La memoria a tí debida

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Los sueños se cumplen. Lo difícil es identificarlos, saber cuáles son y dónde están; después sólo hay que perseguirlos remontando el vuelo cuantas veces sea necesario por más que otros quieran atraparte desde el suelo, y volar hasta encontrarlos. Volar es alcanzar los sueños. Volar. ¡Volar!

Lo dijo Dulce Chacón en un discurso, no el profesor Miguel Santamaría, pero éste me dijo algo más efectivo para hacerme reflexionar: “Tienes que escribir”. Era 2º de carrera y acababa de descubrir mi pasión por el cine (por la lectura ya la tenía tiempo ha), pero nunca había escrito y ni siquiera me llamaba la atención, por lo que me sorprendió su afirmación-exclamación-petición. Pero 2-3 años después, la fiebre por la escritura me ha atrapado y no quiere soltarme, como le ocurrió a Paul Auster (según dijo en el discurso de entrega en los premios Príncipe de Asturias 2006):

No sé por qué me dedico a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en especial a la escritura como medio para narrar historias, relatos imaginarios que nunca han sucedido en eso que denominamos mundo real. Sin duda es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de palabras con objeto de dar vida a lo que no existe, salvo en la propia imaginación. ¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa.

Esa necesidad de hacer, de crear, de inventar es sin duda un impulso humano fundamental. Pero ¿con qué objeto? ¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor de una guerra. Hay quien cree que una apreciación entusiasta del arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes, más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos casos, raros y aislados. Pero no olvidemos que Hitler empezó siendo artista. Los tiranos y dictadores leen novelas. Los asesinos leen literatura en la cárcel. ¿Y quién puede decir que no disfrutan de los libros tanto como el que más?

En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo. Piénsese en el esfuerzo que supone, en las largas horas de práctica y disciplina que se necesitan para ser un consumado pianista o bailarín. Todo ese trabajo y sufrimiento, los sacrificios realizados para lograr algo que es total y absolutamente inútil”. (…) La novela es una colaboración a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad. Me he pasado la vida entablando conversación con gente que nunca he visto, con personas que jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale mi último aliento. Nunca he querido trabajar en otra cosa”.

El profesor no sólo debe enseñar, sino motivar al alumno a aprender y provocarle curiosidad a lo largo de sus días. Miguel Santamaría hizo eso conmigo, no sólo enseñaba Redacción Periodística (de los pocos que lo hacen en Ciencias de la Información), también tenía una memoria extraordinaria (fuera de lo normal) y a las dos semanas de clase, ya se sabía nombre, apellidos, lugar donde se sentaban y complementos habituales de sus más de 100 alumnos. Por si esto fuera poco, predijo uno de mis sueños futuros: escribir. Jamás olvidaré a este hombre (que además me puso sobresaliente en su asignatura) al que no debo la voz ni la memoria, pero sí esta escritura.

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