La pereza: ¿un pecado capital o una tendencia del comportamiento humano?

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“No existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza”.

Ésta es una cita del gran novelista y poeta Samuel Beckett. Para entender su significado, es necesario saber qué se entiende por pasión. Según la Real Academia Española, es lo contrario a la acción, es un estado pasivo en el sujeto.

Como Beckett quería decir, seguramente, y más de una vez, habrás pensado al despertarte “ojalá no tuviese que ir a trabajar para poder quedarme en la cama todo el día”. O tenías tareas, como por ejemplo ir a lavar el coche, y en tu mente el dicho “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”  se ha convertido de repente en “deja para mañana  todo lo que puedas hacer hoy”. Y al día siguiente, pensaste que ese día era hoy, así que ya lo harías mañana…

Y es que, en principio, la pereza tenía una razón evolutiva: el cuerpo y cerebro de los humanos debían ahorrar energía para poder gastarla en aquellas épocas en las que los recursos escaseaban. Pero si ahora esta desidia ya no es necesaria ¿por qué seguimos siendo tan perezosos? ¿Por qué nos cuesta tanto ponernos en marcha?

Según Luis Landero, autor del libro “Tumbados y resucitados”, los hombres se abandonan a la inacción sin previo aviso ni razón aparente, sin ningún síntoma de enfermedad y en pleno uso de sus facultades mentales.

El psicólogo Luis Folgado Torres, de Psicólogos Especialistas Madrid, apunta que demasiada pereza y dejadez hacen que los esquemas mentales del sistema nervioso (que son los que nos permiten pensar con rapidez y eficacia) y del sistema periférico (que nos permite desenvolvernos con mayor facilidad y habilidad), se debiliten, produciéndose así una conducta más lenta y menos precisa. En cristiano: la pereza llama a la pereza, cuanto menos hagamos, menos querremos hacer y más nos costará salir de ese estado de flojera.

Sin embargo, a pesar de la visión negativa generalizada que hoy en día tenemos sobre la pereza, ésta también tiene su lado bueno; es necesaria en muchas ocasiones, ya que se trata de un mecanismo de ahorro de energía, con el que el cerebro ahorra glucosa y ATP (adenosín trifosfato), molécula muy importante en la transmisión de energía. En palabras de Folgado “es muy posible que, en tiempos remotos, los homínidos tuvieran sólo acceso esporádico a las fuentes de nutrientes, de ahí que adoptaran esta medida”.

Por esa necesidad de ahorro de energía también se entiende por qué hay más perezosos en las zonas donde el calor es mayor y más sofocante, y por qué en la cultura mediterránea hay más personas que se ‘activan’ por la noche.

Hay varios factores que influyen a la hora de desperezarse: la exposición a la luz del sol y condiciones ambientales en general, las horas de sueño… pero también hay otro tipo de factores que vienen dados por herencia genética: hay personas que son más activas y rinden más por la mañana, mientras que hay otras que están más despiertas por la noche, y que encuentran en ella su inspiración para actuar, trabajar, pensar…

Una vez que hemos  entendido que cierto nivel de pereza es bueno tanto desde el punto de vista físico como psicológico, queda despejar la incógnita del significado que tiene este mecanismo ancestral para el hombre actual.  El psicólogo Luis Folgado propone una alternativa, que consiste en “encontrar una forma de ocio enriquecedora, capaz de responder a un complejo entramado psicosocial”. Es decir, que  debemos saber qué hacer con el tiempo que nos sobra, esa holgazanería debe hacerse rica en experiencias, esto es, todo lo contrario a la pereza. En vez de quedarnos tumbados en el sofá de casa, podríamos aprovechar el tiempo libre dando un paseo, leyendo un libro, visitando un museo, o tomando algo con los amigos.

Hay que saber diferenciar entre pereza y ocio. No son la misma cosa. Fueron los romanos quien introdujeron este término, “ocio”, para diferenciarlo del negocio (el negocio es la negación del ocio, lo que las personas hacen para obtener ingresos). Mientras que en el ocio la persona se dedica a hacer aquello que desea y le agrada, la pereza consiste en que ese mismo individuo no haga nada, ni ocio ni negocio.

Pero ¿cómo hacer que la pereza y la desgana de hacer algo productivo con nuestro tiempo libre llegue a convertirse, efectivamente, en ganas de hacer algo provechoso con dicho tiempo de ocio?

A pesar de que existe una tendencia del ser humano a la vaguería, la ciencia no cree que el hombre sea holgazán por naturaleza. Según el doctor Mel Levine, profesor de Pediatría de la Universidad de Carolina del Norte, y autor de “Contra el mito de la pereza”, nadie es vago de por sí. Normalmente, según dice, se debe a una disfunción psicológica, a heridas emocionales o a temores y miedos que convierten la pereza y apatía en un instrumento de huida de su propia realidad, para evitar enfrentarse a determinadas actividades. Folgado llama a esto “síndrome amotivacional”, y señala que “nadie que no se sienta reforzado por una actividad la va a realizar, a menos que se le vaya en ello su propia supervivencia”. En otras palabras, preferimos quedarnos en casa, muertos de aburrimiento, si somos conscientes de que el ocio que nos ofrecen no nos conducirá a satisfacciones personales, como el sexo o la amistad.

Una vez que se ha dado con el origen de la pereza, los remedios para luchar contra ella parecen más que obvios: fuerza de voluntad y conciencia de necesidad. La psicóloga clínica Concha Etiens dice que “hay que activar la motivación, la autoestima, y la consecución de objetivos, de modo que la persona quiera realizar cambios en su conducta”.

Sin embargo, esta misma psicóloga también señala que la pereza puede tener un origen patológico, en aquellas ocasiones en las que una persona está demasiado inactiva, y se siente muy cansada. Entonces habría que  proceder a descartar problemas médicos como fibromialgia, enfermedades hormonales  o cansancio crónico. Si éste fuera el caso, habría que medicar.

En definitiva, no existen terapias contra la pereza (sí hay sustancias psicotrópicas que pueden estimular el cerebro y atenuar la pereza, pero en la mayoría de los casos lo que hace es enmascararla)

El mal disminuye o incluso desaparece únicamente si eliminamos el sustrato que lo provoca y lo mantiene. El reto es complicado, mucho más complicado, en aquellas sociedades en las que todo nos lo dan mascado.

Fuentes de la información
Revista Quo- nº192- Septiembre 2011
http://www.culturaclasica.com/?q=node/1196
http://www.rae.es
Fuente de la imagen
http://lamoradadelospensamientosmuertos.blogspot.com/2011/02/cansado.html

1 Comentario

  1. Me ha encantado este artículo pero, sobre todo, el último párrafo donde haces referencia a la sociedad y me hace pensar en el conformismo y pasotismo de la sociedad española y en especial de la juventud ante la que está cayendo.

    La desidia lleva a más desidia…

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