Las vivencias de Neus Català en escena

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Neus Català i Pallejà nació en 1915 en el seno de una familia de campesinos que el 14 de abril de 1931 celebraron de corazón la proclamación de la Segunda República. No imaginaba Neus entonces, en plena adolescencia, que en pocos años toda aquella alegría por el nuevo gobierno iba a verse truncada, igual que el transcurso de su vida y de la de miles de españoles, por un golpe de Estado fascista del que se acaban de conmemorar ya los ochenta años, pero que todavía escuece. La Guerra Civil supuso para Neus el principio de una pesadilla que no había hecho más que empezar. Durante la contienda, la chica trabajó como enfermera, fiel a sus ideales y al gobierno legítimo, y tenía a su cargo a los conocidos como niños de Negrín, niños refugiados en Barcelona. Junto a ellos, cruzó la frontera francesa en el frío enero de 1939, cuando las tropas nacionales entraban ya en la capital catalana.

Ya en Francia, junto a su marido, se unieron a la Resistencia, pero fueron detenidos y deportados a los campos de la muerte. Neus acabó en Ravensbrück, donde la obligaron a trabajar en una fábrica armamentística. Junto con las demás mujeres de su komando, boicotearon la producción, inutilizando millones de balas y estropeando maquinaria. Cuando por fin la liberaron, conoció la terrible noticia: Franco seguía en el poder, de nada había servido que ganaran los Aliados. De modo que Neus, como tantos otros españoles que lograron sobrevivir a la barbarie nazi de los campos, y a diferencia de sus compañeras, no tenía país al que volver. Se quedó en Francia, donde estaban exiliados sus padres, que apenas la reconocieron tan escuálida y demacrada, y esperó el regreso de su marido. Pero él nunca regresó, había muerto de agotamiento el mismo día que liberaron el campo en el que estaba.

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La actriz Mercè Arànega junto a la imagen de Neus Català/Sala Muntaner

Las secuelas de aquella traumática experiencia la abatieron en una depresión nerviosa casi crónica, y la atormentaron durante años todas las noches en forma de pesadillas. Pero no por ello dejó de luchar. Firme a su compromiso político, y con un coraje envidiable después de todo lo vivido, siguió combatiendo el franquismo desde su exilio francés. Allí conoció a su segundo compañero, con quien tuvo dos hijos. Ellos son su mayor triunfo ante el nazismo, ya que en el campo la habían, supuestamente, esterilizado con uno de aquellos aberrantes experimentos médicos a los que sometían a los presos. Neus Català nunca quiso, como otros supervivientes, olvidar todo aquello y guardar silencio sobre lo ocurrido, sino que desde siempre tuvo muy claro el valor de la memoria, el valor de mantener vivo aquel horror para que el mundo no se desentendiera, para que no fuera posible volver a caer en un genocidio de aquellas características. Por eso, recién liberada, guardó su uniforme de prisionera del campo y una mañana, ya en Francia, se lo puso, salió a la calle con él, fue hasta el estudio de un fotógrafo de confianza y este, sin que ella tuviera que decir nada, entendió perfectamente lo que quería y la fotografió. Esa es, seguramente, la foto más conocida de la única superviviente española del campo de Ravensbrück.

Todas estas vivencias, contadas en primera persona en una dramaturgia de Josep Maria Miró basada en Cenizas en el cielo, la biografía novelada de Neus Català, escrita por Carme Martí, son las que se escenifican en Neus Català, un cel de plom, la obra que se estrenó en el pasado Festival Grec 2015 en la Sala Muntaner y que, después de un mes allí y de una gira por toda Catalunya y Valencia, vuelve a la Muntaner, otra vez en el marco del Grec, para quedarse hasta final de mes.

La puesta en escena, dirigida por Rafel Duran, es de una sobriedad extrema e impecable que da todo el protagonismo a las palabras de la luchadora antifascista. En un escenario, diseñado por Pep Duran, en el que vemos una construcción simbólica pero que remite a la hostilidad de las alambradas, Mercè Arànega, vestida de riguroso negro con pantalón y camisa –obra también de Pep Duran−, da voz a Català y estremece al espectador con la emoción con que desvela los detalles de una vida que ejemplifica muchos de los acontecimientos históricos del siglo XX que forman parte del imaginario colectivo.

Resulta más que justificado, necesario, casi obligatorio, que también desde un escenario se reivindique la figura de esta mujer y se recuperen sus vivencias, que se apueste por un teatro de la memoria, de la tan necesaria memoria ahora y en todos los tiempos, de una memoria histórica que conforma nuestro pasado y, por tanto, también nuestra identidad. Por ello, esta puesta en escena merecería una traducción que permitiera una gira a nivel estatal.

Neus Català ha sido reconocida con numerosos galardones, el último en 2015, la Medalla de Oro de la Generalitat de Catalunya por su lucha en pro de la justicia y las libertades democráticas, de la memoria de los deportados a los campos de exterminio nazi y de la defensa de los derechos humanos. Porque Neus sigue, todavía hoy, a sus cien años, al pie del cañón y firme a sus convicciones.

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