Las minas chilenas, todo confort en comparación con las congoleñas

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Oscuras, no se vislumbra ni un solo rayo de luz; estrechas, apenas cabe una persona de perfil; asimétricas, tramos donde es necesario casi reptar para lograr descender; profundas, algunas alcanzan los 100 metros; así son las minas de Bisie, una región situada al este de la República Democrática del Congo.

Las minas de Bisie son los mayores yacimientos del país de casiterita, un mineral del que se extrae el estaño necesario para fabricar aparatos tecnológicos. La única forma de llegar a ellas es caminando unos cincuenta kilómetros a través de la selva.

Más que minas, podría denominárselas agujeros. La baja concentración de oxígeno en su interior dificulta el respirar y la posibilidad de escapar ante cualquier desavenencia es nula. Sus mineros, ataviados con chanclas y equipados con herramientas tan rudimentarias como un martillo y un cincel, descienden hasta sus profundidades en busca del tesoro, nuestro tesoro, pues sin él nuestra tecnología no funcionaría. Las medidas de seguridad son un lujo. Ni cascos, ni monos de trabajo, ni calzado adecuado, ni conductos de ventilación, ni refugios donde resguardarse en caso de derrumbe, nada. Algunos de estos mineros descienden en pequeños grupos, y pasan hasta setenta y dos horas seguidas en su interior soportando altas temperaturas y respirando el hedor que emana del agujero. Al tercer día retornan a la superficie, una o dos jornada de descanso y de nuevo a las profundidades de la mina. En el interior todo es picar y extraer, picar y extraer, apenas hay tiempo para comer, descansar o dormir. Cada quién cava a su libre albedrío sin más ayuda que su fuerza bruta y sin más conocimiento del terreno que su propio instinto. Si hay desprendimientos, habrá muertes.

En nuestra retina aún permanece la imagen de los treinta y tres mineros que el pasado 5 de agosto quedaron atrapados bajo tierra tras un derrumbamiento en un yacimiento situado al norte de Chile. Los medios de comunicación nos hicieron testigos del sufrimiento, la incertidumbre y la esperanza de sus familiares y allegados de hallarles con vida. Meses después de la tragedia, aún no se han esclarecido las causas del derrumbe, lo que sí ha quedado plausible es que si el yacimiento no hubiera estado dotado del refugio, los mineros no hubieran tenido más opción que la muerte.

En Bisie, sin embargo, las cosas son muy diferentes. Allí nadie importa. Las personas no son consideradas como tales. No importa si se trata de adultos o de niños, si no lo hace uno lo hará el otro, si uno muere en el intento otro le sustituirá, porque lo que allí sobra es gente. Porque sin casiterita no hay recompensa, porque sin su sacrificio no hay tecnología, porque sin nuestra codicia ellos no arriesgarían sus vidas.

Fuentes del Texto:
http://play.cuatro.com/on-line/#/reporteros-cuatro-rec/ver/congo-tierra-violada
Fuentes de las Imágenes:
http://1.bp.blogspot.com/_zj5ibbOrnaI/S8yn4xtPyFI/AAAAAAAAIyM/lUqMoMCY2-w/s1600/0494.jpg
http://imagenes.publico.es/resources/archivos/2009/11/27/1259278035571mina-642.jpg
http://www.manantialcaduceo.com.ar/cristales/casiterita.jpg

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