Libia, ¿y ahora qué?

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19 de marzo. 17.45 horas. El pueblo de Bengasi celebra el sonido de los disparos. Los primeros cazas franceses sobrevuelan el Mediterráneo meridional. Su objetivo: frenar la ofensiva de Gadafi sobre la capital rebelde. Tras interminables horas de inquietud, los insurrectos libios por fin tienen un motivo para sonreír. La esperanza ha cambiado de color. Su verde característico ahora solo representa al caduco régimen. La esperanza ahora se tiñe de azul, el color de las alianzas: Naciones Unidas y Atlántico Norte.

La noche del viernes 18 de marzo será largamente recordada por la población bengasí. Mientras las columnas acorazadas del Ejército regular se aproximaban a la ciudad, los líderes del mundo se reunían a miles de kilómetros para dilucidar el futuro del pueblo libio. Acuciados por el inminente derramamiento de sangre que sin duda iba a tener lugar en Bengasi, los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU se disponían a esclarecer la posición de la Comunidad Internacional ante el conflicto. Cuanto menos paradójico: la decisión de apoyar a un pueblo para que consiga libertad y democracia se toma en un órgano extremadamente oligárquico –el Consejo de Seguridad, institución que monopoliza las decisiones importantes, está formado por 15 miembros, 5 de ellos perpetuos, sobre los 198 Estados en los que se divide el planeta-.

Sea como fuere, aquella noche, la noticia del acuerdo alcanzado en Nueva York atravesó el Atlántico a la velocidad del rayo. Los hogares de los rebeldes libios, envueltos en silencio sepulcral durante los días del contraataque gubernamental, recobraron el aire festivo que los envolvía en los primeros momentos de la revuelta. El mundo había escuchado la llamada. Las democracias occidentales acudían en su ayuda para derrocar al sanguinario dictador que los había sometido durante décadas. Poco importaba ya que esos mismos países, ahora salvadores, llevaran años sosteniendo a Gadafi con contratos comerciales que satisfacían intereses mutuos. Daba igual que los cazas gubernamentales que habían bombardeado Bengasi horas antes hubieran sido importados de Francia, o que, si la revolución hubiese esperado unos meses más, una empresa española llamada Indra se habría encargado de instalar un sistema de defensa aérea de última tecnología en Trípoli. Todo eso ya no importa. Occidente aplastará al régimen.

Estados Unidos, debido a su posición de preeminencia mundial, tanto simbólica como efectiva, se ve obligado a liderar la ofensiva. Pese a que sus empresas no cuentan con intereses en Libia, la cabeza visible del mundo desarrollado siente que su liderazgo es indispensable para llevar a cabo correctamente la misión. Tanto por su indiscutible supremacía militar y logística como por los efectos psicológicos que su presencia provoca en el oponente, al ser la única superpotencia mundial. Nadie imagina un ataque como éste, que se asemeja a una cruzada –esta vez, en lugar de ser religiosa, que también, sería ideológica, y humanitaria- sin la participación norteamericana. No obstante, este es un arma de doble filo. Pues, pese a todas las facilidades que conlleva para la coalición, provoca a su vez el rechazo, inherente a la condición humana, hacia el fuerte y poderoso. Obama lo sabe. Conoce la fragilidad de la imagen de su país en el mundo. Y en particular en esa región, donde no es precisamente bien avenido. Es por ello que EE UU trata de quedarse en segundo plano. Deja que la reunión clave se celebre en París –sede elegida también por motivos geoestratégicos y funcionales-, que Sarkozy lleve la batuta ante la opinión pública y, finalmente, que los cazas Rafale con la tricolor en la cabina sean los primeros en disparar. Todos ganan: EE UU no corre el riesgo de tornarse nuevamente en el ogro para el mundo musulmán y Sarkozy relanza su empobrecida imagen y la de su partido, la UMP, que ha quedado relegado al tercer lugar en los sondeos. Además, Francia es el país occidental mejor aceptado por el mundo árabe, por lo que los aliados tendrán mayor margen de maniobra en las operaciones que realicen.

No obstante, pronto empiezan las fricciones. La OTAN queda al margen, será una coalición internacional la que actúe. Países árabes incluidos –habría que hablar aquí de la infinita hipocresía de Catar que, por un lado, envía fuerzas para ayudar al Gobierno de Bahréin en la represión de las protestas y, por otro, participa en la coalición para derrocar a Gadafi-, la coyuntural alianza bombardea las posiciones libias. El objetivo: establecer un bloqueo aéreo. Es decir, que el cielo libio solo sea surcado por las aves migratorias. Sin embargo, la Liga Árabe, que en un principio había respaldado la actuación internacional, no tarda en expresar su queja. Cree que la coalición se ha excedido en sus funciones. Sobrepasando las disposiciones de la resolución 1973 –la del 18 de marzo-, la aviación y marina aliadas han disparado sobre objetivos que poco tienen que ver con defensas antiaéreas. Además de aniquilar éstas, también se han atacado otras posiciones, por lo que la legalidad internacional ha sido vulnerada. Pero, diría un aliado, una vez que se toman las armas se acaba el trabajo. No es bueno dejar los asuntos a medias.

Llegados a este punto, donde los Gobiernos occidentales se afanan en justificar su intervención acudiendo a la legitimidad legal –por la resolución del Consejo de Seguridad- y moral –por frenar la carnicería de Gadafi-, mientras sus opositores destacan los daños colaterales –muertes de civiles en los bombardeos-, la vulneración de la legalidad internacional –por la injerencia en los asuntos de un Estado soberano y la extralimitación en los poderes de la coalición-, y la existencia de intereses subterfugios –neocolonialismo ávido de petróleo- , nos preguntamos ¿qué va a ocurrir ahora?. Si no se aprueban nuevas disposiciones que otorguen mayor radio de acción a los aliados, parece difícil que se pueda expulsar a Gadafi de su trono. El control del espacio aéreo libio puede facilitar la labor defensiva de los rebeldes, pues no tendrán que preocuparse de la aviación enemiga. No obstante, tampoco les otorga ventaja ofensiva, ya que la alianza internacional no tiene competencias, por el momento, para atacar los cruciales objetivos estratégicos. De este modo, si las cosas siguen como están lo único que habría conseguido la intervención extranjera habría sido el alargamiento de la guerra. Dado que las operaciones terrestres están expresamente prohibidas por la resolución, parece que tendrán que ser los insurgentes libios los encargados de expulsar a Gadafi. Pero, de conseguirlo, tendrían que pagar el precio de la ayuda extranjera, que, aunque se limite a actuar en los cielos, sin duda reclamará su recompensa terrena por haber colaborado. Y es que ninguna ayuda es gratis en el mundo de la política. Ese precio probablemente será la instalación de un Gobierno títere de Occidente que facilite las inversiones de los países aliados. Lo mismo que ha ocurrido en lugares como Irak, Afganistán, Kuwait o Kosovo. Occidente -llámese EE UU, OTAN o coalición internacional-, como la gran mayoría de imperios que han dominado a lo largo de los siglos, pone precio a su socorro. Mientras Egipto y Túnez podrán elegir su futuro de manera autónoma –aunque, qué duda cabe, condicionada-, Libia, de triunfar su levantamiento, será un sumiso lacayo de las potencias europeas.

Es hora de que aquellos que sostienen el “Amanecer de la Odisea” destapen su máscara de salvadores del pueblo libio. Su peripecia propagandística trata de erigirlos en héroes, sin embargo, sabemos que el mundo funciona por intereses. Si hay países operando militarmente en Libia no es porque amen la libertad y odien las masacres, si así fuera sus ejércitos no habrían tenido ni un segundo de descanso en las últimas décadas –no les vimos actuar en Ruanda, ni en Sierra Leona, ni en Sri Lanka, ni siquiera en Costa de Marfil dónde, por cierto, también tiene lugar en estos momentos una guerra civil de naturaleza muy parecida a la de Libia, aunque, bien es cierto, con menos víctimas por ahora -.

En definitiva, dejen de contarnos mentiras. Ni luchan por la libertad ni por humanitarismo, luchan allí por sus intereses, tanto económicos como políticos y estratégicos. Y, dicho sea de paso, mucha culpa de ello tienen los medios de comunicación social. El cuarto poder fija su ojo en determinados acontecimientos y margina otros. La opinión pública reacciona en torno a lo que la prensa relata. Por ello, si ningún medio otorga espacio a la guerra de Costa de Marfil, ningún Gobierno democrático se verá en la necesidad de actuar allí y, por tanto, nunca ninguna coalición internacional acudirá en su rescate. Qué suerte la de los libios, pensará un marfileño.

Fuentes del texto:
http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=s/res/1973%20%282011%29
http://www.elpais.com/psp/index.php?module=elp_pdapsp&page=elp_pda_noticia&idNoticia=20110321elpepiint_7.Tes&seccion=int
http://www.elpais.com/articulo/internacional/EE/UU/Reino/Unido/unen/Francia/bombardean/Libia/elpepuint/20110319elpepuint_7/Tes
http://www.lavanguardia.es/internacional/20110322/54130969434/nigeria-critica-la-poca-atencion-a-la-guerra-civil-de-costa-de-marfil-frente-a-libia.html
Fuentes de las imágenes:
http://www.publico.es/internacional/367099/la-operacion-militar-de-la-coalicion-internacional-en-libia/slideshow#0
http://www.vosizneias.com/64407/2010/09/17/new-york-ny-united-nations-ignores-risks-of-terror-attack-officials-say
http://www.emol.com/noticias/internacional/detalle/detallenoticias.asp?idnoticia=470716
http://es.euronews.net/2010/02/26/gadafi-llama-a-la-guerra-santa-contra-suiza/
http://es.noticias.yahoo.com/12/20110318/foto/pwl-un-rebelde-libio-aposta-cf7eca5dac3a.html

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