La sonrisa (etrusca) de Sampedro

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En La Huella Digital reseñamos, a modo de homenaje, una de las novelas más famosas de José Luis Sampedro, que nos ha dejado recientemente.

portada-sonrisa-etrusca_grandeSalvatore Roncono tiene 67 años y padece un cáncer implacable. Pero no es un anciano cualquiera, un viejo al uso: su carismático temperamento se desdobla también en Bruno, el nombre de partisano que porta con orgullo, un superviviente italiano de la II Guerra Mundial que se deja mecer cotidianamente entre recuerdos de su Roccasera natal y las cicatrices –no sólo físicas- que le dejó la contienda décadas atrás. Salvatore/Bruno tiene muchas manías, un archienemigo declarado al que espera ganar la partida de la vida sobrevivéndole, un humor incombustible y un corazón de guerrero que sólo se rinde ante los balbuceos de su nieto de corta edad…

Esta es la historia de un veterano de guerra, un rebelde y curtido caballero bajo una apariencia gruñona que regresa a Milán por segunda vez en su vida –ciudad norteña que detesta, en la que vive su hijo, que ya ha formado una familia-  para ponerse en manos de los médicos y tratar de burlar a la muerte, si no definitivamente, al menos sí para engañarla durante el tiempo que le sea posible. La sonrisa etrusca, uno de los títulos más conocidos de José Luis Sampedro, es una novela que puede llegar a tocar cuerdas desconocidas en nuestro interior, hilada como está con párrafos cargados de ternura y de pasión vibrante por la vida. De prosa cercana y sencilla, centrada en unos pocos personajes que constituirán un pequeño retrato familiar –al reseñar esta obra, sigo siendo incapaz de no rememorar Veva, de Carmen Kurtz; uno de mis libros infantiles más trillados: me resulta evidente el paralelismo del protagonista que todo lo percibe, pero sólo se confiesa a solas, con quien encuentra apropiado hacerlo-, invitará al lector a asomarse entre sus páginas siempre que desee reencontrarse con el cascado Salvatore, el titán de los Roncone que otrora conquistaba mujeres con la misma maña que liquidaba enemigos y ahora lucha para no extinguirse, consumido por su Rusca.

Dos características definen este título: la agilidad narrativa, que viene dada sobre todo por la división en pequeños capítulos bien dosificados donde se narran diversas vicisitudes –desde el momento en que el anciano conoce al pequeño Brunettino, que apenas cuenta el primer año de vida y constituye desde el primer momento la luz de sus ojos; o traba nuevas amistades en Milán, ciudad en la que se siente extrañamente perdido y desarraigado; o acude al médico para someterse a sus revisiones periódicas- y el uso del presente y el ritmo descriptivo, que no fatiga ni adormece. Por otro lado, el continuo juego entre los monólogos interiores del protagonista y su interacción con la realidad nos hace retrotraernos de su mano, a cada momento, a otras épocas bañadas por un color muy diferente. Sampedro le da voz a la experiencia con la cadencia de un anciano, y consigue dejarnos fascinados por su constante alienación del entorno. Cualquiera diría que Salvatore es una especie de Paco Martínez Soria -desorientado en la modernidad y renegando continuamente de la gran ciudad- que chochea, hipnotizado por la herida abierta de la gran guerra que le aventó un espíritu combativo, en pie de lucha. Aun así, nos “toca” verlo feliz en su delirio, anhelante siempre de oír de labios de su nieto la palabra nonno, y seguimos sus pasos, que ya se adivinan cercanos a su ocaso.

Sampedro, escritor, economista y humanista que fallecía el pasado día 8, galardonado en 2011 con el Premio Nacional de las Letras Españolas –y que también recibió la Orden de las Artes y las Letras un año antes-, nos ha dejado más de una decena de novelas (El río que nos lleva, El amante lesbiano), cuentos, obras de carácter económico y otros escritos (también es conocido por haber participado en Reacciona, un alegato de marcado tinte político editado en 2011). Símbolo del compromiso intelectual contemporáneo, se ganó el corazón de muchos por la cercanía y la sencillez que se desprendían de su discurso, no obstante las cuales se ha hecho un hueco histórico por su aguzado ojo siempre crítico con la sociedad del momento.

 

Imagen: Sarcófago de Cerveteri (Museo del Louvre, París)

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