Legalidad de geometría variable para un laboratorio en los Balcanes

0
137

Seguirán ocurriendo cosas en (y relativas a) la autoproclamada República de Kosovo. De lo que no podemos estar tan seguros es de si las recibiremos, sobre todo si son estas relativas a Macedonia, cuya guerra en 2001 no es considerada como tal en muchos medios de comunicación españoles. Tal es la impresión que uno recibe al leer que la de Kosovo en 1999 fue ”la última guerra de los Balcanes”.

Los periódicos aquí nos recuerdan la represión del ejército serbio antes de esa guerra de 1999. Hablan de un estatus de ocupación de Kosovo por parte de serbia casi con la misma ligereza con la que la banda terrorista ETA se refiere de la ocupación del Estado español sobre Euskal Herria y la posibilidad de un éxodo de serbios de Kosovo no pasa de ser un deseo de las autoridades de Belgrado, que quieren tener una foto para restregarle a Occidente. Se han perdido las perspectivas, se está legitimando el terrorismo del UÇK y nos vestimos de gala para subastar a Bruselas.

Lo cierto es que la magnitud de lo que estamos presenciando no esta siendo bien apreciada. Se habla de intromisión de Rusia al mismo tiempo que se aplaude la acción de los Estados Unidos en el Sudeste europeo. En España, la cuestión de Kosovo no deja de verse bien. La negativa del gobierno al reconocimiento de la autoproclamada República, aunque valiente y plausible, no deja de responder a la realidad de su país. Los grandes medios de comunicación españoles (salvo excepciones) han moldeadoun razonamiento sumamente hipócrita: Kosovo independiente, bien. Pero eso sólo en Serbia, donde los perdedores. No en España. Y podemos apostar que esto es lo que realmente se piensa.

Además de despreciar el nuevo papel que juega (y jugará) Rusia, tenemos el problema mayor instalado en (lo que debería ser) la casa. A Bruselas la desmantelan y construyen unos líderes políticos que se caracterizan por su deslealtad al proyecto común. La evasión de la unanimidad en la cuestión del reconocimiento se da por parte de Estados que, por un lado (Bulgaria, Rumania, Grecia, Chipre, España y Eslovaquia), ven un peligro en todo esto a pesar de que insisten en que el caso de Kosovo no es un precedente. Por el otro lado están los países más poderosos y el resto, a los que llevan a remolque. Estos han decidido que el bienestar de Europa depende de vendarse los ojos ante las imposiciones de Washington, y esto en el mejor de los casos. Existe también la posibilidad de que no piensen en el bien y la salud de la Unión. Francia y Alemania, principalmente (el Reino Unido va por libre), venden a Bruselas al mejor postor, descargandole buena parte de su sentido en Política Exterior. La presidencia eslovena ya no será recordada como la de un país pequeño y en crecimiento pero voluntarioso, sino como la de un peón norteamericano en toda regla. Fracasó en su intento de buscar el consenso para cualquier opción (el reconocimiento o la condena) y sólo consiguió enviar una misión civil de la Unión a la zona en base a una resolución humillada de Naciones Unidas.

La independencia de Kosovo no responde, por más que se quieran empeñar los medios de comunicación, a la heróica lucha del pueblo albanokosovar por conseguir su libertad. Estamos en presencia de un nuevo estilo en las luchas entre grandes potencias, con la diferencia de que en esta ocasión, dentro de lo sucias que son estas luchas en sí mismas, hay quienes están rompiendo las reglas clásicas de estos juegos. El reconocimiento de esta independencia se da sobre la base de ocultar masivas violaciones de los derechos humanos, del derecho internacional (además de lo de ayer, 1999) y de legitimar a un grupo terrorista. Las culpas y los errores se echan sobre Serbia que, aún no habiendo sido un ejemplo de integración plurinacional, va a pagar las consecuencias de no querer participar en esta orgía del absurdo. Las cosas no volverán a ser iguales. La legalidad de geometría variable es una realidad con la que hay que lidiar.

¿De qué sirve un Estado de estas características? ¿De qué sirve un Estado que no estará en las grandes organizaciones internacionales, que no tendrá ejército, que tiene una bandera no muy acorde con la identidad por la que se levantó en armas una guerrilla terrorista (lo cual es algo que nos tiene que hacer pensar sobre el futuro de la realidad de Kosovo) y que no tiene un norte de integración demasiado esperanzador (es más probable que veamos una Gran Albania que a un Kosovo en la Unión Europea)? ¿De qué sirve humillar a una parte del pueblo del nuevo Estado y engañar a la otra, la gran mayoría, con una independencia inexistente? Kosovo esta siendo el Vietnam del siglo XXI. Lucha de poderes que deja pueblos marginados y olvidados, que sólo serán evocados para justificar sistemáticas violaciones de la legalidad a conveniencia. Está claro que lo que vimos aquí no será repetido por parte de los serbios de Kosovo. Surge entonces la posibilidad de preguntarse ¿acaso porque no tienen previsto el uso de la fuerza?

Hasim Thaçi, Primer Ministro de la autoproclamada República de Kosovo, ha afirmado que lo será de ”todos los ciudadanos”. Pues bien, señor Primer Ministro: ¿por qué no nos ahorró usted todo esto y, en virtud de gobernar para ciudadanos y no para naciones, no se fue a Belgrado a poner en práctica su nueva idea de bien común? Idea que no tenía usted hasta antes de ayer.

Dejar respuesta