Las dos caras de un casete

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Fuente: Teatre Eòlia

La temporada teatral arranca con las incertidumbres a las que esta nueva normalidad nos ha abocado, especialmente en el mundo de la cultura. Los teatros ven limitado su aforo para seguir con las medidas de seguridad recomendadas por las autoridades sanitarias, y cruzan los dedos para que la situación no les lleve, de nuevo, a bajar el telón, como ocurrió a mediados de la temporada pasada, a causa del confinamiento que iniciamos en marzo, y que truncó, en la mayoría de teatros, los espectáculos programados en los últimos meses de la temporada 2019-2020. Las salas pequeñas han visto, si cabe, su supervivencia más comprometida, por lo que siempre es motivo de alegría comprobar cómo la gente reafirma que la cultura es segura y llena (la mitad de) las plateas, todos con sus mascarillas, para seguir apoyando las artes en vivo.

Así estaba el pasado domingo el Teatre Eòlia, que abre temporada reponiendo uno de los éxitos recientes de la escena catalana, Ramon, que se pudo ver el pasado año en la Sala Atrium. Se trata de un monólogo tragicómico, merecedor del Premio de la Crítica 2019 al Mejor Texto, que firma, tanto en la dramaturgia como en la dirección, Mar Monegal. En escena, Francesc Ferrer interpreta a un protagonista que logra meterse al espectador en el bolsillo desde los primeros minutos.  El montaje juega con el recuerdo nostálgico de las últimas décadas del siglo XX y, como si de un casete se tratara, nos permite escuchar las dos caras de la cinta, conocer las dos caras de la vida de Ramon. Dos caras que son, a la vez, dos obras en una.

En la primera parte, el actor y músico seduce al espectador con su interpretación de un personaje que se niega a madurar y que, tras romper con su pareja cuando ella le comunica su deseo de ser madre, vuelve a casa de sus padres y se reencuentra con su infancia y juventud entre los posters y las guitarras de antaño. Ramon comparte con el público, en un espacio diseñado por Anna Tantull, los acontecimientos de su presente que colapsa al cumplir los cuarenta y verse sin pareja, sin trabajo, sin casa propia; y los saltea con los recuerdos de su pasado y con canciones.  Si durante toda esta cara A de la función Ferrer despliega sus dotes cómicas, arranca risas enmascaradas, y la obra parece un monólogo ligero, un canto –hasta cierto punto, dadas las circunstancias del personaje– ridículo a la juventud, pero por el que casi todos pasamos en algún momento u otro de nuestra vida, el giro que da la función en la cara B no puede más que sacudir al espectador.

Sin entrar en detalles que destripen la función, Ramon se ve forzado a madurar de golpe cuando la vida le da el verdadero revés del que no puede refugiarse en su habitación juvenil. Porque aquella zona de confort, aquel espacio seguro, se irá desmoronando cuando los acontecimientos se atropellen y arrastren al protagonista hacia la madurez a su pesar. No sólo el personaje crece, sino que lo hace también el actor en escena, mostrando una gravedad insospechada en la primera parte del monólogo.

El ritmo y la precisión con los que está dirigido este texto tan rico; lo armónico de todos los elementos que intervienen en la puesta en escena, desde la iluminación de Conchita Pons hasta las proyecciones y audiovisuales de Josep Galindo y Toni Roura; y la certera y versátil interpretación del actor conducen la emoción del público para llevarle con una naturalidad pasmosa de la diversión a la congoja, de la risa a la lágrima. Ramon podrá verse todavía, con todas las medidas de seguridad que hacen posible la cultura segura, hasta el 4 de octubre.

 

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