La Quinta del Buitre: entre Tierno y Felipe

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Enrique Tierno Galván y Susana Estrada. / Marisa Flórez, El País
Enrique Tierno Galván y la actriz Susana Estrada. / Marisa Flórez, El País

Ya no era La Movida. Había terminado cuando murió aquel profesor (in)vestido de alcalde. Sin Tierno Galván se perdía a un referente de la ‘gauche caviar’ propia, tan divina y culta como la del vecino del norte pero en versión castellana, cheli. El último grito musical no eran las canciones de El Zurdo, ni las de Los Burning, ni las de aquel Almódovar cantante o las de la entonces explosiva Alaska. Emergía Mecano y tras la estela del trío madrileño un abanico de grupos comerciales. Volvían la ñoñería popera (que quizás nunca terminó de irse) y las letras ligeras y pegadizas, tan fáciles de recitar como el once de un equipo de fútbol. Tras una pelota resistía el último bastión de un Madrid de resaca. Lo hacía las tardes de los domingos en una acera de la Castellana. En el Bernabéu, se cambiaban raza y atributos por estilo y elegancia.

Un periodista, Julio César Iglesias, bautizaba a una generación de futbolistas que habrían de cambiar la concepción del juego y la llamaba La Quinta del Buitre. En un tendido de Las Ventas, Joaquín Vidal, también periodista, glosaba para El País las gestas de Antoñete, el maestro cincuentón con un llamativo mechón de pelo blanco. La capital regresaba a su cultura más tópica pero no dejaba atrás el afán de innovación. Sobre la pradera de Chamartín florecía algo diferente, una especie intrusiva que años después sería la reina incuestionable. El balón se hizo el centro. Y alrededor de la redonda gravitaban el resto de protagonistas, ya secundarios.

La capital votaba socialista. Desde la restauración democrática lo hacía. Aunque los muchachos de la Quinta, tan de cuidad, de buena familia y con aquella facha de niños bien, resultaran extemporáneos. Fallecido don Enrique, el vacio sentimental de una urbe huérfana de alcalde lo llenaría la figura de Emilio Butragueño, primer edil en el rectángulo del área. Míchel, Sanchís, Martín Vázquez y Pardeza (el único de los cinco nacido fuera de Madrid) acompañaban la magia del rubio. En el verano de 1986, tras la primera de las cinco Ligas consecutivas y en una noche mundialista de póquer del siete en Querétaro, los madrileños tomaron la calle. Llegaron a la Cibeles cantando aquello de ‘el Buitre a la Moncloa’. Se imaginaban al menudo delantero, héroe en tierra azteca, en la carrera para presidente. Mandaba, con cuerda para rato, Felipe González.

Años después, en plena tiranía de la Quinta, Los Refrescos (sí, definitivamente ñoñopop) cantarían con estribillo facilón el discurrir cotidiano de la capital. Sus equipos podrían ganar la Liga y podrían ganar la Copa aunque en Madrid no hubiera playa. Y en La Moncloa, sí, seguían los de siempre. La alcaldía estaba girando a la derecha y la región que se articuló en torno a la gran ciudad del centro peninsular no tardaría en hacerlo, pero la presidencia del país continuaba en manos socialistas. España ya era plenamente europea y occidental. Llegaba tarde, pero se subía al tren en marcha. Y alrededor de la pelota se vivía un bonito debate en el continente, entre el modelo de los holandeses e italianos del Milan y la concepción técnica pero menos vigorosa de los blancos. Sin saberlo, aquel grupo ponía los cimientos del fútbol de posesión.

Butragueño jugaba en baldosines. Su fulgor angelical no le predisponía como el caudillo de su tropa. No, no tenía hechuras de líder al uso y quizás nunca terminara de serlo. Era pequeño y liviano. Al hijo del perfumero le faltaba mala leche, pero le sobraba imaginación, chispa e inteligencia. Jugaba y hacía jugar. Siempre con toques cortos, con contactos esporádicos con la de cuero. Sus movimientos cerca de la portería rival no tenían precedente. Quiebro en espacios reducidos y golpeo. Una partitura desconocida y rompedora, la del delantero de pocos metros que no era un simple rematador. Una excepción para un repóquer de excepciones.

Martín Vázquez, Míchel, Butragueño y Sanchís. / Archivo fotográfico de ABC
Martín Vázquez, Míchel, Butragueño y Sanchís, cuatro de los cinco integrantes de la Quinta del Buitre. / Archivo fotográfico de ABC

El paisaje en las gradas del Bernabéu sí mantenía la tradición dominguera los domingos y de furia y pasión entre semana. Y sentados o de pie, todos los estamentos sociales. Porque Chamartín ha sido hogar de señores distinguidos y peones fabriles. Ramón Mendoza tomó electoralmente la Casa Blanca en 1985. Su origen humilde no fue traba para que alcanzara la presidencia del Madrid, uno de los cargos más solemnes que puede ejercerse: poderoso como pocos y agradecido, cuando hay éxitos, como ninguno. A su alrededor la Quinta del Buitre, una carrera empresarial de éxito, fama de galán conquistador y el grupo Prisa. Se dice que un torero no llega a figura hasta que un literato no cuenta sus faenas. En aquella España y de sus gentes vip podría haberse dicho algo parecido: sin Prisa y sus terminales no había reconocimiento.

Momento fue para la beautiful people, un club informal de gente selecta con un elevado tren de vida que germinaba al calor del crecimiento económico y la estabilidad institucional. El socialismo español se olvidaba de los ‘descamisaos’ de Alfonso Guerra y miraba con agrado a las grandes fortunas biempensantes. Otro descuento sobre la rebaja de Suresnes. Las grandes cuestiones de la transición devinieron en asuntos menores. Cosas del progreso. No quedaba sitio para redentores ni cirujanos y no se los percibía como necesarios. España, como Mecano, se había colado en una fiesta. También de jarana estaban en Concha Espina, con champán (en vez coca-cola) para todos.

Y es aquel Madrid era un declaración de intenciones. Su juego, como pedir la luna y que alguien la bajara a la tierra. Permanecían las reglas elementales, de clásicos dos veces por temporada, hilera de autobuses llegados de provincias en los aledaños y recibimientos sobre la hierba por separado, pero mudaba la envoltura. Beber de la bota de vino, el tentempié del bocadillo y los gritos en la grada eran placeres que acercaban al hincha con la cuota racial de los suyos, ese bloque de los Hugo Sánchez, Chendo, Camacho y Gordillo. Pero la Quinta, revestida de lujo, coral y sinfónica, escribía un manifiesto con cada partido pidiendo la incorporación de su estilo preciosista al corpus sentimental del club.

Cayeron, una tras otra, media decena de Ligas. Se sumaron con la misma frecuencia con que la suerte abandonó en Europa a quien fue su señor décadas antes. La gran obsesión del club era aquella Séptima que se haría esperar. También la tumba de una de sus generaciones más brillantes, que se vio rebasada por el peso de la historia. No pudieron consumar la conquista continental. Después de los gatillazos, el buen amante perdió la confianza, la autoestima y las demás cualidades que se le suponen a quien corteja. Sanchís, en el ocaso de su carrera, cerraría la herida levantando dos orejonas.

Un revival coronó el último curso completo de Mendoza en el palco blanco. De regreso el talante, que volvía años antes de que naciera como dogma político. El Madrid se barnizaba de brillantez intelectual y oratoria argentina con el tándem Valdano-Cappa en el banquillo, un proyecto que terminaría breve pero que decretaba la vuelta a la posesión, tantas veces rara avis en un club impulsivo y emocional. Agonizaba el presidente madridista, igual que González en la Moncloa. Ambos se aferraban al poder encerrados en sus palacios presidenciales, carcomidos por el paso del tiempo, sumidos en sendas crisis económicas y casos de corrupción.

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