La poderosa atracción del teatro documento

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Fuente: CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona)
Fuente: CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona)

Jordi Casanovas repite la fórmula que tan bien le funcionó en Ruz-Bárcenas y lleva a escena la transcripción del interrogatorio realizado el 4 de julio de 1996 en la prisión de Risdon, en Tasmania (Australia), al acusado Martin Bryant. Los documentos del caso fueron accesibles por la filtración de WikiLeaks, y, previa traducción a cargo de Sílvia Sanfeliu, Casanovas se limita a interpretarlos escénicamente, pero asegura que tanto las palabras escuchadas en la función como el orden de las frases es tal cual aparece en la transcripción oficial.

Esto todavía hace más atractiva la propuesta, porque si alguien la viera sin conocer su contexto real, de realidad, de no ficción, creería que es una pieza teatral original, un thriller perfectamente tramado, con los giros oportunos en los momentos adecuados, con la dosificación de la información perfectamente planeada para mantener el interés del espectador, con ambigüedades que despisten el juego deductivo del público que trata de juzgar la inocencia o culpabilidad del reo, con unos personajes bien definidos,… Pero una vez más se demuestra que la realidad supera la ficción. O, dicho de otro modo, que no hace falta inventar cuando la realidad nos proporciona materiales tan suculentos como este interrogatorio. Porque, si Ruz-Bárcenas nos atrapó por lo cercano del caso, Casanovas consigue que, en esta ocasión, lo que nos atrape sea el saber que lo que estamos presenciando ocurrió de verdad. Tal vez con otros matices, pero con las mismas palabras.

El teatro del CCCB, con público a dos bandas, se convierte en la sala de interrogatorios de la prisión australiana. En ella entran y se sientan en una mesa, de perfil a los espectadores, el preso y los dos inspectores, que harán a su vez el papel del poli bueno y el poli malo. Para que el público no se pierda detalle de las expresiones faciales de los intérpretes ­–sobre todo del preso−, una pantalla de vídeo en directo permite ver de cerca y de frente los extremos de la mesa donde están sentados. Durante la hora de espectáculo, que casi sabe a poco, el ritmo de la acción y de cómo va desvelándose la información mantiene el interés en cotas muy altas, no se desconecta de lo que ocurre en escena ni un segundo. Todo se observa con atención, todo se escucha con avidez, todo se interpreta, con todo se elucubran posibilidades sobre qué está ocurriendo realmente en esa sala.

El tema de fondo, además, es un debate todavía candente veinte años después de los hechos que narra, sobre todo en la sociedad americana, donde cada día siguen muriendo personas por armas de fuego, unas armas al alcance de casi cualquiera. También Port Arthur supone un ejemplo de cómo un gobierno responsable aborda ese problema y de las consecuencias positivas de esas políticas.

Tal vez todo esté sonando demasiado hermético y críptico, pero sería un delito desvelar el más mínimo detalle sobre el argumento de la obra, porque jugar a descubrirlo en vivo y en directo es también lo que le aporta intensidad al montaje. La misma intensidad que transmiten los actores en escena: Dafnis Balduz hace un magnífico trabajo en el convincente −a pesar de lo difícil− papel del preso; Javier Beltrán, con su habitual savoir faire escénico, da vida al poli bueno, al que va más allá del interrogatorio, de la investigación, y pretende descubrir cómo funciona realmente la mente del ser humano, sobre todo cuando parece perturbada; y, finalmente, un Manel Sans un tanto chillón en algún momento de la función, encarna al poli malo, al que sólo busca impartir justicia y que el prisionero reconozca su crimen, por los medios que sean necesarios. Los tres están dirigidos con soltura por Casanovas, que hace una interpretación perfectamente plausible de lo que pudo acontecer en aquella sala, de lo que se desprende de las palabras y, no menos importante, de los silencios.

Port Arthur resulta una muy buena apuesta tanto por parte del equipo artístico que la compone, como por parte del espectador que la elige. Ojalá pueda verse de nuevo en Barcelona, fuera del marco del Festival Grec −en el que sólo está en cartel un par de semanas, hasta el domingo 24−, y también, por supuesto, en el resto del estado, porque no deja de ser escalofriante la poderosa atracción de la no ficción.

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