La omnipresencia de Gutemberg en las aulas de Periodismo

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Fue hace cuatro años cuando, recién llegada a la facultad, oí por primera vez –no había tenido antes el gusto- hablar de un señor llamado Johannes Gutemberg, un iluminado del siglo XV que inventó la imprenta y revolucionó el mundo. Favoreció la alfabetización, acercó la cultura al pueblo, hasta entonces en manos de unos pocos, promovió la proliferación de los libros y  aceleró la desaparición de los manuscritos, para desgracia de los copistas, que vieron cómo su profesión era desplazada por una máquina. A Gutemberg hay que agradecerle la democratización del saber, la universalidad de los conocimientos básicos, la erradicación del analfabetismo. En definitiva, hacer fácil lo difícil.

Lo que él no sabía es que su historia sería contada, recontada y mil veces narrada en las aulas de periodismo, ni que su invento pasaría a ser el epicentro del temario de un estudiante de esta facultad. Lejos de querer desprestigiar al padre de la imprenta, mi objetivo es denunciar la mala estructuración de la carrera, la incesante aparición de determinados acontecimientos en los apuntes de diferentes asignaturas y la insoportable reiteración del nacimiento del tipo móvil.

Básicamente, la decepción que supone, muchas veces, estudiar periodismo. Hay quien, ilusos como yo, se esperaba algo mejor, más práctico, quizás, más consistente, menos dogmático. Por no confesar la instintiva sospecha de que, a fin de conseguir convertirla en una licenciatura e igualarla en rango a las carreras de ciencias –eternos rivales, siempre creyéndonos por debajo-, la inflaron de materias que no tienen otro sentido que el de irritar y exasperar a quienes las estudian.

Para ser justos, no es el fantasma de Gutemberg el único que sobrevuela por los pasillos del búnker de ciencias de la información, sino que espectros con distintas formas y tamaños se aparecen de cuando en cuando. Cómo se explica, me pregunto, que una regla dividida por una mediana y marcada por cíceros y centímetros siga siendo requerida para maquetar los din-A4. Es el conocido tipómetro –cipómetro, dicen las malas lenguas-, un instrumento vanguardista que te hacen aprender a utilizar para distribuir correctamente el titular, la entradilla, la foto y demás en un texto periodístico.

Puede ser que mi aversión proceda de mi incapacidad para aprender a manejarlo, quién sabe, pero mantengo mi empecinamiento en considerarlo una herramienta inútil, dada la existencia de programas informáticos que, como hizo en su día la imprenta, han sustituido el trabajo manual por la magia tecnológica.

Lo único que mueve mi crítica es que me molesta enormemente que se desperdicien las oportunidades que podría brindar una carrera como ésta. A un periodista se le exige mucho cuando accede al mercado laboral. Algunas son cualidades innatas y otras, como es obvio, deberían ser dadas durante el proceso de formación universitario. Desde la certeza de considerar al periodismo una gran profesión, me duele admitir la decepción que supone pasarse cinco años estudiando algunas cosas que, ojalá me equivoque, no servirán de mucho.

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