Las entrañas de la música

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El panorama musical actual está cambiando. La industria se desmorona y los artistas buscan nuevas fórmulas para sacar adelante sus proyectos. Sin embargo, los grupos siguen surgiendo de la nada, siguen creando a pesar de las adversidades e intentan adaptarse a marchas forzadas a los nuevos tiempos. El camino es complejo y está lleno de trampas y sólo unos pocos sacarán la cabeza fuera del agua.
La gente debe conocer una “nueva visión” sobre el mundo musical en general. Una visión que profundice en los entresijos del negocio, en los días malos de los artistas que están fuera de la esfera de Operación Triunfo y que cada fin de semana cogen una furgoneta para darse a conocer allá donde haga falta, una visión que muestre lo que cuesta mantener un grupo y compaginarlo con estudios o trabajos, mostrar la cara menos amable y el día a día de los talentos ocultos.

Normalmente, lo que ve el espectador es el resultado final, ya sea en forma de concierto en directo o en forma de disco, sin embargo, lo que no se ve es lo que nos interesa. Por ejemplo, sé de una anécdota de un grupo perdido en la España profunda, al que en medio de su concierto interrumpieron unos mozos para avisar a los pocos espectadores del garito de que empezaban los famosos encierros del pueblo.  Bien, a los pocos segundos se quedó el local más vacío que un solar. Qué triste, tantos meses de ensayo para experimentar como unas vaquillas echan todo tu arte por tierra.

También es necesario conocer la visión de promotores, managers, vendedores de discos, internautas melómanos, y sobre todo de los músicos, esos personajes que luchan por mover los sentimientos de los demás.

Es curioso, con la música pasa algo que no ocurre con las demás artes: es la que antes puede conmover el alma humana. Basta con escuchar un estribillo melancólico adornado con unas buenas armonías y a uno se le pone la piel de gallina. Se crea un impacto artístico inmediato, por eso muchos chavales se enganchan a ello, quedan deslumbrados y ya se sabe, lo que uno admira es susceptible de imitación, todos queremos emular a nuestros ídolos. Claro que cuando nos ponemos manos a la obra nos damos cuenta de dónde nos hemos metido.

El camino del arte no está hecho para espíritus adoradores del consumo rápido y el éxito fácil, por eso son tan engañosos algunos programas de televisión: tres meses de lloriqueos adolescentes y vaivenes emocionales y a volar. Eso no cuadra con la realidad.

Para que un músico o un grupo triunfe, entendiendo el éxito como vivir de lo que te gusta y poder dedicarte de pleno a esa actividad, es necesario que confluyan muchos elementos, a saber, que las canciones sean buenas, que esas canciones sean bien promocionadas por una compañía, que además tengan un buen manager, que no tengan ningún percance durante ese tiempo (bajistas que se rompen brazos, cantantes que se quedan sin voz…), que se lleven bien entre ellos, esto sí que es básico, y muchos factores más que influyen en que uno salga de entre la masa anónima .

Un amigo mío se ha ido a vivir a Suecia. Allí se ha instalado con sus compañeros de proyecto, es decir, con su banda, estaban hartos del panorama patrio. Allí tampoco está fácil. Su apuesta es fuerte pero en esto no valen las medias tintas. Los músicos sacrifican años enteros de su vida por un sueño, mientras muchos de sus amigos prosperan en empresas, se compran pisos o fundan familias, ellos penan enganchados a su sueño como fantasmas que no pueden librarse de su estado hasta que el conjuro o la realidad los devuelvan al frío de la calle.

La música engancha y cada vez hay más adictos. Por el metro se ven rostros desconectados de la rutina por medio de unos cascos. Los yonkies de las melodías que vagan por las ciudades en busca de su próxima dosis deben reflexionar y cuidar a sus camellos del arte. La música es una sustancia adictiva sin efectos secundarios, bueno, quizá tenga uno: nos hace más libres.

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