La serie que se convirtió en religión

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Perdidos quedará en los anales de la historia televisiva como una creación que levantó tanta expectación como ampollas. En La Huella Digital le rendimos homenaje y analizamos lo que supuso esta serie en el ámbito mediático. ¡Ojo, spoilers!

4, 8, 15, 16, 23, 42, 4, 8, 15, 16, 23, 42… Así aparecían reiteradamente, repetidamente, sempiternamente los crípticos números en Perdidos, como una letanía que se nos grabó a fuego en la cabeza hasta el punto de quererlos hallar en los objetos cotidianos más ridículos del estilo de códigos de barras, matrículas o relojes digitales. Hoy, 23 de mayo, se cumplen 4 años del final de esta serie que marcó un antes y un después en las experiencias televisivas tanto en la pequeña pantalla como en la red.

¿Que qué tuvo de especial Perdidos? Casi todo. En el capítulo piloto, el más caro hasta entonces de la historia de la televisión, ya era obvio que la serie era de otra sangre, que no seguiría los derroteros usuales de las americanas. Así, un grupo de desconocidos que viajaban en el vuelo 815 de Oceanic se estrella en una isla, y al momento mismo, se empiezan a plantear algunos de los enigmas que, posteriormente y durante el desarrollo de la acción, traerían de cabeza a los fans: el monstruo, la transmisión de radio que llevaba 16 años repitiéndose, los osos polares y unos personajes con un pasado un tanto turbio y que con todas letras hacían honor al título de la serie.

Y es que de hecho, los protagonistas no sólo se hallaban perdidos en la isla; a través de la técnica del flashback íbamos descubriendo capítulo a capítulo lo miserables que eran generalmente sus existencias y lo torcidas y extraviadas que habían resultado sus vidas. Y lo conectadas que, extrañamente, se encontraban la mayoría de los sucesos de sus vivencias pasadas con sus trayectorias presentes…

lostLa serie fue un boom. Y pronto las teorías empezaron a correr como la pólvora por la red, especialmente con el descubrimiento de la escotilla. Grupos sincronizados de traductores que al día siguiente posibilitaban ver el capítulo subtitulado, páginas y blogs dedicados enteramente al fenómeno y hasta una enciclopedia para no perderse en Perdidos: la Lostpedia. Porque esto era una serie cuidada, no nos engañemos, y de detalles. Había que estar con cien ojos a personajes secundarios recurrentes, objetos y sus etiquetas, elementos de las estaciones Dharma, frases de los protagonistas, nombres de terceros y un etcétera de cosas más. Incluso en ocasiones daba la sensación de que los guionistas tenían atado cada cabo, y la trama, perfectamente hilada. Aseveración que se demostraría incierta a medida que se fue acercando el final. Ese final.

De la mano de los Otros y de la segunda y tercera temporada, pronto llegarían más secretos a la isla. Que si los números malditos, que si el templo, que si Jacob, que si la estatua… Y poco a poco la serie fue perdiendo su esencia mundana para ganar un halo místico, un cariz misterioso: aquella isla, fuera lo que fuera, era especial, como bien aseguraba John Locke. Y todos queríamos saber qué narices ocurría allí.

Para aquel entonces, cual humo negro enfadado, ya nada podía detener el avance de la serie. Excepto una huelga de guionistas en su cuarto año, que aunque mermó su número de capítulos, no así su originalidad: los flashbacks se transformaron en flashforwards y, simple y llanamente, nos la metieron a todos doblada (“We have to go back, Kate!”…qué recuerdos, Dios). ¡Los supervivientes habían salido de la isla! Pero querían volver…

Y lo hicieron, en la quinta temporada, donde los guionistas nos introdujeron además los viajes en el tiempo, con el fin de mostrarnos la mitología de la isla así como los inicios de la iniciativa Dharma. El mágico enclave saltaba de una época a otra, cual disco de vinilo rallado, grabado de antemano, que salta de canción en canción. Y este fue el tamiz que separó a los hombres de ciencia, y a los hombres de fe. La mitad de la audiencia, demasiado sobrepasada por el rumbo fantástico de los acontecimientos, puso un mohín de asco, abandonó la serie y se unió al bando del hombre de negro (el de Perdidos, no el de El Hormiguero), mientras la otra mitad, creyentes y fieles, continuábamos del lado de Jacob.

La sexta temporada fue un bandazo y un descalabro en toda regla. La mayoría de los enigmas se explicaron rápido y mal, apareció finalmente el templo con personajes carentes de carisma y se introdujeron nuevos flashes muy del estilo de Desmond, regresiones a lo que parecía una historia en la que sus protagonistas jamás hubieron pasado por la isla y en la que, en cambio, fueron consiguiendo poco a poco redimirse de los errores cometidos en sus pasados. En particular, este detalle siempre me atrajo. Los guionistas habían apostado por la redención como leitmotiv de la serie y último fin de la misma, y hasta el segundo en que cerró la serie, así se mantuvo.

Si bien la historia no había consistido en un sueño, si bien no estaban muertos al chocar el avión contra la isla, como aseguró alguna que otra comentarista que desbarró en directo, los protagonistas sí habían ido falleciendo, naturalmente, como hacemos todos, unos antes y otros después, y se habían reencontrado en una especie de antesala del más allá, donde podían solucionar sus conflictos y problemas para dar el paso definitivo.

Aceptable. En mi opinión, la calificación del final fue esa, aceptable, teniendo en cuenta el alto nivel de expectativas creado por los guionistas y la ingente cantidad de secretos y preguntas de la serie. “Cada pregunta que responda sólo conducirá a una nueva respuesta”, ya lo decía madre, la progenitora de Jacob y su hermano Samuel, el hombre de negro, los cuales empezaron una guerra en la que se vieron envueltos todos y cada uno de los protagonistas de la serie. Inefable el momento de apertura y cierre del ojo de Jack, tanto en el primer plano de metraje como en el último.

En resumen, Perdidos es una serie de transición, un viaje, un espectáculo en el cual hay que disfrutar del crucero y de cada uno de sus capítulos, dejándose llevar. Las pretensiones que se van generando a medida que avanza la serie son inevitables; la decepción del final, muy probable. Pero cuando te encuentras en “The End”, título del último episodio, y miras atrás, descubres que la expedición a la isla ha merecido la pena con creces. El paulatino enamoramiento del misticismo de la serie; la eterna espera semanal hasta la siguiente entrega; las teorías diluidas en un café compartido entre amigos; los cuelgues de final de episodio, algunos de ellos altamente destruye-mandíbulas; las frases y coletillas incorporadas a nuestro día a día; y un fenómeno que envuelve y que, en muchas ocasiones, se echa de menos.

 

PD: mi reflexión final de telespectador de hoy es: “We have to go back, Huelleros, we have to go back!”

Fotografía propiedad de la página web www.abc.go.com

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