Las paradojas de la vida: dos mundos distintos en la misma calle

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Son las once pasadas de la mañana. Es sábado y cerca de la plaza de la Puerta del Sol hay centenares de familias cargadas con bolsas que contienen sus compras navideñas. El consumo durante estas fechas está en pleno auge. Algo muy paradójico y a la vez triste si se tiene en cuenta de que a escasos metros de allí, muy cerca de la plaza de Jacinto Benavente, concretamente en la calle Doctor Cortezo 4 , decenas de personas hacen cola en el comedor social Ave María. Dos mundos y dos realidades muy distintas en una misma calle. Curioso.

cola entrada

En la entidad se ofrece el desayuno a cerca de 370 personas diarias (de lunes a sábado), repartidas en cinco turnos desde las nueve de la mañana. Hasta aquí todo normal a pesar de lo dramático del asunto. Son las cifras de una realidad que asola al país y que seguramente son muy semejantes a las de otro comedor social con las mismas características. Sin embargo, lo que viene después es lo que más llama la atención y lo dice todo. 

La impresión que da el pisar ese lugar es difícil de expresar con palabras. Una mezcla de sentimientos que reúnen tristeza, impotencia y el no tener las armas suficientes para ir en contra de esta gran lacra de crisis que sufre un gran número de personas en la España de hoy en día. El asunto no es novedoso. El hambre está a la orden del día y parece mentira en pleno siglo XXI estemos hablando de esta cruel realidad. 

Al entrar en el comedor, lo primero con lo que se encuentra una es con alguna que otra mirada desconfiada por parte de algún comensal, algo normal si se tiene en cuenta que para ellos se es una desconocida que acaba de entrar en su territorio con paso firme y directo hacia la zona de la cocina.

Allí me atiende uno de los voluntarios y me advierte de que el Padre Paulino, el responsable de este comedor, tardará unos minutos en atenderme para realizar la entrevista que habíamos pactado escasas horas antes, algo que, a su vez, venía perfecto para observar con detenimiento y entender todo lo que estaba aconteciendo en aquel lugar tan “novedoso” para la que escribe estas líneas.

Personas calladas con su mirada lo decían todo. Historias y dramas familiares, seguramente muchos. Un silencio que de repente se vio interrumpido por una pequeña trifulca entre una señora de media edad con un hombre que aparentemente parecía tener sus mismos años. Parece ser que aquello venía desde hace rato, durante la fila a la entrada en el comedor. Él, según indicaba todo, se había colado. Una escena que “pasa cada mucho tiempo” pero que no deja de ser común en un lugar como este, comenta uno de los voluntarios.

Dejando a un lado la percepción que se tiene a simple vista, es primordial también reconocer el trabajo desinteresado que realizan los más de 230 voluntarios fijos de distintas edades. Éstos se organizan por días y turnos para que haya un poco de orden en el asunto.  El trabajo que se hace allí ejemplar ya que atienden a todo aquel que pasa por allí con mucho respeto y mimo.

portal comedorCafé o leche con cacao junto con un bollo o un bocadillo es lo que se suele ofrecer, según se tercie. Lo importante es que nadie se vaya de allí sin la primera comida del día, algo que en muchas ocasiones se hace imposible dada la gran cantidad de personas que acuden a hacer la cola en la entrada, a pesar de que en las últimas semanas se ha aumentado el cupo (se ha pasado de 360 usuarios al día a 370), explica el Padre Paulino cuando finalmente puede atendernos.

A la pregunta de cuál es el perfil de las personas que acuden al comedor, responde que “hay de todo: personas que vienen siempre o que no”. Suele ser “gente sin recursos, sin hogar, drogadictos, extranjeros, etc.”  detalla al tiempo que aclara que  también hay familias (una teintena aproximadamente) que acuden a recoger alimentos para llevárselos a sus casas ya que en este comedor, en concreto, no admiten a niños.    A grosso modo, se estima que aquí se ofrecen 95.000 desayunos al año, lo que supone el dar de comer a unas 1200 familias aproximadamente.

A pesar de los muchos usuarios que hay desde el surgimiento de esta crisis iniciada en 2008, la realidad es que el centro lleva atendiendo a los más necesitados desde 1611. Estamos, casi con toda seguridad, ante el comedor social más antiguo de este país y por tanto, es imposible hacer un cálculo exacto de la gente que ha pasado por allí a lo largo de todos estos años.

Tal y como ya se ha indicado, existen voluntarios de todas las edades que trabajan a destajo para que  todo esto funcione, pero también los hay que colaboran de otras formas. “Hay gente que viene y entrega un donativo, otros van a algún supermercado y mandan alimentos. Además, hay una cuenta en el banco en la que pueden hacer ingresos”, concluye el responsable del comedor.

Esta es la historia del comedor Ave María pero hay muchos más dignos de mención como el Navas en Barcelona, el Casa Solidaria, el del Centro Social Vicente Ferrer y el Santa Isabel en Madrid, los que tiene repartidos Cáritas por todo el territorio español. En definitiva, un largo etcétera que junto con los distintos bancos de alimentos llevan a cabo una gran labor de ayuda y solidaridad de la que todos podemos ser partícipes de una forma u otra.

Reflexionemos, por favor. No es posible que un país considerado como desarrollado tenga un riesgo de pobreza del 21, 6 por ciento en este 2013, según detallan los últimos resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Hay que hacer piña para, entre todos, poner fin a esta situación. No hay que seguir permitiendo que con esta mala racha por la que atraviesa España la gente siga pasando hambre con tal de pagar sus hipotecas o sus facturas pendientes. Parece un tópico pero es la realidad: el comer no es algo que debamos hacer, es, sencillamente, un derecho que nos pertenece a todos.

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