La mente en blanco

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Desde tiempos de la ‘fiebre del sábado noche’ no se percibía a tanto gentío en Madrid menear el esqueleto al son del mogollón de autómatas alucinados y alucinantes que transitaban por las calles más castizas, una multitud de almas que iban y venían sin sentido alguno, a no se sabe dónde y no se sabe hasta cuándo. Desde tiempos de Tierno Galván no se veía a tanto madrileño, visitante ocasional o turista accidental recorrer el casco histórico capitalino más perdido que una aguja en un pajar. El caso era echarse a la vía pública como seres poseídos, como endemoniados conciudadanos a disfrutar de un paseo nocturno en familia bien arrejuntada, que el papá y la mamá no salían juntos de casa desde el bautizo del vecino.

Y es que esta cuarta edición de La Noche en Blanco estuvo marcada por la austeridad económica del municipio, al igual que lo estuvieron las propuestas artísticas y culturales, cual caramelo insípido, inodoro e incoloro recubierto por un envoltorio artificiosamente artificial. Dentro de algún tiempo la edición del 2009 quedará reflejada en los anales de la Historia como una noche en blanco con espectáculos maquinados por algunos artistas que también pusieron su mente en blanco al comenzar sus creaciones, y a los que después se les olvidó accionar el interruptor.

Tan blanca y limpia fue la noche soñada que el camino de luz planteado en la Gran Vía se llenó de colores transparentes y vacíos de toda espectacularidad. Mucho colorín colorado para una céntrica avenida ya centenaria que se quedó a oscuras, a espaldas de otros años en los que esa misma Gran Vía se transformó en la octava maravilla del mundo por una noche. Tampoco se vistió de gala el Paseo del Prado y alrededores, donde se representó el timo de la estampita mediante tulipas verdes incrustadas en nuestras queridas farolas habituales de aire retro, ¡pero qué rancias y añejas quedaron las pobres!, si pudieran hablar las susodichas a alguno lo desterraban por siempre jamás, llevándose consigo las maravillosas bolsas de suero verde que iluminaban el pasillo central del Jardín Botánico.

El Ayuntamiento hizo gala de una actitud políticamente correcta al negociar con una economía sobria las distintas contrataciones para organizar la presente edición de la Noche en Blanco, pero fue una actitud tan roñosa que el espectáculo se quedó en un quiero y no puedo sangrante para las arcas institucionales. Tan sangrantes como la original propuesta del Matadero, un lugar muy apropiado para donar sangre a cambio de plataformas giratorias que ofrecían sushi, todo un arte para que el personal acabara mareándose en aquellos círculos gastronómicos. Una terapia adecuada para dirigirse después a la Cibeles, donde se improvisó un sambódromo al alirón dirigido por dos monitores de baile proyectados en una gigantesca pantalla virtual.

Los micro poemas voladores que se soltaron en la Plaza Mayor se convirtieron más tarde en una competición pública por obtener el premio ficticio al globo de helio que más alto surcase los cielos de Madrid unido por un cordel a su dueño. Los mismos globos que presenciaron desde las alturas las interminables colas que se montaron en la entrada de la mayoría de los museos, como es tónica general en este evento, y en esta ocasión las mayores esperas se centraron en dos palacios de la cultura actual: el Museo del Prado y el Estadio Santiago Bernabeu. Aún quedó tiempo para deleitarse con los fugaces festivales de cine en Chueca, los cuales a la una de la madrugada servían ya de auténticas terrazas del botellón con pantallas de proyección inertes, o para tener serias dificultades en hallar las numerosísimas bandas sinfónicas que deambulaban muy repartidas por la urbe, o para visitar a los ‘artistas sanadores’ instalados en distintos puntos del centro y dispuestos a realizar dibujos ‘curativos’, aunque se haga difícil de entender para cualquier mortal de los mortales la relación entre los sueños, los dibujos y el carácter sanador de los mismos.

Esta hipnosis colectiva en que se convirtió la oferta cultural y artística de La Noche en Blanco 2009 no fue la más espectacular de las cuatro ediciones realizadas hasta el momento, ni la más multitudinaria, por mucho que se empeñen las autoridades políticas, ni aquella edición que permanecerá en el recuerdo colectivo, y ni mucho menos se convirtió en un derroche mental de arte, cultura y música. Esperemos que el próximo año el lema “menos es más” se haga realidad, que las mentes de promotores, comisarios, artistas y políticos no vuelvan a quedarse en blanco por una noche.

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Óliver Yuste es licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.

Su experiencia profesional como periodista se ha desarrollado en diversas publicaciones periódicas como las revistas culturales Experpento o Paisajes Eléctricos Magazine, las revistas universitarias La Huella Digital, Punto de Encuentro Complutense y mÁs UNED, o la colaboración como escritor en la revista literaria chilena Cinosargo, además de mantener sus propios blogs, como la bitácora personal donde se ahogan los gritos de mi mitad. En estas publicaciones en soporte papel y digital se divulgan algunos de sus artículos periodísticos de opinión, críticas y entrevistas musicales, además de artículos literarios como relatos cortos, cuentos y poesías.

También está dedicado a la creación literaria como escritor de novelas y poesía, una faceta en la que cuenta con el libro de cuentos Azoteas, en proceso de edición, y la publicación del cuento “La Libertad de Ser Feliz” en el libro Cuentos Selectos III, publicado en 2002 por la Editorial Jamais. Además de ser galardonado en algunos certámenes literarios: Primer Premio de Poesía Ramiro de Maeztu 1997, Premio Accésit del IV Concurso de Redacción “El Teatro Clásico en Escena 1997” o Finalista en el Concurso de Relatos Cortos “Premios Jamais 1999”.

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