Las prisas no son buenas

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El 21 de Enero de 2001 fue un día lluvioso. A los gritos de “¡Alto el ladrón!, fraude o bastardo” Bush juró su cargo de Presidente: “Haremos frente a las armas de destrucción masiva”. Y lo intentaron, aunque nunca aparecieron. “Os pido que sirváis a vuestra nación”. Y lo hicieron. George W. Bush salió reelegido en 2005. “Los americanos seguimos involucrados en el mundo”. Y lo demostraron. Millones de personas han perdido su trabajo por una crisis que empezó con un virus de gripe que se guardaba en un armario de Wall Street.
Cuatro años después recordaba en el segundo discurso de investidura a los “oprimidos, que estaría a su lado, siempre y cuando se alzaran por la libertad”. Buena parte del mundo apretaba los dientes. Se mordían las uñas preguntándose si no serían los siguientes. Rezarían para que el Imperio no se diera cuenta de su opresión.

El 20 de Enero de 2009 se ha visto el sol, a pesar del frío. Los flashbacks de lo vivido en los últimos 8 años no cesan en medios de comunicación, en las aulas de las clases o incluso en las conversaciones de bar. Y son los mismos nombres los que se pronuncian: ni Lincon se lo hubiera imaginado – tal vez ni lo hubiera permitido -, el discurso de Kennedy, el lugar desde el que Luther King pronunció su discurso de su sueño…

Todo el mundo parece emocionado con la salida, y además conforme con la entrada, lo cual no es poco ¿Pero que es lo que se espera de B. Hussein Obama? ¿No se están dirigiendo las miradas demasiado alto? Multitudes de personas se han reunido en Nacional Mall para oír a un Mesías. Si se prometen demasiadas cosas a la vez, puede que todo se quede en el discurso, porque al final, los sueños, sueños son. Demasiadas cosas por cambiar y pocos aliados. Demasiadas esperanzas concentradas en un solo rostro, olvidando que las riendas las llevan otras manos.

Las palabras lanzadas por Israel no son una llamada de atención antes del acto final. Y los misiles tampoco. Es muy loable atreverse a prometer cerrar Guantámo y que la gente elija. Pero estos días hemos visto que quedan aún campos de concentración, que nadie llama por su nombre.

El nuevo presidente no va a acabar con el hambre en África, aunque sea negro, porque todavía hay muchas empresas que se benefician de las condiciones de vida de los habitantes del continente olvidado. Tampoco China va a tomar en serio, a propuesta del presidente negro, que trabajar 25 horas al día no es bueno para la salud, ni digno para la existencia del ser humano. Ni las mujeres dejarán de comportarse como hombres para alcanzar sus puestos. B. Hussein Obama aún le tiene que pedir ayuda a Dios, al único, claro. El presidente llega con la mesa puesta y el menú decidido. No le carguemos el peso del planeta por el color de su piel. Hasta ahora es el primer presidente negro. No es poco, pero eso es todo.

La necesidad de que Aretha Franklin cante y que en el gabinete del nuevo presidente haya pieles de diferentes colores tampoco representan una nueva era. Sobre todo cuando debajo de ellos las caras son las de siempre. Nunca hubo nuevas eras. Nunca se empezó de cero. Sólo pasos, más o menos grandes, que por la ansiedad pueden quedarse en nada. Si nos quedamos mirando las estrellas podemos perdernos el espectáculo que tiene lugar en la tierra.

Fuentes:
El Mundo, El País

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