La mejor yonqui de Alemania

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Yo, Christiane F., mi segunda vida. Una autobiografía editado en España por Alpha Decay, y escrito por la periodista Sonja Vonkovic –quien mantuvo conversaciones con Christiane V. Felscherinow durante dos años para dar forma a lo que en un principio no iba a ser más que un reportaje-, retoma la historia de la heroinómana desde que estalló su fama en 1978 hasta 2013.

yoChristiane F. se convirtió en una celebridad adolescente de la RFA en 1978 gracias al libro publicado por la revista Stern, Los chicos de la estación del zoo, escrito por dos periodistas que entrevistaron profusamente a la protagonista, consumidora de heroína desde los 13 años y prostituida desde los 14. El libro causó tal impacto que aún hoy es de obligada lectura en algunos institutos alemanes. La idílica República Federal de Alemania, que no lo era tanto, se vio golpeada por una realidad ignorada: la epidemia de heroína que invadió Europa occidental durante varios lustros. El libro tuvo su correspondiente y exitosa adaptación al cine, titulada en España Yo, Christiane F. hijos de la droga (1981).

Más de 30 años después, Christiane es una afectada por la hepatitis C que trata de dejar las drogas con metadona. Consciente de que quizá le queda poco de vida, nos ofrece un repaso de su extraordinaria trayectoria como drogodependiente y musa del underground y el punk de Berlín, durante la que se codeó con AC/DC, David Bowie (que por cierto idolatraba a Christiane, e interpreta un pequeño papel en la película antes mencionada), con quien llegó a viajar a bordo del avión privado de los Rolling Stones, Patricia Highsmith o Georges Simenon. Su intensa existencia -heroinómana y con dinero, lo único que tenía que hacer era vivir- transcurre entre viajes por toda Europa y Estados Unidos; vida de hippie, okupas, problemas con la policía, síndromes de abstinencia, cárcel, intentos de abandonar definitivamente la droga, grabaciones de discos y películas y marginalidad. Acosada por los medios alemanes, sensacionalistas hasta la náusea, vive sus últimos años alejada de su hijo, quien, según sus conmovedoras palabras, es lo único bueno que ha hecho en su vida. Como ella misma admite, poco más le queda que esperar a la muerte. 

Así, nos presenta un mundo, el de las drogas duras, y al mismo tiempo el mundo de la gente decente, burguesa. Mientras Christiane vive en Suiza con Anna y Daniel Keel, editores de Patricia Highsmith, al mismo tiempo visita el parque de Platzspitz, en la opulenta Zúrich, que hasta finales de los 80 era uno de los mayores mercados de heroína al aire libre de toda Europa. Allí llegaban a juntarse hasta 3000 toxicómanos, y la droga se vendía prácticamente a gritos. El parque estaba totalmente alfombrado con jeringuillas usadas, hasta el punto de que el gobierno tuvo que intervenir. Un buen día, la policía desalojó definitivamente el parque, cerrándolo al público, y los yonquis fueron enviados a sus ciudades de origen, donde se construyeron salas de consumo supervisado para intentar detener el problema. Anna Keel acompaña a Christiane al parque, en uno de los pasajes más interesantes del libro, y descubre la marginalidad absoluta que hasta la llegada de Christiane a Suiza, le era totalmente desconocida.

Yo, Christiane F. mi segunda vida, es algo más que la autobiografía de la yonquiestrella (así se refiere a sí misma la protagonista en varias ocasiones) más famosa de Alemania: es el testimonio de una época que tuvo más oscuros que claros. Las miradas nostálgicas a los 80 se tornan insoportables y superficiales. Bajo toda esa melancolía por una época pasada se esconde mucho dolor y una epidemia que asoló buena parte de Europa, España incluida: la heroína -H, como era conocida entre los yonquis alemanes-. Nadie habla de ello y nadie puso remedio hasta que ya era demasiado tarde. Christiane contempla todo esto desde su, en cierto modo, privilegiada visión de yonqui con dinero. Con un lenguaje directo y sin pelos en la lengua, vamos descubriendo a una persona torturada física y mentalmente pero a todas luces fascinante, incapaz de ganarle la partida a su adicción.

El libro que sacó a Christiane del anonimato se entremezcla en la obra de Vonkovic con los recuerdos de la protagonista de una infancia dura, con un violento padre alcohólico y una madre ausente. En algunos pasajes la lectura puede resultar muy cruda, como cuando explica cómo es vivir con los problemas de salud que le ocasionó su relación con las drogas, o la descripción de Platzspitz; pero este es, sin lugar a dudas, un libro necesario. A veces, es bueno que la realidad estropee los recuerdos de otras épocas, y enfrentarse a la brutal honestidad de Christiane V. Felscherinow es una estupenda forma de hacerlo.

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