Las cinco verdades del liberalismo

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De un tiempo a esta parte, el mercado editorial se ha visto inundado por una ingente cantidad de ensayos que tratan de explicar las causas y las consecuencias de la crisis que azota el panorama mundial. Ante la amplia oferta existente, llamó poderosamente mi atención un libro cuyo título evocaba grandes dosis de síntesis y concreción: Una crisis y cinco errores, escrito por el prestigioso economista Carlos Rodríguez Braun (habitual en tertulias televisivas y articulista en prensa escrita), describe los errores de política económica que nos han conducido a la situación actual, haciendo gala y alarde de un extenso abanico de argumentos en favor del libre mercado y contrarios a lo que el autor denomina coacción estatal.

La lectura de Una crisis y cinco errores despertó en mí el recuerdo de otro ensayo económico, en este caso del magistral John Kenneth Galbraith, uno de los más grandes economistas que el siglo XX nos ha proporcionado. Galbraith, en su obra La economía del fraude inocente, nos recuerda la brecha creciente entre la abstracción de las teorías, teoremas y postulados académicos y la realidad del día a día cotidiano. Y es, precisamente, en este punto, donde radica mi disconformidad con algunas de las afirmaciones que en su libro expresa el profesor Braun.

La tesis de Una crisis y cinco errores se cierne en la definición del estado como institución opresora y culpable directa (sino única) de los males que aquejan a nuestra sociedad a la vez que nos presenta la ideología liberal como víctima de los medios de comunicación y del juicio de la opinión pública. Ese es el primero de los errores a los que alude el libro, considerar el liberalismo como causante de la crisis. Sin embargo, a lo largo de sus explicaciones acerca de las incongruencias del sector público, Rodríguez Braun no hace referencia en ningún momento a la burocracia instalada en las grandes empresas, donde la dirección ejecutiva, y no los accionistas, marcan un rumbo que puede llegar a ser tanto o más ineficiente como el que habitualmente se le atribuye al Estado: la utilización de los primeros de su situación de privilegio para el enriquecimiento personal es una consecuencia de lo que Galbraith denomina corporativismo.

El segundo error consistiría en condenar la codicia y la ambición excesiva del ser humano, por tratarse éstos de rasgos inherentes a nuestra naturaleza sin ser específicos del hombre contemporáneo. La explicación es cierta, pero el argumento es fácilmente rebatible, puesto que las crisis económicas tampoco son exclusivas de nuestro tiempo: una de las primeras crisis económicas de las que se tiene conocimiento se produjo en el siglo III de nuestra era como consecuencia de los altos impuestos que asfixiaban la capacidad adquisitiva de la población y la especulación inmobiliaria sin mesura, factores que, a la postre, resultarían decisivos en la caída de uno de los mayores imperios que Occidente ha conocido, el Romano.

Íntimamente relacionado con los dos errores anteriores, el tercero trata de exculpar al libre mercado ya no solo de la crisis, sino también de otros problemas estrechamente vinculados a ella como la pobreza, la desigualdad y la destrucción medioambiental (según el autor, todos ellos problemas característicos de un sistema comunista). Si bien es cierto que crítica y señala con diligencia la perversa actuación de bancos, agencias de rating y demás instituciones financieras, Rodríguez Braun los justifica alegando que la intervención estatal es la que propicia dichos abusos, puesto que, si existe un sector económico que está especialmente intervenido, ese es justamente el financiero. Es tanto lo que se podría argüir en contra de estas afirmaciones que, precisamente por ello, huelgan las palabras.

Por último, el cuarto y quinto errores son, respectivamente, la creencia generalizada de la inevitabilidad de rescatar a los bancos para que no quiebren y el dogma de que el gasto público reactiva la economía. Respecto a lo primero, he de señalar que, de los cinco errores, es el único con el que estaría de acuerdo, si no fuera por el drama que representaría para quienes hayan depositado sus ahorros en un banco desahuciado, y por el efecto dominó que este hecho podría generar en el sistema financiero. Por ello, porque los bancos no son como una empresa más en el sistema económico, es por lo que algunos países han optado, en sus diferentes formas, por nacionalizar la banca, ante la peligrosidad de dejar en manos privadas un sector vital en el funcionamiento del sistema. Respecto a lo segundo: si bien es cierto que la reactivación económica no la produce el consumo presente sino el consumo esperado futuro, qué duda cabe de que el consumo en el momento actual incide en las perspectivas venideras. Una economía en la que no se consumiera nada y todo se ahorrase, ¿qué perspectivas de consumo futuro podría tener?

Resultaría claramente irresponsable criticar los principios liberales que nos han llevado a un grado de desarrollo y a un nivel de vida como los actuales. Sin embargo, dado que se trata de un sistema sumamente mejorable (muy especialmente en lo que a conquistas sociales se refiere), hay que ser cauto ante las advertencias de la necesidad de aplicar las normas del libre mercado hasta sus últimas consecuencias. Ese es precisamente el fraude inocente del que nos alertaba Galbraith. Especialmente, si uno lee aseveraciones del estilo “lo que le conviene al mercado es lo que le conviene a la sociedad” o “el Estado posee el monopolio de la violencia”. Precisamente, en referencia a esto último, uno de los mayores líderes de masas de la Historia de la Humanidad (Mohandas Gandhi) llegó a decir en una ocasión que la peor forma de violencia era la pobreza. Estoy convencido que hasta el más acérrimo defensor de la doctrina liberal estaría acuerdo con esta afirmación, ¿verdad que sí, señor Braun?

Fuente de la imagen:
www.girep.blogspot.com

1 Comentario

  1. J. M., das por fácilmente rebatibles las tesis de Rodríguez Braun pero en realidad no te ocupas mucho de rebatirlas. Vamos a ir punto por punto, tal y como los has marcado tú mismo. Verás:

    1- El rumbo de UNA empresa en concreto puede ser ineficiente. Pero no el rumbo de lo privado no es intrínsecamente ineficiente, dado que su fin es ganar dinero y la dirección ejecutiva debe rendir cuentas a los accionistas. A los políticos, sin embargo, les basta con vender humo para ser reelegidos y perpetuar su ineficiencia.

    2- La crisis del S. III no se produjo por la “especulación inmobiliaria”, sino por, como bien dices, un aumento excesivo de los impuestos y una devaluación excesiva de la moneda. Todo ello debido a una mala política estatal. Es decir, los problemas económicos del imperio Romano se debieron, precisamente, a esa injerencia del estado de la que habla Braun.

    3- No se puede rebatir diciendo “huelgan las palabras”. Es verdad que el sistema financiero está muy intervenido. Otra cosa es que esté mal intervenido. Prueba de que está intervenido es que a los bancos se les rescata y a las pymes no. Dicho de otra forma: el sistema financiero no se somete a la destrucción creativa del libre mercado. Y de ahí vienen muchos problemas. Porque cuando el estado envía la señal a los bancos de que si son ineficientes les salvará, éstos pueden asumir riesgos que una empresa normal en un sistema de libre mercado normal no asumiría.

    4- Del rescate de bancos ya te he hablado en el punto anterior. Es cierto que no rescatarlos supone un riesgo. Pero rescatarlos supone un riesgo mucho mayor a largo plazo.

    5- Tu pregunta no contradice el principio general. La demanda presente no reactiva la economía, dado que es la demanda futura la que reactiva la oferta incentivando la inversión. Y sin acumulación (ahorro) no hay inversión.

    Y, para finalizar, es verdaderamente injusta la crítica al liberalismo basándose en sus pretendidamente escasas conquistas sociales. Aquí sobran las explicaciones. Sólo tienes que echar una ojeada al mapa del mundo y rápidamente constatarás que es precisamente en aquellos países donde funciona un mercado más libre donde el nivel de vida de la población es mayor y es en aquellos países más intervenidos donde el nivel de vida es peor. Ya que citas a Gandi, sabrás que la India tiene varios cientos de millones de pobres menos ahora que hace quince años, cuando la economía estaba mucho más estatalizada (“socializada”). Los hechos demuestran que el libre mercado es la mejor herramienta contra la pobreza, por mucho que otras ideologías se llenen la boca con “conquistas sociales” que al final quedan siempre en papel mojado.

    Un saludo.

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