La persistencia del tiempo

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reflection-in-mirrorSoy la prolongación de mi propio ser. Ante mis pupilas, mi imagen gemela se prolonga traspasada, devorada por la impaciencia del instante. Detrás, a mi espalda, otro yo me mira vigilante, censor; mientras mis palabras se congelan eternamente mudas. Mi rostro turbado, mi ceño fruncido me contagia. Soy yo de nuevo. Lo sé. Permanezco con toda certeza.

Tras la frontera preconsciente, que rinde culto a la inconciencia de la consciencia, he descubierto al fin mi última proyección. Siempre concatenada, conformando con sus hermanas un brazo tripartito alargado. Una devoradora locura real entre mi yo, el super yo y el ello. La carga del destino no se disculpa. Cierro los ojos. Despierto, transportado en el tiempo. Ahora la historia se adentra en un complejo laberinto de espejos nítidos. Unos niños cruzan un paso de peatones. Los observo. Distingo sus cuerpos mutilados, castrados, penetrados. Comienzo a llorar lágrimas de sangre. No puedo huir. Quisiera fugarme -grita, aún, la conciencia turbada por la presunción de los medios-. Me vengaré del Minotauro. Lo juro –repito-, mientras mis labios permanecen sellados en silencio.

Aterrado, aparto la mirada hacia otro punto de referencia. Giro sobre mí mismo. Permanezco sentado. Ni siquiera lo he notado. Atento, percibo la Torre de Babel. Minuciosamente describo su estructura arquitectónica perfilada hacia el cielo. Indago. La voz recupera su tesitura. Su cariz. La palabra alzada, paradójicamente, recita poemas sobre el espacio conocido. Desconozco mi lengua; sin embargo. A mi lado se ha sentado un anciano ciego, lleva entre sus manos un viejo bastón. Siento calor humano. Su aliento susurrante suspira próximo. Inquebrantable. La voz parece una profecía en el desierto. Apaciguadora. Los ojos cansados por el polvo, nublados para siempre. Expectantes. Dialécticamente diserta. Los sentidos me sustraen. Me reconforta su monólogo. Es extraño. Analizo la situación nuevamente hasta lograr tranquilizarme. Hablamos un mismo idioma. El universo mágico de la realidad expresada. Aleph. Cada palabra es un jardín de senderos que se bifurcan -medito y me contradigo a un tiempo-. El pensamiento ha surgido de las profundidades de mi corazón; como un pálpito vespertino, como un deseo de infancia añorada. Sonrío. El deseo se esfuma entre la niebla. El viejo Parménides se adentró, cuidadosamente, en la oscuridad de Babel para siempre. Los labios sedientos recorren la angustia de la pérdida.

Encallecidas están mis manos, ahora, como los robles centenarios. No siento el viento penetrando sobre un rostro ya gélido. La muerte adormecida aún respira para asesinarme. As time goes by. Vuelvo a cerrar los ojos. Atravieso un pasillo en forma de L, transformado en una pieza de ajedrez ajena a su destino. Una más supongo. Una de tantas bajo el dominio del Séptimo Sello. Deténgome, un instante quizá, ante un espejo situado a mi izquierda. Distingo nítidamente la palabra, al tiempo diserto sobre el bien y el mal; si es cierta la persistencia de la premisa convocada o es una delimitación confusa de la circunstancia humana. Adiós a la moral sin moral. Reniego del comportamiento humano si es su deseo de permanecer. El alma es una circunstancia. Un juicio implorado. Concedo un resquicio a la vida, me digo. Deseo el deseo de comprimir el tiempo, el espacio, y la quietud de la velocidad comprometida con el silencio involuto. Reflexiono. El principio del verbo habla a través de mí, auspiciado por un ave cornúpeta –Verbo, eres palabra sencilla, infinitamente recordada como el aliento de Pandora susurrado y conjugado; cuya verdad, sin disculpas, nos hace ser simples. Inmortales a nuestra existencia-.

Entonces adormezco entre la persistencia del tiempo cíclico.

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