La opinión pública y la dictadura de los medios. Manual práctico de escape

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¿Alguien duda de la influencia que los medios de comunicación tienen en la sociedad? La historia ya nos lo ha enseñado, con capítulos suyos variopintos (desde el papel de la radio en el auge de los regímenes fascistas hasta “La guerra de los mundos”). Con la mejora de las tecnologías (la mayor eficacia de la televisión al unir sonido e imagen, la era digital e Internet, etc) se perfecciona también la capacidad persuasiva, por medio de una especialización mayor y una omnipresencia de los medios en la vida de la gente. Hoy en día, ésta es asfixiante; el ejemplo claro es la publicidad. Uno no puede realizar cualquier actividad sin toparse con publicidad en prensa, en Internet, en vallas y autobuses; miles de horas de televisión y radio, publicidad subliminal, electoral, abowe the line, below the line, anuncios, patrocinios, spots, en revistas y publicaciones, en el Metro, en foros y blogs, en marquesinas, buzoneo, un infinito etcétera. En el capítulo titulado “La persuasión invisible” de su libro, Cómo nos venden la moto, Ignacio Ramonet formula una pregunta clave, a la vez que inquietante: “¿Cómo salir indemne de este bombardeo?”.

Pero, ¿cómo es influenciada por los medios la opinión pública? Ésta, que antiguamente era propia de unas élites (clases altas reunidas en clubs o salones), es ahora un privilegio general; sin embargo, la supuesta libertad no es absoluta cuando la opinión de uno mismo resulta intencionadamente encaminada. Por supuesto, los mensajes no influyen igual a todos los ciudadanos. El marco social, la educación, la capacidad crítica y otro gran número de factores hacen que un idéntico mensaje no sea igual de eficaz para uno u otro receptor. Pero por mucha que sea la capacidad crítica del individuo, y por muy impermeable que se muestre a la propaganda, es inevitable resultar influido. Más aún cuando muchos de los conocimientos que tiene una persona le llegan de los medios de comunicación. Luis González Seara, en su libro Los efectos de los medios de masas y la opinión pública, dice: “La televisión cumple una función muy importante en el proceso político, que es la de informar y dar a conocer, por ejemplo, a un candidato. La gente no suele votar a desconocidos, y en ese sentido la televisión es un medio útil” (Seara 1968). La vedetización de los políticos, en palabras de Cazeneuve.

En adelante intentaremos analizar en qué aspectos los medios de comunicación influyen a la opinión pública, y de qué modo se puede “escapar” de la dictadura del pensamiento único que los medios se acercan a implantar.

Agenda Setting.
Para la creación de opinión, el público necesita información. Y en la elección de dicha información está el primer paso de la manipulación informativa. Aunque los medios pretendan aparentarla nunca es posible una imparcialidad absoluta, y la subjetividad empieza en el mismo momento de la elección de qué es noticia y qué no.

La teoría de la agenda setting señala la importancia de los medios a la hora de seleccionar, día a día, los temas más importantes a tratar para la opinión pública. Los acontecimientos elegidos para abrir los informativos o aparecer en primera página son los que más impacto suponen en el lector o espectador; del mismo modo pueden influir cuestiones formales, como el tamaño de los titulares o la imagen, el espacio concedido… Igualmente un seguimiento excesivo a un acontecimiento hace a la gente considerar ese hecho, en ocasiones, más importante y paradigmático de lo que realmente es (casos recientes: Marta del Castillo, Madeleine).

Curiosamente las realidades, dependiendo de los intereses editoriales, pueden llegar a ser radicalmente diferentes. En un seguimiento reciente de noticias en los periódicos El País y La Razón di con un ejemplo interesante, con respecto a la noticia de las acusaciones a Tony Blair sobre la intervención en la guerra de Irak y la investigación realizada en torno al ex primer ministro británico. En El País, durante el mes de noviembre del 2009, la noticia fue tratada extensamente hasta llegar al punto de ser primera página (el día 29 de noviembre). En La Razón, sin embargo, la misma noticia nunca fue mencionada. Es uno de los muchos ejemplos de cómo los intereses editoriales (en este caso, la afinidad a uno u otro partido político, que pueda ser relacionado indirectamente con el acontecimiento) influyen en la selección de qué suceso es digno de primera plana y cuál no.

La pregunta esencial es si en la creación de la agenda setting influyen únicamente intereses de los medios, o también los del público. Por supuesto, los ciudadanos intervienen en la creación de la agenda setting. Según Seara, lo normal será que los medios propugnen unos mensajes acordes con el sistema social de referencia. “La tendencia es la de hacer emisiones que estén de acuerdo con los gustos que el público expresa en los sondeos de opinión. Por tanto, se trata de enviar unos mensajes que los productores saben de antemano que serán bien recibidos”. (Seara: 220).

Pero no todo se reduce a la elección temática. Otra fase de la teoría de la agenda setting es el framing, o encuadre: el marco interpretativo de la información. El dar importancia a uno u otro aspecto de la noticia es algo igual de humano que de inevitable, y contribuye a una manipulación en ocasiones invisible (y en otras, no tanto). Un ejemplo sorprendente por lo ridículo lo encontré haciendo el seguimiento informativo antes mencionado de los periódicos El País y La Razón. En La Razón, medio crítico con el socialismo iberoamericano, se incluyó en una noticia sobre Fidel Castro una información del todo fuera de lugar; literalmente decía que Castro y su mujer “están casados en 1980, aunque mantenían relaciones desde 1961”. Era una forma de poner el interés no en la figura política, sino en la vida personal del ex dictador, con una curiosidad privada que aporta poco a la información –pero que, para los lectores de La Razón, sí tiene una utilidad: la de reforzar el descrédito y desprestigio desde un punto de vista conservador-.

Líderes y estereotipos.
Los medios de comunicación son una de las principales fuentes para la creación de la opinión pública, y una de sus técnicas es reducir a estereotipos la realidad. Explica el influyente autor Walter Lippman: “Los estereotipos constituyen una imagen ordenada y más o menos coherente del mundo (…). En él, las personas y las cosas ocupan un lugar inequívoco y su comportamiento responde a lo que esperamos de ellos. (…) No debe sorprendernos, pues, que cualquier alteración a nuestros estereotipos nos parezca un ataque contra los mismísimos pilares del universo, ya que sin duda constituye un ataque a los pilares de nuestro universo. (Lippman 2003: 93).

El estereotipo, ya existente en cada cabeza, se nutre de un deseo de simplificación, del estilo de vida creado por la publicidad que pretende generar una identificación (felicidad, juventud, belleza… etc). Corre el riesgo de promover, como en muchos casos sucede, generalismos negativos -como el sexismo, el racismo o la discriminación-. Cuando un nuevo estereotipo ocasiona conflictos en el individuo, la influencia peligra. Según Lippman, si el estereotipo coincide con lo que se esperaba queda reforzado para siempre, pero si no lo hace puede ser desdeñado por el propio individuo. ¿Podemos imaginar el trauma personal de una persona cuyos estereotipos han sido aniquilados, cuyos pilares de creencia se han venido abajo? Así Javert, viendo que el hombre al que odiaba le salvó la vida, optó por el suicidio.

Los líderes son otro instrumento de influencia. Desde las teorías de Nicolás Maquiavelo, padre de la política moderna que en el siglo XVI opinaba que para un líder “es mucho más seguro ser temido primero que amado, cuando se tiene que carecer de una de las dos cosas” (Maquiavelo 1999: 80), el concepto del líder ha cambiado mucho (pasando de figuras políticas a personajes populares o televisivos). Sin embargo, es obvio que un líder debe tener una gran capacidad de influencia, lo cual tiene el peligro de llevar a las masas al acatamiento y la pasividad. “Los símbolos permiten, pues, que la masa se movilice a base de inmovilizar la personalidad de cada individuo” (Lippman 2003: 200). Vemos por lo tanto que todo líder tiene el mismo efecto en la masa -ya sea el Príncipe de Maquiavelo o una estrella del pop-.

La manipulación y el pensamiento único.
Los medios de comunicación son la forma de informarse de realidades o acontecimientos que de otro modo el individuo no podría conocer. Es la fuente principal para los individuos de nutrirse de nociones políticas, acontecimientos o cuestiones de interés público. Según Lippman, que los medios nos describan el mundo tiene el riesgo de que sólo conozcamos un mundo imaginario, debido a que “el mundo real está fuera de nuestro alcance, de la mirada y de la mente”. (Lippman 2003).

La manipulación es un peligro para el cual la gran mayoría de los individuos están indefensos, debido a que muchas veces no es percibida (no en vano, la publicidad tiene como objetivo llegar directamente al subconsciente, sin pasar por la razón). Todo eso surge de la concepción de la masa. Maquiavelo reflejaba en El príncipe su bajo concepto del criterio de la ciudadanía y cómo era conveniente manipularla: “Es necesario tener gran habilidad para fingir y disimular: los hombres son tan simples, y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar” (Maquiavelo 1999: 84).

Desde los métodos de entonces, el “engaño” se ha refinado hasta hacerse incluso aceptado. Ignacio Ramonet, en el libro Cómo nos venden la moto, realiza un interesante análisis de cómo el término “informar” ha cambiado en la actualidad, con la influencia de la televisión. Por ejemplo, el modo en que, gracias a la ideología del directo, los medios se limitan a hacer al espectador asistir al acontecimiento y mostrarle cómo se produce éste en lugar de responder a las preguntas esenciales (¿quién?, ¿cómo?, ¿por qué?, ¿con qué consecuencias?, etc). “De este modo se establece, poco a poco, la engañosa visión de que ver es comprender” (Ramonet 2002: 87). Del mismo modo, habla de la modificación del concepto de veracidad, que antes correspondía a una verificación de fuentes y ahora se basa en que otros medios repitan las mismas afirmaciones y las confirmen.

En el mismo libro, Noam Chomsky es categórico y habla del “rebaño desconcertado” y la conveniente forma de educarlo por mano de los “hombres responsables”. “Acaso entretenerles simplemente con la final de la Copa o los culebrones no sea suficiente y haya que avivar en él el miedo a los enemigos”. A los ejemplos sobre cómo Hitler difundió el miedo a los judíos y gitanos entre los alemanes, Chomsky añade otros casos actuales de “terrores” difundidos en Estados Unidos: el peligro ruso durante la Guerra Fría, los terroristas internacionales, los narcotraficantes. “Tenemos así, pues, uno de los métodos con el cual se puede evitar que el rebaño desconcertado preste atención a lo que está sucediendo a su alrededor, y permanezca distraído y controlado” (Chomsky 2002: 35).

Los medios de comunicación llegan a ser en algunos aspectos un nuevo control social al estilo de los descritos por Orwell y Huxley, y en ocasiones son grandes responsables del conformismo de las masas y la homogeneidad del pensamiento. La metáfora de las distopías está ya muy trillada, pero poca gente se siente realmente atemorizada. Ignacio Ramonet, desde un punto de vista alarmista, opina que el pensamiento único tiene “una fuerza de intimidación tan grande que ahoga toda tentativa de reflexión libre y hace muy difícil la resistencia contra este nuevo oscurantismo” (Ramonet 2002: 60). Ante esta evidente hecatombe, ¿no es absurda tanta pasividad?

La esperanza. El pensamiento crítico.
Pero, a pesar del pesimismo de Ramonet, hay algo seguro: que es imposible un sistema sin un solo “insurrecto” u opositor. Del mismo modo que gran parte de las masas espectadoras asumen los mensajes publicitarios o informativos, hay fragmentos de éstas que se cuestionan su veracidad. McCombs dice que “el público no es un autómata que está esperando de manera pasiva a que los medios de comunicación le programen” (McCombs, 2006: 186).

Por fortuna, tenemos muchos ejemplos de individuos que, habiendo sido educados dentro del mismo sistema que el resto, deciden sobresalir y engrosar movimientos antisistema, anticapitalistas, antiglobalización, etc., o casos en los que los gobiernos te dan de bruces con una opinión pública en contra (el gobierno de Aznar después de la intervención en Irak, por ejemplo). Hablando de la cultura disidente y los movimientos de solidaridad, Chomsky tiene una opinión muy esperanzadora: “A pesar de toda la propaganda y de todos los intentos por controlar el pensamiento y fabricar el consenso, lo anterior constituye un conjunto de signos de efecto civilizador. Se está adquiriendo una capacidad y una buena disposición para pensar las cosas con el máximo detenimiento. Ha crecido el escepticismo acerca del poder” (Chomsky 2002: 31).

La razón principal de ese “escepticismo” es, sin duda, la educación; especialmente en la época actual, en la que la información está más que nunca al alcance de todos. He aquí uno de los aspectos más positivos de los medios de comunicación. Según Seara: “Los medios de masas vienen a aumentar la información del individuo, y, por consiguiente, su capacidad crítica” (Seara 1968: 206). De modo que existe una paradoja en la saturación de información. Ésta, dependiendo del receptor, tiene un efecto anestesiante, pero también adiestrador y formador del pensamiento crítico. Cabe preguntarse si el monstruo puede acabar devorándose a sí mismo.

Conclusiones.
Partimos de lo incuestionable, que los medios de comunicación tienen una gran influencia en la opinión de las masas, y desde ahí podemos llegar a otras conclusiones: la influencia de los medios de comunicación en la opinión pública no es menospreciable, pero tampoco absoluta. Como hemos visto hay un equilibrio entre la influencia de los mensajes en el público y del público en los mensajes (por ejemplo, interviniendo en la elección de temas trascendentales y creación de la agenda setting).

A la hora de la creación de una opinión, por su calidad de informadores y difusores de los acontecimientos los medios son los instrumentos más importantes que el hombre tiene en el presente. Seara llega a la conclusión de que “sin los medios de masas no existiría la opinión pública, tal y como la conocemos hoy” (Seara 1968: 222).

Sin embargo, aunque es bueno el aprovechamiento de las tecnologías que permitan globalizar la información, es evidente el gran peligro del adormecimiento de las masas y la manipulación. En aras de evitar la dictadura de los valores únicos y la apatía, el ciudadano debe procurar adquirir una educación y sentido crítico necesarios. Sólo de esa forma puede evitar caer en el conformismo y la credulidad, y acabar engrosando el “rebaño desconcertado” de Chomsky.

Pero aquí se da la paradoja antes mencionada. Siendo los medios de comunicación de masas los principales “educadores”, y bajo el peligro del dirigismo y la manipulación, la salida es difícil, pero no imposible. Ésta puede buscarse, por ejemplo, en fuentes de información alternativas (medios independientes, libros, conferencias…), de modo que el ciudadano cree libremente su propia opinión. En conclusión, nosotros tenemos la llave para salir; es necesario convencernos de que la puerta existe.

Libros y autores utilizados:
Chomsky, Noam y Ramonet, Ignacio.
Cómo nos venden la moto. 2002. Barcelona, Icaria.
Lippman, Walter.
La opinión pública. 2003. Madrid, Langre.
Maquiavelo, Nicolás.
El príncipe.
1999. Madrid, Millenium.
McCombs, Maxwell. Estableciendo la agenda. 2006. Barcelona, Paidós.
Seara, Luis González.
Los efectos de los medios de masas y la opinión pública. 1968.

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