Las dos Españas y la ETA

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Vuelven a la memoria años enrevesados y cainitas. El absurdo empeño de quienes no vivieron aquellos difíciles momentos, y hoy pretenden rescribir la Historia, nos obliga a retrotraernos hacia el hambre, la miseria y la vergüenza de fechas pasadas. Cuentan que hubo en tiempo en el que las ideas valían más que los hombres; en el que defender la patria era cuestión de obligación moral aun cuando ello supusiese dejar la familia atrás a favor de la trinchera y la artillería pesada. Cuentan que media España decidió enfrentarse en cruenta batalla cargada de odio y muerte contra la otra media. Y hoy, quienes menos conocen aquello, se empeñan en revivirlo y en recordarlo; pero eso sí, a su manera.

El retorno del sectarismo, la polaridad ideológica y el enconamiento generalizado de la vida pública se hace evidente en las plumas y en las tertulias televisadas; en los mítines y en los proyectos legislativos, en la calle y en los pasillos más transitados por políticos y periodistas. El espíritu que el enfrentamiento del 36 dejó como herencia revive hoy entre los pensamientos antagónicos mayoritarios de nuestro tiempo. Las dos Españas de Machado resucitan los odios y los rencores de aquella terrible tragedia como queriendo pedir venganza, como deseando una temible revancha.

A la designación del 2006 como año idóneo para la recuperación de la memoria histórica, le siguieron declaraciones y decisiones tan absurdas como la primera. La elaboración de una ley ad hoc para quienes desean rescatar viejas inquinas, continuó con el traslado de unos papeles históricos para satisfacción de ciertos histéricos. Desde entonces se han sucedido los desvaríos, delirios, disparates y despropósitos. La última tropelía llega de Zaragoza. Y es que este año, por decisión del camicace de turno, cientos de niños no cantarán villancicos durante las Navidades. Hay que evitar herir ciertas sensibilidades.

Mientras tanto, obviamos los trapicheos, coqueteos y devaneos del gobierno. Recientemente la periodista Isabel Durán revelaba los supuestos acuerdos tácitos de nuestro gobierno con los gudaris abertzales. Según parece, el “alto el fuego” de ETA (rebautizado como tregua permanente) estaría más que difunto, aunque de cuerpo presente. Al parecer, el gobierno habría pactado con los terroristas etarras una escenificación del fin de las negociaciones para después de las Navidades; por supuesto, en un atentado sin víctimas. Realidad o ficción, todos deberíamos serenar nuestros ánimos e intentar luchar juntos por un proyecto común: La paz. ¿Tan difícil es hacerlo sin dejar de lado la dignidad?

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