertados todos los comentarios. Para mí lo más bochornoso de esta tomadura de pelo de lo créditos de libre que nos obligan a conseguir, es el blog “mujer y ciencia”, donde hasta este verano te cobraban 80 euros por participar en el “curso” que no existía, ya que se trataba SIMPLEMENTE de que te comprometieras a escribir en un blog durante tres meses. Me parece muy bien el compromiso de colaborar, pero ¿para qué habia que pagar 80 euros? Pues SOLO para que te dejaran escribir en el blog. Eso sí es una tomadura de pelo de las gordas. Ahora, que yo me negué a pagar.

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