Lance Armstrong se confiesa a medias para terminar con su leyenda

0
84

El ciclismo ha recibido con la autoinculpación de Lance Armstrong un nuevo golpe cuyas consecuencias están aún por calcular. El texano, que ganó siete veces el Tour de Francia, reconoció que no los conquistó de forma limpia, e insistió en la entrevista concedida a la reina de la redención en EEUU, Oprah Winfrey, que no actuó sólo, por lo que el caso tan sólo está dando sus primeros coletazos.

Lance Armstrong, en el Tour Down Under 2011. Fotografía: David Gardiner
Lance Armstrong, en el Tour Down Under 2011. Fotografía: David Gardiner

Tal vez lo deseable es que esta conversación la hubiera mantenido con un periodista deportivo, pero lo importante es que tras conocer sus palabras se puede comenzar a trabajar para que no se vuelva a repetir un caso así, para que no se tapen estos actos y para que todos los implicados paguen sus culpas. Por el momento, Lance Armstrong no implica a nadie directamente, aunque sería un error pensar que no lo hará más adelante, ya que durante toda su carrera, y hasta hace tan sólo dos semanas, juraba que nunca se había dopado, por lo que no hay que descartar nuevas confesiones según se vaya sometiendo a juicio su actuación.

Lo más sorprendente de toda la entrevista es que asegure que no creía que estuviera haciendo trampas porque veía el dopaje como “una parte de su trabajo” para admitir haber empleado sustancias prohibidas desde 1998 hasta 2005. El hecho de mezclar EPO, transfusiones y testosterona (además de otras sustancias como la hormona del crecimiento) no le hacían sentir culpa, porque de verdad pensaba que era algo normal. Se escuda en que la arrogancia y la ambición le empujaron para alcanzar el éxito y no pensó en nada más.

No señala a nadie, no da nombres, no explica con detalles cómo consiguió engañar a la UCI, a la USADA, a la AMA, a buena parte de sus compañeros, a la afición e incluso a su familia. Aunque dejó alguna pincelada, para quien quiera investigar, cuando aseguró que realizó donaciones a la UCI porque no tenían dinero, pero “no para tapar nada”.

Es cierto que tras la confesión se destruye un mito, pero lo más doloroso del engaño es que provocó que los ciclistas que no se doparan tuvieran que renunciar a la gloria que él les arrebató al hacer trampas; y lo más triste es que utilizó una enfermedad terrible dentro de todo el complejo sistema que creó a su alrededor para convertirle en el mayor héroe deportivo contemporáneo. Es cierto que ha recaudado más de 500 millones de dólares y que ha provocado beneficios para la sociedad que son impagables, pero el modo en que lo ha hecho es lo que más hiere en esta historia. Dice sentirse arrepentido y avergonzado, pero también insiste en que no merece un castigo que le impida volver a competir, cree que debe pagar pero no se muestra partidario de retirarse del deporte. Entonces ¿por qué confesar ahora?

Tal vez la sociedad estadounidense esté acostumbrada a perdonar a sus celebridades cuando éstas piden clemencia, prometen que no lo volverán a hacer y reconocen su error. Pero el mundo del ciclismo necesitaba creerlo, y tras su confesión el perdón es posible, pero el daño realizado sobre uno de los deportes más bellos y más duros puede resultar irreparable.

Lo que hay que exigir es que las instituciones que se lucran del ciclismo hagan su trabajo: de control, de investigación y de transparencia, porque para cualquier aficionado lo incomprensible es que nunca diera positivo en ningún análisis: demasiados implicados para que ninguna institución lo detectara.

Los medios de comunicación de todo el mundo destacan su frialdad, su calma, su aparente desidia, su orgullo y falta de vacilación y, por encima de todo, señalan unánimemente que lo peor es que al no derrumbarse ante las cámaras (tan sólo pareció dibujarse un amago de lágrima cuando reconoció que su hijo mayor le defendía ante otros chicos y fue ése el momento en que decidió decirle la verdad) demuestra que no se arrepiente.

Esta histórica confesión tiene otra lectura que va más allá. Armstrong ha desnudado la ineficacia de todo un sistema que es escaso, inútil y que invita a la corrupción. Ahora, todos los patrocinadores le han abandonando y podría perder más de cien millones de dólares, le han arrebatado todos sus títulos (incluida la medalla olímpica), ha tenido que abandonar la fundación con la que llenó el mundo de pulseras amarillas y un mensaje de esperanza, ha encontrado el rechazo del mundo del deporte (especialmente duro se ha mostrado Novak Djokovic, que pidió una sanción ejemplar para Armstrong) y quedará en los libros de historia como el protagonista de uno de los mayores engaños de la historia del deporte.

La lectura positiva es que esta confesión vuelve a abrir el debate de la permisividad en otros deportes que exigen menos capacidad física y que sin embargo admiten prácticas bien parecidas, disfrazándolas de terapias de recuperación, autotransfusiones u hormonas de crecimiento. Es el momento idóneo para crear un código de dopaje único para todos los deportes, porque se comprobaría que sin duda el ciclismo es a día de hoy el más castigado sólo porque es el más perseguido.

Es el momento perfecto para cambiar el deporte y convertirlo en una disciplina limpia para que los héroes que alcanzan sus victorias gracias, y sólo gracias a su esfuerzo, mantengan la gloria que merecen.

Dejar respuesta