Las ánimas de Bernini, una exposición con falta de alma

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Las ánimas de Bernini

Gian Lorenzo Bernini está terminando el busto del cardenal Scipione Borghese. El material con el que trabaja es mármol de Carrara, el más excelso de todos, perfecto para recoger los rasgos de Borghese, mecenas del joven Bernini. Corre el año de 1632 y el escultor napolitano, a sus 34 años, se mueve con soltura entre las intrigas palaciegas de la Roma vaticana. Borghese ha adoptado a Bernini como su protegido desde hace unos años. Este cardenal, sobrino del papa Pablo V, apoya y alienta a numerosos artistas y, desde 1613 lleva acumulando arte en una de las colecciones más variadas de la época en su residencia de Villa Borghese, germen de la actual Galleria Borghese.

Bernini es perfeccionista por naturaleza pero en el caso del busto de Borghese todavía más; aparte de ser su mecenas, tantos años de relación han fomentado una sólida amistad. Está a punto de terminarlo, ultimando los detalles cuando, de repente, el mármol se quiebra en una línea sagital, desde la ceja a la nuca. Los intentos de reparar la pieza son infructuosos. Pese a las abrazaderas y el pulido la imperfección sigue ahí. No queda más remedio que rehacer la pieza. En secreto y en un tiempo increíble, tan solo quince noches, Bernini termina el busto del cardenal Borghese, un ejemplo de la potencia expresiva recogida en su arte.

Bernini es con relación a la escultura del siglo XVII, lo que Miguel Ángel fue a la del siglo XVI”, afirman Antonio Fernández, Emilio Barnechea y Juan Haro en su manual sobre Historia del Arte de 1994 editado por Vicens Vives. “Marca con su sello toda una época y basta su obra para comprender y sentir el barroco italiano”, añaden. Bernini es la fuerza de la expresión inmortalizada en la piedra y, a la vez, el movimiento y la vida. Al busto final de Borghese se le califica de parlante porque da la impresión de que esté hablando, de que la boca entreabierta esté a punto de formar una palabra. Sobre este busto, Fernando Marías, en su estudio sobre Bernini recogido en el número 20 de El arte y sus creadores de Historia 16, afirma que “inaugura una forma distinta de enfrentarse con este género del retrato informal”, algo más improvisado, “a partir de apuntes tomados del natural del retratado, en actitudes cotidianas”. Se conservan dos dibujos previos que Bernini realizó para la preparación de esta obra, en los que se puede apreciar un estilo caricaturesco que, sin embargo, no cae en lo burlesco; quizás ayudaron a dotar de calor humano al busto.

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El busto del cardenal Borghese

“Mira qué fuerza transmite, casi se puede escuchar el grito”, le dice uno de los visitantes de la exposición Las ánimas de Bernini que organiza el Museo del Prado a su acompañante. Se refiere al Ánima danata, el alma condenada, el rostro congestionado, los cabellos erizados, la boca abierta en un mudo alarido, la frente surcada por la preocupación, la vista fija en el horror que se avecina. A su lado, el Ánima beata, alma bendita con flores en el cabello y la vista fijada en lo alto, extasiada por la contemplación de la gloria divina. “En cambio ella tiene cara de pánfila”, comenta el mismo visitante a su silencioso acompañante. ¿Por qué nos atraerá más un alma torturada que una en paz?

Ánima danata
Ánima danata

Estas dos obras, en las que Bernini plasma su dominio de la iluminación, siempre cenital por inspiración de la del Panteón, las realiza por encargo de un prelado español residente en Roma, Pedro de Foix Montoya, conservadas hoy en la embajada de España ante la Santa Sede en esa misma ciudad. Bernini, que había nacido un 7 de diciembre en un Nápoles entonces perteneciente al imperio español, mantenía una “actitud ambivalente, que le duraría toda la vida, hacia los españoles, agudos en la palabra y la poesía y necios en materia artística”, según documenta Marías. Bernini tuvo que lidiar también con el ambiente político de la época, marcado por las tensiones entre el Vaticano, España y Francia, y las cambiantes relaciones de poder según los sucesivos papas fueran francófilos o hispanófilos. Los artistas de entonces intentaban mantenerse al margen de los conflictos. ¿Inteligencia? ¿Supervivencia? ¿Pragmatismo? ¿Cinismo? Como muestra de ello cabe señalar un retrato ecuestre en mármol de Carlos II, realizado por encargo del embajador de España en Roma, para el que Bernini se inspiró en una obra anterior para Luis XIV, sustituyendo el rostro del monarca francés por el del hechizado español.

El arte y el mecenazgo, dos figuras condenadas a entenderse, la primera no puede vivir sin la segunda, la segunda necesita a la primera. A Bernini se le conoce como “el artista de Urbano VIII” por su próxima relación con este papa, quien le definía como “hombre extraordinario, inventor sublime, nacido por mandato divino para gloria de Roma e iluminar el siglo”, según recoge Marías. Fue este papa el que financiaba sus obras y sus estudios y el que, como expone Franco Borsi en su obra sobre Bernini editada por Akal, “le ordenó que consagrara algo de su tiempo al estudio de la pintura y de la arquitectura, deseando que añadiera esas bellas facultades a todas sus otras virtudes para elevarlas a su cumbre”. Las calles y las plazas de Roma ofrecen la excelencia del talento del artista napolitano en las múltiples esculturas de sus fuentes y monumentos. De su obra pictórica, en cambio, queda menos rastro; “Bernini, que no se sentía lo suficientemente dotado para la pintura, renunció a ella más tarde y destruyó casi todas sus obras”, según explica Borsi.

Ánima beata
Ánima beata

En la escueta y breve exposición del Museo del Prado, en la que se recogen solo veintitrés piezas, en su mayoría bocetos arquitectónicos, apenas se ofrece una ínfima muestra de la genialidad del artista napolitano. El visitante, nada más iniciado el recorrido, alcanza el final de la exposición. Dos salas y pocas piezas para tanto artista. ¿Falta de medios económicos? ¿Quizás de espacio? Quien suscribe intentó contactar al respecto tanto con el comisario de la exposición, el profesor de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid, Delfín Rodríguez, como con el Departamento de Prensa del Museo del Prado, sin éxito en ambos casos.

Al respecto de la organización de una exposición, Jorge García, director del departamento de Restauración y Conservación del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en una reciente charla ante estudiantes de Periodismo en la facultad de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid, señala que “toda exposición siempre es muy bonita en el papel”.

Quizás sea el caso de ésta que el Museo del Prado le dedica a Gian Lorenzo Bernini, una exposición a la que le falta alma centrada en las ánimas del genial artista napolitano y que seguro era muy bonita sobre el papel.

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