La otra Semana Santa Española

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Pese a que la Semana Santa más conocida a nivel internacional es la de Andalucía y concretamente la de Sevilla, en España existen otro tipo de rituales católicos menos conocidos por la población, pero no por ello dejan de ser tan espectaculares y a veces, convertidos en temas polémicos y de debate. Estos son los tres ritos más impactantes que siguen celebrándose en nuestro país.

El Pregón y El Sermón de las Siete Palabras de Valladolid.
Se celebra a las 12 de la mañana del Viernes Santo en la capital de Castilla y León. La Plaza Mayor se convierte en un escenario del s.XVI, donde un sacerdote reflexiona sobre las Siete Palabras que Jesús pronunció antes de morir: Padre, perdónales porque no saben los que hacen; Hoy estarás conmigo en el Paraíso; Madre, ahí tienes a tu Hijo; Dios mío, Dios mío porque me has abandonado; Sed tengo; Todo está consumado; En tus manos encomiendo mi Espíritu.

Por la tarde se celebra la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor, con un recorrido desde la Última Cena hasta la soledad de la Virgen. Por las calles de Valladolid, se pueden contemplar los valiosos pasos tallados en los siglos s.XVI y s.XVII.

Los “Picaos” de San Vicente de la Sonsierra. La Rioja.
Es una de las manifestaciones religiosas más conocidas y curiosas de España. Se celebra en la localidad riojana de San Vicente, con la Cofradía de la Santa Veracruz. Actualmente no se puede hablar de la persistencia de este ancestral rito en ningún otro lugar.

Requisitos para ser un “picao”: mayor de dad, varón y certificado del Párroco, que acredite su sentido cristiano y su buena fe. Una vez cumplidos éstos, acudirá a la sede donde se le asignará un acompañante, hermano de la cofradía, que le servirá de guía, ayuda, consejo y protección, durante el tiempo de su penitencia.

Una vez llegada la Hora Santa,  se arrodillará ante el paso al que ha hecho la promesa, rezará una oración y al ponerse en pie, se retirará la capa y se le abre la abertura de la espalda. Comienza su camino con una madeja empuñada en las dos manos, y balanceándola entre las dos piernas, se irá golpeando la espalda mientras va caminando lentamente.  Así lo hará durante unos 20 minutos (entre 800 y 1000 golpes), hasta que el acompañante y el práctico decidan cuando es el momento de ser pinchado.

Llegado ese momento, se inclinará y colocará la cabeza entre las piernas del práctico, quien el pinchará doce veces en la espalda, en representación de los doce apóstoles, para que fluya la sangre, evitando molestias posteriores, nunca para mortificar o aumentar el sufrimiento. El utensilio que tradicionalmente se utiliza para “picar” se denomina “esponja” y consiste en una bola de cera virgen con 6 cristales incrustados de dos en dos.

Finalizada la penitencia, disciplinante y acompañante vuelven a la cofradía donde al practicante se le lava y se le cura las pequeñas heridas con agua de romero y con meticulosidad.

Los “Empalaos” de Valverde de la Vera. Cáceres.
Durante la noche del Jueves al Viernes Santo, hacia las 12 de la madrugada, por las calles de este pueblo cacereño, se reúnen valverdanos y forasteros para ver pasar a los “empalaos” en su Vía Crucis penintencial.

Estos penitentes son hombres que en algún momento de su vida hicieron la promesa de vestirse de empalao. Una vez llegado el Jueves Santo, a una hora determinada por el penitente, éste se reúne en la casa de un particular donde un conjunto de hombres, de confianza para él, comienzan a vestirle de la siguiente manera: el penitente se presenta descalzo y desnudo ante estos hombres, se le pone la primera de las prendas, una saya blanca, ajustada a la cintura que oculta sus vergüenzas, hecho esto, el empalao  flexiona los brazos sobre la cabeza y comienza la parte más importante del largo proceso, liar una basta soga alrededor del pecho. Vuelta a vuelta hasta casi las axilas, intentando no pellizcar la carne del empalao ni dejar espacios, ya que esto supondría la aparición de hematomas y rozaduras por el movimiento y la presión ejercida tras todo el Via Crucis.

Una vez cubierto el tórax el penitente pone los brazos en cruz, y sobre los hombros se le pone un madero (antiguamente era el madero de un timón de arado) que será sujeto a los brazos del empalao con la misma soga hasta las manos.

Hecho esto, mientras unos hombres terminan las ataduras de las manos, otros fijan en la espalda dos grandes espadas cruzadas.

Le cubren la cara con un velo blanco, y le colocan sobre la cabeza una corona de espinas.

A estas alturas, lo único que falta es anclar a la altura de los codos, tres bilortas de hierro de los arados, las cuales, cuando estén en movimiento producirán un tintineo que acompañará al empalao durante las diferentes estaciones del Via Crucis.

Comenzando así su recorrido por las calles de Valverde de la Vera, irá acompañado por el cirineo, su inseparable compañero que le alumbrará durante todo el trayecto, en el cual, puede encontrarse con otros “empalaos”. Ambos deberán arrodillarse frente a frente, para erguirse de nuevo y seguir su camino.

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